sábado, 11 de diciembre de 2010

Cuento número 4. Teatro




Mientras escucha el piano siente que cada inquietud, cada pensamiento, se aleja de ella como llevado al infinito con la gracia con la que el pianista pulsa cada tecla, golpeando impetuoso el instrumento.

Piano sin cola, igual que su vestido. Tuvo uno con cola que se quedó guardado en el armario, anhelando ser corrupto por pétalos voladores y granos de arroz, igual que aquella vez, ahora que sólo le hincaban los dientes las voraces polillas. Hambrientos hijos que jamás tuvo, bocas a las que alimentar con leche materna de los ecos del pasado.

Paladín de tormentas y vacíos. Amante esposo viajero, recorriendo asiduamente los senderos que separaban su cama de la del rey vecino. Impoluto cuerpo, lustroso y arrugado aguardando la entrega eterna, el regalo del mástil que dediciera el destino incierto.

Noche de vómito de abeja y luna, en la que la vida se movía por descuido en su vientre, testimonio creciente del énfasis de otra, meses atrás, en la que no hubo para más que despertar con sabor amargo en los labios sin saber bien cómo había ocurrido. Y de pronto un espíritu sin nombre, pues nunca lo tuvo. Espíritu desapareciendo succionado por el que, enguantado, esgrime una espada de precisión milimétrica.

El piano sigue y hay que callar. Las notas de la pieza burbujean en el vino que cae rodando por sus oídos en busca del camino al estómago, con gracia etérea. Aplausos firmes, entregados al espectáculo de manos jóvenes y precisas, alimentadas por estudiados tratados sinfónicos y de armonía. Antiguos amigos, repudiándola ahora por su pulso incierto.

Pero la música... Ella permanece sin distinción violando sus oídos de lóbulos colgantes en los que los pendientes oscilan como frutos de palmera, y bailotean al ritmo de sus manos, aún cuando está quieta, todavía sentada al abrigo del palco, deseando marchar, mover sus pies escondidos en zapatos caros, lejos de allí.

La música continúa, nunca se aleja de su encorvado costado, aún cuando su cuerpo yace inerte sobre la butaca del teatro que fue su vida.

Por Miriam Alonso
(Fotografía: detalle palco ópera nacional de París)

2 comentarios:

ginesvera dijo...

Ese vómito de abeja y luna me inquieta, evoca en mi sueños de lobos esteparios y canciones de Muse al calor del vino dulce. Quien fuera luna para asomarse a la Ópera de Paris con Noa de acompañante.
Fdo: Un insecto espantoso

Pandora_cc dijo...

Hablaremos de inquietudes, de lobos y sus ardides, en lugares más amables que la estepa. Bienvenido a mi platea, insecto espantoso.