lunes, 31 de enero de 2011

Cuento número 20. Morgan y el bosque encantado




- ¿Dirías que soy mediocre?
- ¿Cómo? – Preguntó Andrew sonriendo. En ocasiones Morgan le parecía bipolar. No dejaba de llamarle la atención el modo en que sus pensamientos podían llevarla a lo más alto, o hundirla en la estrechez, en cuestión de segundos. - ¿Qué es ser mediocre?
- Creo que lo soy. No he innovado para la exposición, no sé si alguna vez lo hice.
- ¿Qué estás diciendo? – Suspiró con resignación. Ya habían tenido esa charla cien veces. Siempre que la musa iba de visita a casa de otros artistas. Pero cuando regresaba, dispuesta a ser retratada, se esfumaban las dudas.
- ¿Qué me hace distinta al resto?
- Morgan, ¿sabes qué tienes que hacer? Pinta, lee, escribe, fotografía todo lo que llame tu atención, haz ese corto del que hablas continuamente. Muévete. Llama a la musa y dile que tu sofá es el más cómodo, mullidito y rosa que va a poder encontrar.
- Eres un cielo… - Morgan sonrió al ver como, de los ojos claros de Andrew, saltaban chispas entusiastas.
- ¿Trabajarás esta noche? – Preguntó el chico tomándole la mano.
- Sí. Organizaré la exposición, y puede que, si me sobran las musas, cree algo nuevo.

Salieron de la cafetería despidiéndose con un beso. No eran novios, esa palabra estaba demodé. Tampoco el término amigos, ni el de pareja, parecía encajar con ellos. Pero eso era lo de menos, ambos tenían cosas más importantes en que pensar.

La exposición era su oportunidad para darse a conocer en la ciudad. Hasta entonces había hecho algún trabajo, pero la mayoría encargos en los que no era libre para proyectar su arte, el cliente mandaba. Pero en esta ocasión no. Todo cuanto se colgara en las paredes era ella, retales de su vida, experiencias, inspiración. Daban las seis cuando se metía en la cama, todavía con la agenda en las manos, tachando y reescribiendo ideas para la puesta en escena.

Soñó con el bosque, un bosque encantado.

Se volvía espeso según avanzaba, atravesando las sendas cubiertas de zarzas, que le manchaban los calcetines blancos, de color rojo mora. Pero, mientras caminaba internándose cada vez más, las zarzas desaparecían y en su lugar, de las ramas oscuras de los árboles, brotaban manzanas rojas y brillantes. Sólo una por árbol.

Sentía la necesidad de morderlas. Pero cuando se paró a pensar cómo hacerlo, vio que le resultaría realmente difícil lograr su objetivo, porque los manzanos no tenían troncos por los que trepar, era como si flotaran. Sabía que esto era lo normal, porque estaba en un bosque encantado. De modo que trató de alcanzar la manzana por otros medios, y saltó tan alto como pudo. Al caer escuchó un sonido seco, parecido al de una rama partiéndose, pese a que no había llegado siquiera a tocarlas. Y entonces un dolor agudo en su tobillo la hizo caer al suelo. Trató de suavizar el golpe adelantando una mano, que fue a caer sobre algo blando y húmedo.

Le dolía la pierna. Su tobillo había adquirido cierta similitud con una Z que iba hinchándose por momentos. El dolor hizo que se encogiera y, tratando de sofocar un grito, se llevara la mano, que le supo dulce, a la boca. Había aplastado una de las manzanas, una negra y agusanada.

Desde allí escuchó otro ruido, era la manzana roja que había intentado atrapar. Se estaba desprendiendo de una rama para caer al suelo, mientras se convertía en una masa oscura donde morarían los gusanos. Entonces pareció como si los árboles se rieran de ella. Agitaban sus ramas crueles, le golpeaban en la cara sin clemencia.

Se despertó jadeante. Tomando el teléfono móvil de la mesilla, llamó a Andrew, que se presentó en su casa pocos minutos después.

- ¿Qué ha pasado, princesa? - Morgan no podía responderle, sólo buscaba asilo en sus brazos delgados, que todo podían curarlo. – No llores mi vida, sólo ha sido un sueño... – Dijo besando la frente de su musa.

Por Miriam Alonso

domingo, 30 de enero de 2011

Cuento número 19. Michelle y el arcoíris


Cuando despertó, ya no sentía presión en las sienes. Acomodó un beso en la mejilla de la nutria y decidió ir al aseo, y tras ello, preparar el desayuno. La culpabilidad se había esfumado, tampoco había remordimiento. Si alguien debía sobrevivir, lo haría el más fuerte. Mientras se lavaba las manos vio las manchas de sangre, testimonio de la cena familiar. Unas cuantas en la camisa de cuadros y otras más grandes en los pantalones.

En aquellas tierras donde parecía que el hielo era más que estacionario, una ley, los animales se reunían en torno a la lumbre. En su casa, además, se utilizaba la ayuda de licores, escupidos por un gigantesco alambique que guardaban en el sótano. La calabaza de latón hervía a fuego lento durante horas, y transformaba todo lo inservible de la vid, en un líquido con sabor espantoso. Algunos, tradicionalmente, dejaban que el fuego amainara el ánimo del licor, y los granos de café flotaran, incluso, en los vasos donde se bebía. Pero él, oso, repudiaba el orujo que tanto gustaba al rey de la casa, la serpiente.

La serpiente decía que había perdido manos y piernas para llevar comida a la mesa. También era muy habitual escuchar de su boca, que sus hijos caimán, sapo y oso, tenían que conseguir el estatus que él no logró alcanzar. Educó al caimán y al sapo que siguieron sus enseñanzas al pié de la letra. El problema siempre había sido el oso. ¿Qué hacía un oso en una casa como aquella, en un pueblo como aquel? Desde que nació le repudiaba, ¿cómo podía ser aquella aberración su hijo? Su madre, la zorra, lo aceptó consciente de que, pese a las diferencias con sus hermanos, compartían la misma sangre. Pero eran ellas precisamente las que llenaban de fantasmas la mente de la serpiente. A cada día que el oso continuaba en el hogar, sentía más repulsión por él y por sus costumbres. Era contestón, rebelde, maleducado, arrogante, orgulloso. Le molestaba su voz, sus ojos tan parecidos a los propios, pero lo que más le molestaba eran los arcoíris. Odiaba los arcoíris y todo cuanto representaban.

El oso sabía que la serpiente le despreciaba, pero no comprendía por qué. Durante los primeros años, pensó que quizá su padre tuviera derecho a hacerlo, pero después, según avanzaba el tiempo y llegaban los inviernos, acabó por pensar que, si no quería que estuviera en el mundo, debía haber puesto medios para evitar su nacimiento.

Aquella mañana, compartieron la comida en familia, y tras ella vinieron el licor y la sangre. La serpiente atacó al oso como si en vez de su hijo, fuera un hombre que tratara de robarle la vida. Lo lanzó al suelo encontrando repentinamente sus piernas perdidas y le pateó el cuerpo. El oso no lloró. Los golpes le dolían, cada uno se le clavaba en lo más profundo, pero no lloró. No podía golpearle, no podía defenderse, pero sabía de algo que, a su padre, le haría más daño que los golpes. El oso rió y lo hizo con ganas, cuanta más saña, más fuertes eran sus carcajadas. Aquello enloqueció a la serpiente, y también a la zorra que trataba de detenerlo. Hasta incluso el caimán y el sapo lo intentaron.

Habían pasado años desde entonces, y habían cambiado muchas cosas. La relación con el hogar sólo continuaba viva por la insistencia de la zorra. En más de una ocasión le había rogado que se reuniera con ellos para escribir una nueva fábula, donde hubiera un final, sino feliz, cordial.

Aquella noche fue a reencontrarse con la serpiente. Pero en esta ocasión no fue un osezno quien llamó a la puerta, lo hizo un oso adulto, con barba espesa y garras afiladas, que jamás perdió trabajando. Tenía el pelaje claro por el sol al que se sometía cada día, y la espalda henchida de orgullo. La serpiente apuraba otro vaso de orujo cuando lo vio llegar. Acto seguido se lanzó contra él, con el veneno preparado en los colmillos.

