jueves, 25 de noviembre de 2010

Oficios de cuerpo y alma


Cierro un libro y junto al código de barras leo las notas que otros autores y algún crítico, han escrito sobre él. Yo lo miro y me dan ganas de abrazarlo para, de algún modo, hacer que los momentos que me ha hecho vivir este par de días no acaben cuando cierre las tapas.

Suerte que he llegado a estos personajes que me hacen quitarme el sombrero a cada página, tras recibir las señas de un profesional que me ha conducido ya a dos de los maestros en el noble oficio de las letras, a los que seguiré siempre que me sea posible.

Qué grandes obras. Qué talento a la hora de crear un universo de la nada. Trabajos titánicos.
Quisiera algún día llegar a ser la mitad de brillante que uno de estos dos autores, en uno de sus días malos.

Y me gustaría también saber cómo empezó todo. De qué forma el primer bolígrafo y la primera página en blanco se convirtió en la magia que les sale de su brillante mollera.
¿Qué les preguntaría si tuviera la oportunidad? ¿Cómo nace un genio? ¿Se nace o se hace? ... Dice Jorge Benavides que no hay novelas buenas ni malas, sino mejor o peor escritas. Da igual qué cuentes, lo que importa es el modo en que lo hagas. Siempre hay trabajo en una novela, el cincuenta por cien del mismo es escribirla, evidentemente, pero el otro cincuenta es el que distingue al buen escritor de uno mediocre. La sola mención a la palabra me hace sentir un ligero estremecimiento.

Tiene su parte de lógica lo que dice Benavides, está claro. Hay que trabajar, y trabajar muchísimo en una novela, y después volver a trabajarla hasta que, aporta Arturo, te den ganas de mandarla con su puñetera madre. Porque ser escritor no es un don, o algo que se pueda considerar como una habilidad. Ser escritor es un oficio que nos roba cantidad de horas de día y noche, y no sólo las que se van empuñando la pluma. Cuando uno se ducha también es escritor, cuando conduce hacia el trabajo, cuando come... Por eso es el oficio del alma hasta que, si llegado el día se tiene el espíritu suficiente, también sea el oficio del cuerpo.

Qué magia tan extraña el sonido del plumín rasgando el papel virgen. la continua disminución del volumen de páginas blancas de un cuaderno, e incluso el choque de las uñas golpeando rítmicamente las teclas. Qué delicia.

Observar como las páginas desvirgadas empiezan a amontonarse y el caótico semillero de ideas pasa a tener cara de libro de relatos. Al escritor entonces se le pone la carne de gallina y la mano se le atonta pensando en la cantidad de cuadernos en blanco que hay en su casa, en su barrio, ciudad e incluso (y febrilmente) en el país, deseando convertirse en óvulos fecundados por maravillosas ideas de mentes preclaras u obtusas, dependiendo del ánimo del que haga gala quien sostiene la pluma.

Manchas de tinta que tienen más valor para el escritor que billetes morados. Que dan más satisfacción personal que ese otro tipo de papeles. Miel en la boca... Éxtasis al contacto con la tinta oscura. El placer del saber que el oficio del alma y el del cuerpo se hacen uno con picaresca complicidad, cuando se ve el papel níveo mientras se juguetea con la punta del arma y se deja llevar la mano hasta el expectante cuerpo sediento de tinta.

Por Miriam Alonso

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