viernes, 21 de enero de 2011

Cuento número 12. Yvainne y el alba


¿Podría haber algo más incómodo que el calor?


En aquella estación la ciudad se abarrotaba de gente venida de todas partes. Las calles se hacían intransitables, por no hablar del estado en que quedaban tras las juergas que los veraneantes se corrían al raso. Si les hubieran dejado fumar dentro de los locales, seguramente las aceras estarían limpias.


Su padre decidió proponerle aquel destino precisamente entonces. Por supuesto no pudo negarse. En ocasiones pensaba que debía haberle obedecido cuando el incendio del Crystal Palace, y así no tendría que acudir perdiendo la sombra, cada vez que se le antojara.


Le había dejado un coche, uno de los del trabajo. Teóricamente era una ventaja tenerlo, siempre y cuando se tuviera un ligero dominio sobre la conducción. No lo había utilizado en los meses que pasó allí, pero ahora, para la vuelta, se le imponía transportar la mole alemana cargada hasta los topes de documentos, de vuelta a su fresca, montañosa y tranquila ciudad.


Tenía por delante un viaje de ocho horas en las que surcaría gruesas arterias donde los coches circulaban a una velocidad que rayaba la de la luz. Estaban todos locos, pensaba mientras se abrochaba el cinturón. Lo había aprendido viendo a los conductores, y lo imitaba, aunque no sabía bien cuál era su finalidad, pero si así podía evitar a la policía, sin duda aquel pedazo de tela cumpliría su cometido.


Arrancó girando la llave, accionando el control remoto que abría la puerta del garaje. Acto seguido colocó la palanca hacia delante. Cuando pisó el pedal del acelerador, el deportivo chocó de frente contra la pared. Fue un error de cálculo, debía haber colocado la palanca hacia atrás. Logró sacar el coche del garaje tras varios intentos. Pero finalmente estaba fuera. Tomó la determinación de no volver a mover la palanca. La gente no era tan tonta como parecía. Esperarían a que pasara, y después pasarían ellos…


Al otro lado de la calle, un grupo de personas acababa de sobrevivir a lo que podría haber sido un atropello mortal. Un conductor circulaba sin control por la ciudad a más de cien kilómetros por hora. Alguien tomó la matrícula, alguien acertó a ver que era una mujer, alguien distinguió su larga melena rubia.


Tras cinco horas de viaje se planteó la posibilidad de mover la palanca de nuevo. Estaba convencida de que aquel cacharro podía ir más rápido. Hizo un juego de pedales y la movió. El coche comenzó a renquear con violencia. El volante parecía haber adquirido vida propia, llevándola directamente de visita a los carriles vecinos, donde los coches circulaban en dirección contraria. Una vez allí el volante se estabilizó y pudo volver a sujetarlo.


En realidad, en aquel otro lado, no se estaba tan mal. Al menos podía verlos venir. No comprendía por qué insistían en deslumbrarla cuando ella los veía perfectamente a todos, pero si ese era su gusto, no pondría objeciones. Poco después llegó a sentirse cómoda, pese a las ráfagas. Lo único que le inquietaba era la inminente llegada del alba.


Divisó en la lejanía unas luces intermitentes y vio como la arteria se iba empequeñeciendo, según se acercaba. Entonces levantó el pie del pedal hasta que el vehículo casi se detuvo por completo. Las luces indicaban obras que se estaban llevando a cabo bajo un puente. ¿Podría refugiarse allí?


Abandonó el asiento accionando el cierre centralizado, y se dispuso a encontrar un rincón cubierto, oscuro, donde esperar el alba.


Una sonrisa vertical asomando al final de la espalda de Manolo, saludaba a la mañana. La proximidad de su vivienda con la obra le garantizaba llegar el primero, antes incluso que el patrón. No estaba de más que apreciara esos detalles, que el trabajo estaba muy mal… ¿De dónde habría salido ese coche? ¿Ya había alguien por allí? Se enfundó chaleco y casco y bajó el recorte en el que estaban instalando el nuevo tubo de hormigón, saludando a quien hubiera madrugado más que él. Echó una ojeada al tubo y atónito se introdujo en él. Al instante corrió a la camioneta en busca de su teléfono móvil desde el que alertó al jefe de lo que había encontrado.


Yvainne despertó envuelta en un aroma desagradable. Agitó las manos como queriendo alejarlo de ella tocando al hacerlo una tela helada. Extrañada se quedó quieta sintiendo como el frío la envolvía, además de una molestia en el dedo gordo. Angustiada trató de levantarse dándose, al hacerlo, un fuerte golpe en la cabeza.


El responsable del depósito de cadáveres no alcanzó a escuchar a Yvainne que saludaba al mundo con un profundo “Mierda” desde el cajón 054.


Por Miriam Alonso

2 comentarios:

Asuncion Macian Ruiz/Medusa dijo...

Jajaojaojoajoa es que es RUBIAAAAA!! xD xD

Pandora_cc dijo...

Entre otras muchas cosas, sí. Jejeje