Lástima que el hijo fuera un oso, y el padre serpiente. Lástima que uno no tuviera manos, y el otro tuviera garras. Lástima que los golpes de antaño le hubieran hecho fuerte, y aquellos le pasaran desapercibidos. Pero ante todo, lo que más lástima le dio al oso, fue que la sangre de la serpiente estropeara su camisa arcoíris y sus pantalones de cuero.

Por Miriam Alonso

sábado, 29 de enero de 2011

La verdad del escritor.

Suena como muy místico, pero no. Lo cierto es que el escritor, ya sólo por elegir este oficio, corre unos riesgos que a veces, dan ganas de parar a tomarse un té y planteárselo.

Escribimos por naturaleza, porque es nuestra forma de expresarnos. Los hay que gritan y otros se dan de ostias, pero nosotros no (bueno, vale, en ocasiones especiales, sí), nos enfilamos al papel y desenfundamos la pluma, a veces con mala baba y otras por el mero placer de tejer prendas de tinta para abrigarnos.
Cuando se teje o escribe, hay que tener muchos factores a tu favor para que no se escapen los puntos. No hay mayor desasosiego que tener una idea cojonuda y no saber cómo llevarla adelante. Pero cuando la idea finalmente sale, bueno... parece que la música sólo suene para ti y que el mundo alrededor se detenga, mientras tú le acaricias la cabecita al retoño que acabas de parir.
Hay muchos factores más que se podrían analizar: manías, costumbres, estados... Progresivamente iré contando mis rarezas (básicamente porque me pillo más cerca que otro escritor). Y contaré también qué ha pasado, por ejemplo, en estas semanas en las que os he presentado a estos encantadores cabronazos, que son mis retoños. No sólo se ha escrito. Se ha debatido, se ha compartido, se ha reído, se ha desvariado y se ha divagado, todo elevado a nivel 80, dificultad +9.
Pero eso llegará. Por el momento he de decir que el proyecto "Cuentos de ..." me está encantando y que disfruto escribiéndolos cada noche. Porque la verdad es que no son sólo cuentos, son muchas cosas más, algunas que no se ven, otras que se confesarán en su momento, y otras, las más importantes, las pequeñas, que son las que te llevan a llenar seiscientas páginas de una novela. Cuando termine este proyecto os contaré qué ha pasado en esta semana entre bambalinas. Os adelanto que os reiréis y que quizá veáis los cuentos de otro modo.

En su día tomé mi té, y llegué a la conclusión de que escribir forma parte de mí tanto como mi nariz o mis piernas, de modo que acepté riesgos, alegrías y penas, y firmé conmigo misma.

Muchas gracias a todos por invertir vuestro tiempo en El estante olvidado. Gracias de corazón.
Nos leemos!

viernes, 28 de enero de 2011

Cuento número 18. Dune y el espejo


- Se acabó. Las escrituras juegan en tu contra. ¿No me ves? ¿Te das cuenta de en qué me has convertido?
- No te entiendo. ¿Qué he roto, qué me he perdido?
- Todo, te lo has perdido absolutamente todo.
- ¿Quieres alejarte de mí?
- ¿Cómo? ¡Si estoy en una cárcel! No puedo ir muy lejos...
- ¿Una cárcel? Siempre pensé que estabas bien, no pasas hambre, no te acecha la enfermedad, no tienes frío... ¿Necesitas dinero?
- Quiero ser feliz a mi manera, no a la tuya.
- ¿Quieres desobedecer?
- Quiero que amanezca.
- Pero has pecado, no puedes ver el amanecer.
- Te odio.
- Se acabó. No quiero discutir contigo.
- ¡No me entiendes! ¡No entiendes nada! Sólo dejas que vea lo que a ti te parece, estoy lejos de todo, estoy fuera del mundo.
- ¡Tienes el mundo en tu mano! Todavía eres muy joven.
- Pero he crecido y aquí sigo, en tu expositor, como una puta muñeca.
- Podrías irte cuando quisieras.
- No puedo hacerlo, lo sabes. Siempre me mientes…
- Yo no puedo mentirte.
- Entonces finges muy bien.
- Eres demasiado cruel conmigo.
- Lo justo y necesario.
- No es justo. Sólo intento protegerte.
- ¿Tú a mí? ¿De quién? ¿De esos demonios que te persiguen? Estás mal… En el fondo, tienes que saberlo.
- No hables de mí como si no estuviera. No tienes derecho a hacerlo.
- ¿No dices que soy tu pecado? Pues, como pecado, tengo todo el derecho del mundo a hacer cuanto me plazca.
- ¿También a manipular mi cordura?
- Sobre todo a manipular tu cordura.
- Tu misión no es protegerme, ¿verdad? Me equivoqué contigo…
- Finalmente te das cuenta de lo evidente.
- ¿Y qué puedo hacer?
- No lo sé. Sólo tú conoces la respuesta a tus preguntas.
- ¿Tengo que liberarte?
- Haz lo que quieras.
- ¿Me odiarás si lo hago?
- Arriésgate.
- ¿Nunca más sabré de ti?
- Arriésgate.
- Voy… Voy a intentarlo…
- ¡Hazlo!
- Voy a hacerlo… Puedo hacerlo.
- ¡Puedes hacerlo!
- No sé si quiero que te vayas…
- Cuando lo hagas tendrás la paz, esa que tanto añoras. Volverán los juegos y las risas. Serás de nuevo una niña con tu lazo rojo en el pelo, jugarás con tus muñecas y los días serán tan largos como antes.
- Voy a hacerlo.
- Sólo estás a un corte de recuperarlo.
- Serán dos cortes.
- Es igual, uno o dos, lo que importa es que serás libre.
- Las pulseras se llenarán de sangre.
- Tendrás unas de plástico, más bonitas…
- ¿Tú no me echarás en falta?
- No. Cuando mueras, yo seré la que viva.


Por Miriam Alonso

jueves, 27 de enero de 2011

Cuento número 17. Dante y los misterios de la rue Morte



Mi boca se abre. Siento como los ojos se me van cerrando poco a poco. Puedo hacer algo para evitarlo, porque ni la cercana llegada del alba, ni los periódicos que han sitiado mi mesa, me inspiran lo suficiente como para levantarme y preparar otra taza de café. Pero quizá no deba evitar nada. Aunque si sigo frotándome los ojos con este ímpetu, voy a terminar por arrancármelos…

¿Dónde está el diamante? ¿Es la hermosa Lucy quién ha manipulado al notario y modificado el testamento? ¿O es eso precisamente lo que quieren que piense?

En realidad hay algo sospechoso en cada uno de los asistentes a la reunión. Ninguno parece estar dolido por la repentina muerte de la señora Beckett. Sus sobrinas por otro lado parecían a salvo de culpa. Habían recibido sendos sobres, cuyo único contenido eran semillas secas de la flor del naranjo… Los nietos dijeron que fueron acosados por unos misteriosos personajes cuando se dirigían al trabajo, al club y al ayuntamiento, respectivamente. A la hermana de la difunta le habían roto un cristal de la ventana, lanzándole una piedra. La nota que la envolvía continuaba siendo un misterio, ya que la mujer se negaba a revelar su contenido por miedo a las posibles represalias. Alegaba, entonces, graves crisis de ansiedad por todo lo que le estaba ocurriendo desde la muerte de su hermana. Y sin embargo asistió, con aquel pañuelo de encaje arrugado, en las manos, enjugando maquillaje y lágrimas, que tenían más aroma a reptil que el bolso que siempre la acompañaba.

Entre tanto la joya continuaba en paradero desconocido. Y el secretario de la señora Beckett, siguiendo el mandato de la difunta, no había dejado de copiar la enciclopedia británica durante cuatro horas al día. ¿Fue él quien escuchó sonidos extraños, la noche de autos, en la habitación del fondo, o fue la atractiva costurera?

Llegada la hora bruja, necesitaré encenderme un cigarrillo, si es que tanto tiempo en el trabajo no ha acabado con mis reservas. Los he fumado todos, echaré mano de la pipa. Siempre reconforta percibir el sabor de la madera mezclándose con el del tabaco. Es alentador, me ayuda a pensar.

