lunes, 6 de diciembre de 2010

Cuento número 3. Manifiesto

Lunes de decoración navideña, la casa invadida por la familia y mi estado de ánimo, en fin, digamos que... ausente puede ser la palabra. El día se vende tranquilo, tanto que me dan ganas de gritar. Pero no es el momento, para nada.

Muse como banda sonora que se reproduce contínuamente en mi cabeza, a la grupa Katy Perry. Mientras el sueño hace que mis ojos fulguren rayos rojizos, esquivo esféricos planetas brillantes y cintas de colores que se enredan como sierpes asfixiando al árbol plastificado. El teléfono es el único que parece guardar silencio, casi lo agradezco.

En mi mente una lista todavía por concretar, pendiente a ratos de manifiesto, como yo misma. Odio las listas, había decidido no hacer ni una más, pero vuelvo a caer en su embrujo y no vanalmente. Se avecinan cambios, más de los que he tenido estas semanas, y han sido muchos. Pero en este caso, pensar que he de hacer la letanía no me molesta, porque la haré para impulsarlos. Están tomando cuerpo y ese cuerpo me gusta. A punto de llegar, y ya fechados, sólo queda anotar los pequeños detalles.

Time is runing out de fondo, como nueva banda sonora. Lejos del masoquismo, la uso como tótem que evoca lo que ha sido mi vida hasta ahora. La contrasto con lo que tengo previsto que empiece a ser, y sonrío. El tiempo pasa, todo pasa, se puede escapar entre los dedos mientras se espera a que las cosas sean diferentes, o hacerlas cambiar. El tiempo pasa con su infinita calma, y lo consentimos pese a tener la certeza de que sólo estaremos en el mundo unos cuantos días. Se puede dejar ir como se escapan el aliento, las lágrimas, los fracasos y los triunfos, o se puede vivir con ganas, restregar rabiosamente las lágrimas anodinas, encontrar el lugar en el que se quiere estar.

Se acaba. El tiempo se acaba para todos.

Tengo previsto irme de aquí satisfecha, le pese a quien le pese.

Por Miriam Alonso

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