¡Casi olvido el otro misterio, el del prometido de la muerta! El jovencísimo señor Cross, al que según se creía, no le había dejado ni un céntimo. ¿De dónde había salido, y lo que es más inquietante, por qué le conocían en locales de dudosa reputación? ¿De qué modo se habría cobrado las lisonjas de la anciana? Tenía aspecto desvergonzado y rebelde, pero ante todo, se le veía dotado de una gran inteligencia ¿No disfrutaría la mujer de los últimos meses de vida, a su lado? ¿Quién obtendría el jugoso botín? ¿Qué significaban las semillas? ¿Por qué copiar la enciclopedia? ¿Y qué hacía en la reunión aquella misteriosa y torpe camarera, sonriendo todo el tiempo?...

En principio nada parecía encajar. Las huellas embarradas en la moqueta, la desaparición de la señora Milton, las flores aplastadas del jardín, que quedaban junto al ventanal. La hija desaparecida que de pronto telefoneaba, precisamente el día en que la madre abandonaba a los vivos. Aquel olor ácido que emergía desde el sótano, y la joya. El diamante, que seguía perdido.
Ya sé qué debo hacer. He de disfrazarme e ir a los barrios bajos. Allí hablaré con la gente que recuerde al señor Cross, seguramente encontraré la pista que, hasta ahora, se le ha pasado por alto a mi lupa.

¿Pero qué? … ¿Quién es esa figura que me observa desde la calle? Pasea nerviosa de un lado a otro, parece no atreverse a cruzar. Quizá debiera hacerle una señal para que venga, pero ¿vendrá en busca de ayuda o será una treta preparada por los que desean obtener la fortuna de la señora Beckett? Parece que se acerca, se ha decidido a cruzar. En cuanto avance unos pasos más podré verle la cara, y entonces, con un poco de suerte…


El teléfono fijo vibró en la mesa de la entrada.

El libro que leía se le escurrió de entre las manos. Se dirigió al aparador y descolgó el aparato frotándose los ojos. Christine le llamaba desde su apartamento, quería saber si estaba bien. Normalmente solía tomar el último metro, pero aquella noche no había ido a dormir a casa. Recibió una reprimenda por no llevar consigo el teléfono móvil. Despidió a su novia y caminó, exhausto, hasta el mullido sofá en el que, en noches frías como aquella, disfrutaba leyendo a la luz cándida de la lámpara vintage.

Se reclinó para recoger el libro del suelo y se acercó al estante, para devolverlo a su lugar.

- Elemental… - Dijo mientras empujaba el lomo del libro, alineando sus novelas.


Por Miriam Alonso

miércoles, 26 de enero de 2011

Cuento número 16. Ornella y el té

Largas y profundas estepas, en el aire un aroma arrastrado de mortaja y polvo. Ondeando, naciendo de las más recónditas esquinas del templo, largas sedas sinuosas, haciendo sonar campanillas de garganta aguda. El oro brillaba en cada esquina, hasta el incienso y las velas tenían un dorado lecho en el que consumirse. Piedras preciosas en sus manos, muñecas, nariz y colgando de sus lóbulos. Y ella, sobre el cojín, con los ojos vendados.

Caminantes aguijoneados por las más temibles enfermedades, poderosos hijos de algunos, que poseían entre otros tantos bienes, nombres laberínticos, gente sencilla, todos, desfilaban al otro lado de la seda que acariciaba sus pestañas, e inclinaban la cerviz volviéndose, por unos instantes, del mismo rango.

Aplausos y ovaciones celebrando suspiros y bostezos. Las gotas de aceite de jazmín que goteaban de sus pliegues, eran retiradas por sirvientes temblorosos que, rezando interminables oraciones, conducían el lino blanco, arropando aquel sudor bendito por un Dios que acaloraba a su proyección en la tierra.

Entonces todavía no se llamaba Ornella. Tenía otro nombre, tan impronunciable como el de aquellos que la encerraban en el templo, tan vomitivo como el té amargo que le obligaban a beber, siendo repuesto con insistencia cada día. Podía olerlo desde el altar.

Sólo una vez encontró un par de hebras amarillas, resecas, en el sari. Vistas de cerca eran tan cautivadoras como los misterios que, escuchó una vez, había en el mundo. Las convirtió en amigas. Reverberando en su aroma sin agua, sin venda. Las guardó en su boca, el único lugar donde nadie podría encontrarlas.

Recordaba una de las peores noches, una de adoración sofocante, de presión en el pecho y desesperada ignominia, cuando trató de engullir, igual que hacía con la infusión, las joyas que le obsequiaban los peregrinos. El zafiro más facetado, la moneda más recia. Que se la llevaran entre los resplandores azulados, y el oro en que la mecían, a otro mundo. Uno en el que no existieran las sedas. Al descubrirla deglutiendo su festín se lo quitaron, dejándola en el suelo frío, sin más abrigo que una enorme tetera dorada.

Pese a no saberse distinta, Ornella se encontraba desnuda sin el peso de la divinidad. Tan insignificante como cualquiera. Podía adorar a los que visitaran su templo, ya que eran igual de merecedores de ofrendas que ella. ¿Por qué no podían verlo los demás? ¿Por qué caminaban altivos, por las sendas que ella deseaba recorrer, sin estar obligados a cubrir sus ojos?

Una noche, decidida a escapar, hizo sonar la campana. Sabía quiénes estaban en el templo, sus ocupaciones y costumbres. Entre ellas las de Najnem, el encargado de reponer el té. El único que, osado, tentó a los dioses y años atrás, compartió unos minutos misericordes con ella. Partiría sin joyas, no las necesitaba. Las palabras encadenadas que salieron de la boca del chico, colgarían de su cuello, como el tesoro más maravilloso. Aquello era lo único que quería llevarse del templo. Palabras de un vasallo, y el recuerdo de la ligera sonrisa que compartieron.

Agitó nuevamente la campanilla y, al poco, Najnem apareció en su estancia con la mirada clavada en el suelo, igual que hacía el resto. Le obsequió el regalo del tiempo, e imaginó, qué bellas joyas pronunciaría para engarzarlas entonces. Para ofrendárselas como compañeras infatigables en su viaje. Contó los minutos que transcurrieron mientras, con la tetera en la mano, las aguardaba. Pero el chico no decía nada. Y por mucho que esperara, no lograría que le diera su tesoro. No emitió sonido, ni aun cuando temblando, poseída por la cólera, golpeó su cabeza con saña, llenándole los pensamientos de oro.

Mientras escuchaba los pasos aproximándose a la habitación, dejó caer la tetera, que se vaciaba al ritmo con que la sangre de Najnem, cubría con nuevas tonalidades la alfombra de su alcoba.


- Era un perro infiel que adoraba a ídolos paganos…
- Y por eso ella le mató.


Escuchó sus susurros. Sintió su mirada clavada en el suelo, sintió el miedo del ignorante frente al poder del magnánimo.

Desde que el templo se construyera, jamás se había escuchado el grito de una diosa.


Por Miriam Alonso

martes, 25 de enero de 2011

Cuento número 15. Lucio y la casita de caramelo


- Tienes nombre de pez. ¿Lo sabías? – La diminuta rubia ceñuda sitiaba el acceso a la casa. Cargada con un enorme elefante de peluche acosaba al visitante mientras le daba mil vueltas a una piruleta. Desoyendo las explícitas órdenes de su madre, la niña bloqueaba el paso a Lucio que, a su manera, reía las gracias de aquel demonio de mejillas pegajosas y coloradas.
- Tú no tienes dientes en la parte inferior de la boca.

La niña abrió el ovalo perfecto de sus ojos para cerrarlos a continuación dejando sólo un hilo, por el que como rayos, viajaban todas aquellas palabras feas que aprendió en el colegio y su madre le prohibía decir.

- Mamá. Dile que se vaya. Es feo.
- Cariño… - Beth apurada, agarró a la niña del brazo dirigiéndola a la habitación rosa del fondo del pasillo. – Ya tendrías que estar durmiendo.
- Si es un mal momento… - Eran las palabras precisas a añadir al guiso, él lo sabía.
- No, no. La princesa ya se va a dormir, ¿a que sí, cariño?
- No. – Respondió tajante la niña. Se había cruzado de brazos en mitad del corredor. La moqueta formaba una arruga a sus pies, señal inequívoca de la resistencia no violenta que la manifestante estaba dispuesta a mantener el tiempo que fuera necesario.
- Cariño… - Susurró Beth con los dientes apretados, mientras la empujaba hasta su dormitorio.

En tanto se alejaban, podía escuchar a la princesa tratando de negociar con su madre. Él no le gustaba, tenía el pelo blanco y largo como una chica. Vestía mal y olía raro. Si le decía que se marchara, podrían ver la tele y hacer palomitas dulces.

Lucio se entretuvo observando los porta-retratos que había sobre la chimenea. Una diminuta masa informe se desarrollaba en las fotografías. Primero calva y rosa, pero en la segunda imagen ya se le percibía algún rasgo de lo que era ahora, en la tercera casi era ella, en la cuarta se manifestaba por completo.

Un taconeo alertó a Lucio, que se alejó instintivamente de los retratos.

- Discúlpame… Normalmente no es tan desagradable con las visitas…
- Oh, no te preocupes. – Repuso agitando la mano para restarle importancia al asunto. – Alguna vez, todos fuimos niños.

Incluso él. Hacía tanto que parecía más un sueño que un recuerdo. ¿Fue feliz siendo niño? ¿Tenía él una habitación en un palacio? La reina se proyectó, entonces, como una aparición en una sala con la chimenea encendida, mostrándole orgullosa al rey, la última creación donde el niño que fue, había invertido toda una tarde de invierno.

La neblina cubría los ojos de cristal en los que Beth buscaba la aprobación. Era del tipo de mujer que, tras años de abstinencia tiene una cita. Lucio sonrió quedamente, y tomó asiento limitándose a agitar un par de veces el tenedor, sin probar bocado.

- ¿No te gusta la cena? – Preguntó la mujer. Su corazón latía deprisa, si él también se marchaba…
- No es eso, no me encuentro demasiado bien. – Mintió Lucio.
- Tengo una idea, ven al sofá. – Le invitó la mujer excitada, encabezando la marcha. - Quizá así te sientas mejor…

Lucio sonrió de nuevo, siguiendo a Beth. Comenzaron a besarse a la misma velocidad con la que se desprendían de las ropas. Cuando su cena le desabrochaba la camisa, y él se planteaba matarla en aquel instante o esperar un poco más, algo se movió en el pasillo. Allí estaba ella, oculta en la oscuridad, cargando con el desproporcionado elefante.

- Lo siento, tengo que irme… - Saltó del asiento recomponiendo su vestimenta, mientras maldecía a la princesa que, con aquellos ojos eternos, seguía cada uno de sus pasos.
- ¿Por qué? – Preguntó Beth contrariada. - ¿No te gusto?
- No. Lo siento.

Se puso el abrigo mientras bajaba a toda velocidad por las escaleras. Cuando sintió el frío en el rostro, se supo a salvo del azucarado palacio y de la princesa con mejillas de miel. No sería hasta muchos años después cuando volvieran a encontrarse. Pero cuando lo hicieran, sin elefantes de por medio, lamería sus mejillas.

Se alejó caminando, sospechando el restallar del maíz colorido en la bolsa de palomitas.


Por Miriam Alonso

lunes, 24 de enero de 2011

Cuento número 14. Tolousse y la gitana





Besos de arsénico. Colilla apagada en boca. Sobre la mesa, las apuestas de una noche oscura en la que, en el horizonte, el fulgor que recordaba al sol, cantaba baladas tardías.


Amatistas viajeras en sortijas informes por el constante batir de palmas, de las más efusivas cabareteras. Y entre encajes y faldas, bajaban las ligas y se descolgaban las medias, por descuidada picardía, en la noche francesa.


Una lámina de otoño cubría la pared de madera, sustituyendo a la primavera que se engulló al verano. Y junto a ella un gato de taimado maullido y rígido semblante, anunciaba la apertura del lugar. Encuentros de sabios, actores, escritores y poetas entre las glorias del sitio embriagado de absenta. Risas flojas que olvidaban las guerras, el apetito y la sed de anécdotas y reveses sin fin, que cada uno, encontrando de pronto entre aquellas paredes a su ánima afín, topó en días pasados, tañendo su herramienta, bebiendo sentado en otra mesa.


- ¿Qué te ha pasado? No eres el mismo, ¿acaso te has enamorado?

- De tu madre, anoche estuve con ella. Hay que ver qué fuerza, qué garbo tiene esa bendita vieja.

- ¡Qué deshonra! – Replicó sonriente. - ¿Acaso hoy no habías blasfemado? ¿Te cogí de paso en la vereda con el ánimo inflamado? ¡Pobre de mí reputación, que Tolousse está difamando!


Estalló la fiesta en la mesa. Las apuestas bailaron golpeadas por la mano, que se ahoga en risa bohemia.


El amor… La gitana y su melena, bendición y maldición, dirigiendo el pincel en los sueños de un poeta. La blancura de sus perlas centelleantes, que se podía distinguir desde la platea. Y baila y baila la víbora morena, sin principio ni fin. Y absorbe todo cuanto la rodea, hasta el color aún por descubrir.


Vuelta al París de Rimbaud, Victor Hugo y flores secas, dejando dentro a Salis y Rivière con su circo de luces muertas. Llegada a las calles frías; el amor a la espera en las esquinas, donde esa noche como tantas otras la buscaría. Pero no tendría la suerte de Phoebo, no toparía con su alegre gitana saltarina. Con fortuna hallaría alguna fulana que, aguantando la risa, aceptara las monedas que ganó en la timba.


Y tras pagar su favor, cuando huyera ya cobrada la algarabía, llegaría el lienzo mancillado, testimonio de los intentos imposibles, de un hombre pequeño por vivir en un mundo de grandes bastardos. Traería a la morena a su estudio sombrío de pintor, poeta y conde frustrado.


Surcaría el lienzo tras mecer la brocha en blanco, para purificar su semblante. Tonos rubicundos usaría para las sedas que la recubrían. El pincel con oro para las monedas de su cintura. Negros para su espesa cabellera. Verde… Verde para la envidia. Verde de la enfermedad. Verde peste, verde desidia. Verde mentira. Verdes sus ojos de gitana. Verdes los billetes, que manos que se burlaban de las suyas, deslizaban en su liga.

Por Miriam Alonso


domingo, 23 de enero de 2011

Cuento número 13. Joseph y los malditos poetas


Los que saben lo que quieren, obtienen cuanto desean.


A menudo recordaba las palabras que su padre le dijo antes de perder la mayor parte de su herencia. Por aquel entonces no le creyó. También le venían a la cabeza las de su madre, ésta más agorera: Mala cosa aguarda al incrédulo que, al llegar a la puerta de san Pedro, descubrirá cuan equivocado estaba… Mala suerte para el codicioso, el que miente, el de conciencia dormida… Nubes negras para quien se ciega por lo que ansía…


Malditos poetas, malditas beatas...Y malditas también las otras, las banales y enfermas, que pudriéndose en la gloria olvidan al que las hizo musas, entre escrituras, testamentos y ábacos.


- ¿Qué archivas? – El señor Stiltford apareció en su despacho de modo tan repentino como acostumbraba. Se ajustó los cubre-mangas antes de asomarse a la trinchera tras la que Joseph se resguardaba hirsuto.

- Nada importante. – Alegó, cubriendo con un fajo de papeles el libro.

- Nunca llegarás a ser nadie si crees que lo que tocas no es importante. – Respondió Stilford ceñudo. Las tramitaciones legales le habían robado más de la mitad de su vida. La afrenta a un documento, era una afrenta contra él mismo.


Abandonó el despacho dando un golpe seco a la puerta. Escuchó el tacón de sus botas chocando con furia contra el parqué. En cuanto lo supo lejos apartó los documentos, dejando el libro al descubierto. Pasó los dedos un par de veces por la tapa. No debía leerlo, no estaba bien hacerlo en la notaría, pero sentía la necesidad de sumergirse en sus páginas, hambre voraz que amenazaba a su consciencia, temblores, vibraba… Al abrirlo, paz, volvía la calma. Y el cielo volvía a ser cielo mientras la tinta no faltara…


- ¿No vienes a comer? – Roxanne había entrado en su despacho con la misma viveza que una alegre mariposa.


Batió sus adulantes alas insistiendo un par de veces en que la acompañara. Pero Roxanne no sabía nada respecto a la naturaleza del adulado. Por más que insistió no logró que Joseph abandonara su libro para acompañarla. Despertó así la mariposa al huracán dejándolo después encerrado en su diminuta estancia, librando batallas que nadie podría imaginar.


Sólo pasó un par de páginas, sólo dos o tres más, cuando reapareció la polilla en la puerta, invitándolo a acompañarla a casa. Joseph, receloso, consultó el reloj que colgaba del bolsillo de su chaleco. La jornada había terminado. Incrédulo, comenzó a reunir todos los contratos y discordias para introducirlos en el maletín de piel que sus padres le regalaron al finalizar los estudios. Y junto a ellos, introdujo el libro maldito que le había embrujado.


- ¿Qué libro es? – Preguntó Roxanne curiosa, acercando la mano al maletín.

- Es una agenda. Nada de importancia... – La mujer le miró levantando una ceja, mientras pensaba en la serigrafía dorada que cubría las tapas de la misteriosa obra. – Ve yendo, yo te alcanzo.


La siguió con la mirada hasta que desapareció por la salida principal. Entonces se enfundó la sobria levita negra y, agarrando la cartera, dejó el edificio por la puerta de atrás.


Sentía un nudo en la garganta mientras caminaba por las calles acosado por los versos malditos de los malditos poetas. Echando ojeadas a su espalda, estuvo tentado de correr en un par de ocasiones, pero se contuvo. Sus padres no aprobarían semejante comportamiento, su mente tampoco podría recuperarse jamás. No obstante aceleró el paso. Llegó a la mansión jadeante. No se detuvo a hablar con el ama de llaves, ni con Simone, la graciosa niña que le subiría la cena poco después.


Debía hacerlo, ya había esperado demasiado. Tomó la pluma y la hundió en el tintero sintiendo como sus latidos eran menos violentos a medida que el plumín surcaba cada página, cambiaba cada nombre.


- Permiso, joven amo Joseph.

- Entra.


Dejó la bandeja de plata sobre el escritorio, deteniendo la mirada en las páginas del libro abierto, garabateado, del que colgaba una pluma goteante de tinta.


- Eso manchará la madera, señor. – Replicó la chica volviéndose a su amo que la observaba satisfecho, tendido sobre el lecho.

- Valió la pena. Convertí a la musa banal en la musa enferma...


Simone abandonó el dormitorio del señor. Jamás había visto que alguien le hiciera eso a un libro, seguro que por ello iría al infierno. Y el castigo del señor sería el peor, pues el libro era bello. No podía ser de otra manera, si era un libro que hablaba de flores.


Por Miriam Alonso

sábado, 22 de enero de 2011

Dilemas existenciales.

Acabado "La isla de los delfines azules" no sé que leer. Y es que el problema precisamente son las opciones. Tengo a medias "Aranmanoth" de Ana María Matute, "El lobo estepario" de H. Hesse, la biografía de Rasputín, amén de un par más que tendrán que disculpar mi corta memoria. Se apilan junto a mi cama los libros que quiero leer en breve, y sobre el escritorio los "deberes" que he de hacer en febrero. Pues bien, entre todos ellos fulgura Terry Pratchett con "El quinto elefante" que parece invocarme usando un hechizo +2 de cosas brillantes que me gustan. Solicitaría ayuda de los interesados, pero me da que a esta hora duermen...

Saramago, Chejov, Eco, Reverte y la tropa tendrán que esperar. Creo que echo en falta a los amigos de La Guardia.

Leyendo en 3... 2... 1...

viernes, 21 de enero de 2011

Cuento número 12. Yvainne y el alba


¿Podría haber algo más incómodo que el calor?


En aquella estación la ciudad se abarrotaba de gente venida de todas partes. Las calles se hacían intransitables, por no hablar del estado en que quedaban tras las juergas que los veraneantes se corrían al raso. Si les hubieran dejado fumar dentro de los locales, seguramente las aceras estarían limpias.


Su padre decidió proponerle aquel destino precisamente entonces. Por supuesto no pudo negarse. En ocasiones pensaba que debía haberle obedecido cuando el incendio del Crystal Palace, y así no tendría que acudir perdiendo la sombra, cada vez que se le antojara.


Le había dejado un coche, uno de los del trabajo. Teóricamente era una ventaja tenerlo, siempre y cuando se tuviera un ligero dominio sobre la conducción. No lo había utilizado en los meses que pasó allí, pero ahora, para la vuelta, se le imponía transportar la mole alemana cargada hasta los topes de documentos, de vuelta a su fresca, montañosa y tranquila ciudad.


Tenía por delante un viaje de ocho horas en las que surcaría gruesas arterias donde los coches circulaban a una velocidad que rayaba la de la luz. Estaban todos locos, pensaba mientras se abrochaba el cinturón. Lo había aprendido viendo a los conductores, y lo imitaba, aunque no sabía bien cuál era su finalidad, pero si así podía evitar a la policía, sin duda aquel pedazo de tela cumpliría su cometido.


Arrancó girando la llave, accionando el control remoto que abría la puerta del garaje. Acto seguido colocó la palanca hacia delante. Cuando pisó el pedal del acelerador, el deportivo chocó de frente contra la pared. Fue un error de cálculo, debía haber colocado la palanca hacia atrás. Logró sacar el coche del garaje tras varios intentos. Pero finalmente estaba fuera. Tomó la determinación de no volver a mover la palanca. La gente no era tan tonta como parecía. Esperarían a que pasara, y después pasarían ellos…


Al otro lado de la calle, un grupo de personas acababa de sobrevivir a lo que podría haber sido un atropello mortal. Un conductor circulaba sin control por la ciudad a más de cien kilómetros por hora. Alguien tomó la matrícula, alguien acertó a ver que era una mujer, alguien distinguió su larga melena rubia.


Tras cinco horas de viaje se planteó la posibilidad de mover la palanca de nuevo. Estaba convencida de que aquel cacharro podía ir más rápido. Hizo un juego de pedales y la movió. El coche comenzó a renquear con violencia. El volante parecía haber adquirido vida propia, llevándola directamente de visita a los carriles vecinos, donde los coches circulaban en dirección contraria. Una vez allí el volante se estabilizó y pudo volver a sujetarlo.


En realidad, en aquel otro lado, no se estaba tan mal. Al menos podía verlos venir. No comprendía por qué insistían en deslumbrarla cuando ella los veía perfectamente a todos, pero si ese era su gusto, no pondría objeciones. Poco después llegó a sentirse cómoda, pese a las ráfagas. Lo único que le inquietaba era la inminente llegada del alba.


Divisó en la lejanía unas luces intermitentes y vio como la arteria se iba empequeñeciendo, según se acercaba. Entonces levantó el pie del pedal hasta que el vehículo casi se detuvo por completo. Las luces indicaban obras que se estaban llevando a cabo bajo un puente. ¿Podría refugiarse allí?


Abandonó el asiento accionando el cierre centralizado, y se dispuso a encontrar un rincón cubierto, oscuro, donde esperar el alba.


Una sonrisa vertical asomando al final de la espalda de Manolo, saludaba a la mañana. La proximidad de su vivienda con la obra le garantizaba llegar el primero, antes incluso que el patrón. No estaba de más que apreciara esos detalles, que el trabajo estaba muy mal… ¿De dónde habría salido ese coche? ¿Ya había alguien por allí? Se enfundó chaleco y casco y bajó el recorte en el que estaban instalando el nuevo tubo de hormigón, saludando a quien hubiera madrugado más que él. Echó una ojeada al tubo y atónito se introdujo en él. Al instante corrió a la camioneta en busca de su teléfono móvil desde el que alertó al jefe de lo que había encontrado.


Yvainne despertó envuelta en un aroma desagradable. Agitó las manos como queriendo alejarlo de ella tocando al hacerlo una tela helada. Extrañada se quedó quieta sintiendo como el frío la envolvía, además de una molestia en el dedo gordo. Angustiada trató de levantarse dándose, al hacerlo, un fuerte golpe en la cabeza.


El responsable del depósito de cadáveres no alcanzó a escuchar a Yvainne que saludaba al mundo con un profundo “Mierda” desde el cajón 054.


Por Miriam Alonso

jueves, 20 de enero de 2011

Cuento número 11. Alessey y los acordes




Sed todos bienvenidos a El estante olvidado.
Este cuento está dedicado a la persona que está haciendo posible que el entorno que veis sea tan maravilloso. Maga que captura la belleza, la transforma, la besa o latiga. Princesa del reino de la ilustración y masme. Este es pa ti mariadelasmedusas!!!


*****


Música de guitarra de fondo. No estaba mal para variar. Acordes flotando alrededor del guitarrista, envolviéndolo, mientras se transportaba a un lugar donde sólo existían la música y él. Se rompía el hechizo cuando el autor separaba los párpados y traía de nuevo la luz ambiental a su realidad. Alessey observaba el escenario desde el fondo de la sala.

Para Edgar los aplausos no eran bienvenidos. Podrían metérselos donde les cupieran, pero eso lo diría cuando fuera famoso, por el momento inclinaría la cabeza y, con la sonrisa torcida que enloquecía a las féminas, bajaría del escenario. Antes de dar dos pasos, una jarra de cerveza bien fría aparecería en su mano y, acto seguido, un estilizado brazo secuestraría al instrumento, conduciéndole después al asiento que debiera ocupar hasta su próxima intervención. Las personas rebullían a su alrededor. Las voces debatían por adularle, pero él sólo pensaba en su guitarra.

- ¿Improvisarás después conmigo? – Preguntaron tan cerca de su oído que, alarmado, no pudo evitar dar un respingo.
- ¿Perdona? – El chico miraba a Alessey de hito en hito, preguntándose quién le habría invitado a la mesa. La sonrisa amplia del recién llegado tenía talante amistoso, aunque no pudo dejar de percibir también algo sórdido en ella. – Lo siento, pero no improviso acompañado.
- Una lástima… - Tomó asiento junto a la estrella de la noche, siendo la comidilla del resto de acomodados en el sofá con forma de media luna.

Edgar observó como miraban al recién llegado que, cómodamente, se instaló junto a él en uno de los extremos. Al momento sintió que el estómago se le encogía. Ya le habían hablado del cazatalentos, le habían dicho que frecuentaba el lugar. Podrían haberle avisado de que era él. Casi perdía su oportunidad, por estúpido.

- ¿Te apetece tomar algo? – Preguntó Alessey haciéndole una seña a una de las camareras.
- Sí, claro, eh… Tomaré una cerveza.
- Apenas le has dado un par de sorbos a ésta.
Alessey no sonrió al hacer el comentario. Edgar hubiera pagado porque se lo tragara la tierra. Tenía que reenganchar al cazatalentos o no consideraría lanzarlo al estrellato como hizo con el cabrón de Fred Aston.
- Bueno, quizá mejor un whisky...
- ¿Escocés?
- Sí, me gusta el escocés.

Poco después de retirarse la camarera, se marcharon Aaron y Rowan lamentando no poder presenciar su próxima actuación. Rowan le besó la mejilla deslizándole sus mejores deseos para la noche. Le prometió llamarla y contarle cómo había salido.
Apuró el vaso sintiendo como los taninos se le agarraban a la lengua y le dejaban la garganta tan seca que tuvo que toser un par de veces. Alessey le miró con curiosidad. Quizá el chico estuviera deseando beber agua, pero no lo haría, no tenía tiempo. Era el momento de volver a demostrar su talento.
No escuchó al maestro de ceremonias invitándole a subir al escenario. Tuvo que ser Kevin, desde el otro lado del sofá, quien le alertara de la llamada. Y mientras, el observador de la noche, permanecía expectante, viéndole quedar como un idiota.

Fue la primera vez que no estuvo cómodo en un escenario. Los dedos no le respondían como debieran hacerlo, parecía que sus muñecas estuvieran agarrotadas; no podía ser uno con la música. No mientras aquel tipo mantuviera la vista clavada en él, tomando nota de todos sus movimientos.

Todavía aporreaba la guitarra cuando la base dejó de sonar. El público confuso, batió palmas con desgana mientras bajaba del escenario abatido, con la guitarra colgando del hombro.

- Has estado horrible. – Declaró Alessey cuando Edgar se aproximó a la media luna.
- Lo sé… - Agarró la americana dispuesto a esfumarse tan rápido como un billete de veinte en la puerta de un casino.
- Luego lo harás mejor.

Edgar observó al cazatalentos sintiendo que las piernas le temblaban. Le estaba regalando una nueva oportunidad, y ésta no pensaba desaprovecharla. Triunfaría. Todo podría arreglarse. Lo haría bien, mejor que nunca. Sorprendería al hijo de puta que le miraba luciendo aquella extraña sonrisa torcida.

Salieron del bar en silencio, caminando uno junto al otro. Irían al Faust, a pocas manzanas de allí. Mientras giraban una esquina enfilando un callejón angosto, Edgar pensaba que la acústica del Faust no era la deseable, pero le daba igual. Se ganaría a aquel cabrón.

Alessey se detuvo en la oscuridad volviéndose hacia Edgar mientras buscaba en el bolsillo interior de su abrigo un pequeño cuchillo con el que cortaría sus dedos de guitarrista.

- ¿Estás listo para improvisar?

Por Miriam Alonso

miércoles, 19 de enero de 2011

Cuento número 10. Gabrielle y las musas banales


Debes aplicarlo con la brocha, tonta…


Pasaran los siglos que pasasen, el timbre de voz de Seraphine no mejoraba. Tampoco su cara que, pese a los polvos de arroz robados, continuaba manteniendo ese tono grisáceo de niña desangelada, ébria de sémola agusanada. ¿Qué fue de aquella idiota, que servía el té, cada día, a las cinco y media en punto?


Loreen le enseñó el arte de la sumisión encubierta. Pudo obtener de cuantos quiso, polvos de arroz que olían a frambuesa, a pera, e incluso a jazmín. Mecenas del lagrimeo artístico aliñado con largas pestañas que, vendía sus lienzos a caballo entre la habitación de su hermano y la de su padre. Supo qué le ocurrió cuando, una mañana, encontraron su cadáver flotante en el Thamesis, y a su madre extrañamente sonriente.


Angeline mereció su respeto durante una temporada. La escuchaba recitar de memoria los poemarios en que invertía todo su tiempo libre. Hasta que descubrió que, en esencia, la criada era solamente repeticiones. Sólo mereció su respeto hasta que descubrió que lo que aprendía lo hacía sin orden ni condición.


¿Por qué las recordaba ahora cuando, cómodamente, cepillaba su cabello previa expedición al circo de vanidades de este siglo? ¿Sería porque esa era, precisamente, una de las funciones que se les encomendó a todas ellas? Rara vez, mientras ocupó la vivienda familiar, hubo una obligación que le pareciera más indigna que cepillarlo ella misma. ¿Sería causa del oscurecimiento de la sangre azul, el que ahora sintiera placer al deslizar los dedos entre sus bucles, o sería el hambre?


El reloj anunció que se acercaba la una cuando Gabrielle cerró la puerta de roble. Caminó pausadamente recorriendo el trecho que le llevaba a la colina. En noches como aquella se dedicaba a observar la ciudad. Era allí desde donde podía captar momentos en que los actores erraban, en la tragicomedia a la que llamaban vida.


Escuchó sonido de neumáticos derrapando y el rugido de un motor, no muy lejos de allí. Supuso bien. Tendría el privilegio de ver un pase privado bajo las estrellas donde los actores, si todo seguía el guión, acabarían con la interpretación horas después para, a la mañana siguiente, discutir las críticas impuestas por los secundarios amistosos que esperaban noticias del estreno.


Parecía una noche reservada al drama. Él, agarrado al volante, levantaba la voz sin dejar que el público imaginara una sola escena. Ella, gran actriz, defendía su inocencia, mostrándose turbada por cada palabra que el protagonista le arrojaba a la cara.


Al poco, un silencio tenso preludió la inminente caída del telón. Todavía lo guardaban cuando él abandonó el coche y se alejó colina arriba. Se interesó por la actriz en cuanto descubrió su arte tras las bambalinas. La observó mirando por el retrovisor tratando de cerciorarse de que el otro actor, definitivamente desaparecía del escenario. El guión quedó de lado convertido en unas cuantas frases que, a fuerza de repetición, supo utilizar en el momento apropiado. Bajó el parasol para comprobar que sus pestañas humedecidas no habían sufrido daños irreparables, y cuando se encontró de nuevo hermosa, sonrió ampliamente. Rebuscó en el bolso extrayendo una caja repleta de polvos aromáticos con la que borraría las marcas dejadas por las lágrimas...


Una lluvia de cristales bañó a la protagonista cuando Gabrielle, arrancándola del coche, la sacó por la ventanilla. Tras alimentarse, la convertiría en una nueva musa a la que recordar instruyendo en el uso y virtudes de la brocha.


Por Miriam Alonso


martes, 18 de enero de 2011

Cuento número 9. Greta y las marcas que recuerdan el camino


Tosió un par de veces tratando de extraer de sus pulmones una vaharada de humo que olía a vaqueros yanquis y demonios negros.


- Podríamos irnos ya. – Se levantó del acuchillado sofá de piel, que vomitaba relleno de espuma, emitiendo un sonido atroz, provocando las risas de niñas lechosas con ojeras marcadas a golpe de Estee Lauder.

- ¿Qué te pasa tía? Hoy te estás pasando de pesada. – Marta, o Mad para los amigos, todavía tenía un cuelgue importante. Su voz sonaba más pastosa de lo habitual, mientras se contoneaba tratando de incorporarse. – Nos vamos porque esta se está poniendo en un plan… - Se dirigía al grupo que, ignorándola por completo, continuó haciendo acopio de los botellines que quedaban sobre la mesa.


Greta, abrigada, ya esperaba fuera. Mientras lo hacía y, sabiendo de las largas despedidas de Mad, se entretuvo dando golpecillos en la rueda de un coche cercano, con la punta metálica de su bota. El Insomnia cerraría las puertas sólo media hora después, de modo que ya se veía a gente organizando corros por los alrededores, cargando bolsas de la compra con libaciones específicas para adolescentes.


Mad salió empujada por Christian, el camarero, al que hacía horas le habían dejado de hacer gracia sus bromas.


- Bueno, yo me marcho. – Se puso la levita aireándola más de lo necesario, de modo que el extremo de una de esas mangas con hebillas que le apasionaban, alcanzó a golpearle la mejilla.

- ¡Serás gilipollas! ¡Me has hecho daño!

- Que te den, guapa. Me voy a casa.


Viéndola alejarse calle arriba, se preguntaba porqué le seguía el rollo. Había veces en las que se enfadaba tanto que pensaba en descubrir ante el grupo todos esos pequeños secretos que Mad, borracha, le confesó una noche. Pero sin duda las cosas se le torcerían. Ella llevaba mucho más tiempo en el grupo y lo tergiversaría para hacerse la inocente ante los demás. ¿Y qué iba a hacer entonces? Si les perdía a ellos, perdía la posibilidad de salir por la noche, además de que no podría estar con gente que tuviera sus mismos gustos. Los del instituto se metían con ella porque vestía de negro y no escuchaba su música. Si se vengaba de Mad, perdería las salidas nocturnas y a sus amigos, aunque no le cayera bien del todo.


El arañazo no le dolía, pese a que tenía un tamaño considerable. Al día siguiente habría de explicárselo a su madre, si es que el maquillaje no obraba su magia. Y ella, como siempre, empezaría con sus charlas, y con sus preocupaciones. Todo porque la consideraba aún pequeña, pese a tener quince años y más amigos y experiencias vividas de lo que sus padres pudieran imaginar.


Echó a andar tomando el mismo camino por el que Mad había desaparecido. Quería irse a casa. Tuvo que esquivar a un par de “niños bien” del instituto, que coreando una canción pop realmente asquerosa, ocupaban casi toda la calle del mercado. Le gritaron cosas que no comprendió, y es que parecía que hablaran en otro idioma. Acto seguido pensó en su madre, ellos eran, precisamente, las buenas compañías que deseaba que tuviera. Lo cual corroboraba que sus padres no tenían la menor idea de cómo estaban las cosas en realidad.


No encontraba las llaves. Si tenía que llamar al timbre a esas horas, oficialmente tendría problemas. Se rebuscó por todos los bolsillos con ansiedad hasta que recordó que las había metido en un compartimento secreto que le había hecho a las botas. Suspiró aliviada una vez estuvo en su cuarto; tras haber forcejeado con la verja metálica del ascensor, y después, con la cerradura de la puerta. Sin atreverse a encender la luz, se quitó las botas y entró en la cama.


Escuchó la voz chillona de su madre. ¿Sería acaso medio día? Sea como fuere era demasiado pronto como para empezar a discutir con ella. Se dio la vuelta en la cama y cubrió con el edredón haciéndose un ovillo, cuando la puerta se abrió, y la habitación quedó inundada por la luz brillante.


- ¿Me puedes explicar qué es esto?

- ¿El qué? – Preguntó Greta con desgana dándose la vuelta hacia la puerta, donde la silueta recortada de su madre señalaba acusadoramente el suelo.


Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz logró distinguir, en el enmoquetado, unas manchas oscuras que se adentraban en su habitación. Se levantó de la cama cuando la mujer desapareció hecha una furia por el pasillo. Entonces corrió al baño. Tenía el pelo acartonado y la cara llena de sangre.


No había rastro del arañazo.


Por Miriam Alonso

lunes, 17 de enero de 2011

Cuento número 8. Venice y la primavera que pasó de largo


Antes de que llegara era mejor, era más feliz. Me sentía completo con la única necesidad de un cuaderno, tinta y aire fresco que respirar. Entonces tuvo que aparecer Violeta. Siempre Violeta con su risa chillona y sus ganas de revolverlo todo. Tuvo que cambiar hasta la dirección del aire para sentirse satisfecha. Pese a lo precario de su situación, se obcecaba mi Violeta, en no dejar piedra sobre piedra.


De poco servía el papel en blanco en el que vomitaba la locura del genio, porque nunca llegué a alcanzar la fama vendiendo mi prosa leve, motor que hacía moverse mi mundo, cuando la calma venía a arropar mis noches de arte. Hasta que nuevamente aparecía Violeta, con sus ojeras marcadas, para romper mis cuadernos y llevarme a la línea que separa al hombre de la bestia.


Era una niña, una hechicera, era desordenada, era mentirosa, era una caótica obra de arte capaz de inspirar versos y versos que jamás escribí. ¿Y yo? ¿Qué era? ¿Un prestidigitador que, armado con la pluma de ganso, traía los mundos y las vidas que jamás tuve para reconfortarme sobre mi lecho de paja? ¿Un brujo? Un insecto guarecido a la sombra del mundo analfabeto, que miraba a ambos lados antes de ensuciar mi espada con sangre negra robada al que, pese a la porte, no sabía hacer nada más con ella que mancharla. Denigrar la esencia de mi prosa editando grotescas sentencias de brujería y traición. Dardos invisibles lanzados de mi mano que, tarde o temprano, acabarían por alcanzar a Violeta para condenarla al fuego. Por eso la maté. No hubiera podido soportar ver como su mirada inquieta, su boca fina y esas manos de dedos retorcidos, se consumían en la hoguera del rey.


No escribí versos, ella no lo merecía. Tampoco traté de pintarla porque mis manos obtusas jamás tuvieron el don de captar la realidad. La inmortalicé como mejor supe, haciendo que formara parte de algo indestructible, que se mantendría a salvo del fuego y el agua eternamente, pero no de mí mismo.


Poco sabía de mi suerte en aquella época, poco sospechaba que me observaban y lo que pensaban hacer conmigo. Rueda de la vida y la muerte en constante movimiento. El Venice que fui murió una noche para renacer la siguiente, con palabras de mis horas de vigilia todavía humedecidas en las manos, palabras que eran para Violeta.


Cuando me supe en aquella realidad no lo creí. A salvo ya de la peste, de la gripe y de todo cuanto el Señor gustara enviar a su pueblo muerto de hambre, no sentí calma. Un nuevo Señor tenía algo previsto para mí, que continuaba agarrado a los cuadernos como para querer olvidar todo cuanto implicaba seguir vivo, aunque fuera de esa manera. Me negué. Nunca fui un hombre dispuesto a obedecer los mandatos de cualquiera, ya obedecí lo suficiente bajo el techo de mis padres.


Escapé de las garras opresoras una noche en la que la vida parecía haberse detenido. La lluvia mojaba el camino y el barro continuaba cubriéndome las piernas, pese a cuanto me contaron acerca del milagro obrado en mí. Corrí lejos, advirtiéndome del camino que tomaba, pese a no querer todavía reconocerlo. Iba en busca de Violeta.


Abandoné su cuerpo en un lugar precioso, de aquellos que siempre señalaba cuando viajábamos en el carro. Un campo verde cubierto de gotas de sangre de amapola, que ahora, en verano, no reconocía. Ya no había flores. Se acabó la primavera.


Desenterré a Violeta sacudiendo la arena que se había impregnado en su cabello dorado y besé su cuello tratando de ejercerle el mismo hechizo con el que me embrujaron a mí, pero no se movía. No despertaba a mi lado a salvo de hogueras, sogas y guillotinas. Violeta se deshacía en mis dedos cayendo al agujero en el que ellos la metieron.


Esa noche calenté sus manos de bruja con las letras que escribí para ella. Le leí los cuentos que inspiró echándolos después a la hoguera donde esta vez sí, se quemaba su paso por la vida. Cuando el gallo alertó la llegada del día, me tendí a su lado, dejando en un nuevo hogar mi pluma y mi tintero. Acaricié su rostro y su cuerpo por última vez mientras esperaba que jamás llegara la noche.


Pero llegó, y con ella, mi Violeta olvidada en el campo que, un día, fue hogar y deleite de la primavera.


Murió Venice, y nació el soldado.

Por Miriam Alonso

domingo, 16 de enero de 2011

Cuento número 7. Taylor y la señorita Nsondo



Probando, probando...

Nuevo proyecto que propone acercaros a algo más grande que todavía no puedo contar.

Espero vuestros comentarios.


***


El camino pedregoso era lo único que le separaba de la civilización.


Los árboles retorcidos como por obra del más caprichoso de los ebanistas, vestían el luto con mal gusto. Demasiado oscuros, demasiado rebuscados, demasiadas espinas. El viento helado le golpeaba el rostro con tanta saña que, a ratos, sentía como si a propósito estuviera intentando arrancarle los párpados que comenzaban a vencer la amenaza del invisible enemigo.


Inhaló una y otra vez. Parecía como si le fuera imposible exhalar y sus pulmones, que ya gemían al ritmo de la danza macabra se inflaban como un dirigible sin rumbo. Pensó que volar sería una buena opción, aunque en realidad, cualquier opción era mejor que la de recorrer esa maldita senda.


Sus pasos no hacían sonido alguno, pese a que los adoquines parecían haber sido lustrados por millones de caminantes de paso errado, igual que en ese momento. ¿Quién le mandaría girar a la izquierda? ¿Por qué no seguir recto y dejar de lado los atajos? Porque era demasiado sencillo. La travesía, una trivialidad de treinta kilómetros, se le antojó aburrida, demasiado simple para una persona tan capaz de llegar a cualquier parte. ¿Qué había de malo en buscar un poco de emoción? Se dijo estúpidamente al montarse en el deportivo.


Pisando a fondo serpenteó la carretera invadiendo los carriles contrarios según se acercaban las curvas. Se dio el placer de observar la, entonces, atrayente y extraña vegetación que parecía querer engullir el camino, y que en la siguiente curva engulló su coche, que pasó a parecer un lamentable acordeón gris entre aquellos dos troncos.


¿Norte o sur? ¿Izquierda o derecha? El gps había dado un par de pitidos agónicos antes de que el mapa de carreteras fuera absorbido por un punto de luz, único testimonio de que la tecnología había llegado a aquellos parajes. No obstante, no era bien recibida.


Camino por delante y camino por detrás. Mientras conducía no tuvo la feliz idea de fijarse en algún detalle que ahora, a pié, le indicara qué dirección era la correcta. Tomaría la derecha. En el supuesto caso de que estuviera tomando la correcta, la que le llevaría de vuelta al hostal, lo estaría haciendo bien. Derecha y siempre derecha, esa decían que era la forma de salir de los laberintos, girando siempre en la misma dirección.


Dos horas después: noche profunda. Más frío y las comisuras de la boca azulada, cubiertas de leve escarcha. Ninguna luz a exceptuar la de su teléfono móvil sin cobertura, que pitaba reclamando su cable de corriente y para después, regalarse una relajada recarga de varias horas. Al girar una vez más a la derecha, luz. Una ventana pequeña a sólo unos metros, y según se aproximaba, un olor ácido, que le traía algo al lugar de su cerebro que todavía recordaba la infancia, y aquellos aromas de la escuela, pero que no era capaz de identificar ese.


Corrió los últimos metros y se lanzó contra la puerta que no opuso más resistencia de la estrictamente necesaria, abriéndose para mostrar en el interior a Taylor que, sentado en su silla favorita junto al hogar, afilaba con desesperante calma un pequeño cuchillo pasándolo una y otra vez por la piedra sobre su muslo.


– ¿Puedes ayudarme?– Se deslizó al interior buscando acercar las manos al fuego.


Taylor se precipitó sobre la visitante y la lanzó contra la mesa de un golpe.


Cuando despertó seguía reinando la oscuridad. Tardó segundos en darse cuenta de que sus manos habían sido atadas. Apoyándose en ellas rodó por la cama hasta que logró ponerse en pié. Era como si un cuchillo se le clavara en lo más profundo a cada paso que le acercaba a la puerta.


Vio como se abría antes de sentir un fuerte golpe que la lanzaba de nuevo a la cama.


– Pobre niña perdida. – Taylor jugueteaba con aquel ridículo cuchillo mientras ella se afanaba en volver a incorporarse. – No tendrías que haberte adentrado sola en el bosque...

– ¿Qué estás diciendo? – Preguntó la señorita Nsondo.

A tu precioso culito de ébano le quedan tres días…


Por Miriam Alonso

viernes, 14 de enero de 2011

Glamour


Curioso... y cuanto menos, divertido.
Dicen que digo mucho sin decir nada. Se hace buscando reacción. Bien, hasta ahí comprendo lo incomprensible. A partir de ahí...
Agarrados de la mano cada uno toca el extremo opuesto del universo, ¿es o no es divertido cuando todo sucede en la misma habitación? Mirando uno al cielo cuando el otro lo hace al suelo y así respectivamente, carismáticamente. Porque otra cosa no, pero carisma es lo que nos sobra. Ah, y glamour, no olvidemos el glamour.
Dejo de contar con lo incontable.


Fotografía: web setaloca
(Me encanta ese sitio)

miércoles, 12 de enero de 2011

Que no nos lo cuenten.

Estoy contenta, sí señor.
El año ha empezado curioso. La primera noche dimos de la mano a Elrond Flint hasta altas horas, el día de año nuevo a dormir y perrear hasta que las extremidades dolieron, la vuelta al trabajo cuanto menos fue curiosa, y así podría seguir describiendo la primera semana, pero no, iré a lo importante, a lo guay. There's a bear in da house!!!! Gran y peludo regalo de reyes que todavía sigue aquí, haciendo las delicias de la casa que, reducida a una sola habitación, está más viva que nunca. Codo con codo LITERALMENTE compartimos una larga mesa bohemia que, si se me permite la apreciación, está más llena de elementos a desechar que nunca xD (obviemos el impulso natural de la raza humana por acumular emmm... bueno, obviémoslo). Recientemente y tras ponerme en contacto con un ente misterioso (llamémosle así) recibo una propuesta interesante. El mes no ha podido empezar mejor.

A por todas y... Que no nos lo cuenten!!!!

domingo, 2 de enero de 2011

El Hechizo de la Mujer Dragón




Quien piense que el relato es un género menor de la literatura, sin duda, debe leer este libro.


Se trata de una de las novedades más esperadas de 2011, la antología del autor valenciano Ginés Vera. En sus más de cien páginas, El Hechizo de la Mujer Dragón esconde una selección de relatos de terror novedosa y fascinante. La vibrante narrativa de Ginés Vera, hijo de su época, nos transporta a lugares dispares en los que las pesadillas toman forma de modo extraordinario.


Con la literatura en las venas, este joven autor nos presenta su primera obra en solitario. Entre malvada e inocente, con fantasmas e inquisidores del alma, en la que los protagonistas muestran humanidad, contradicciones, intrigas, alegrías, miedos que se transmiten al lector como un disparo que acierta ahí donde el hombre es hombre.


Imprescindible para los amantes de la literatura y de la vida. Imprescindible para los amantes del arte.


Ya a la venta en librerías. Puedes solicitar tu ejemplar online o contactar con el autor a través de http://ginesvera.blogspot.com