domingo, 23 de enero de 2011

Cuento número 13. Joseph y los malditos poetas


Los que saben lo que quieren, obtienen cuanto desean.


A menudo recordaba las palabras que su padre le dijo antes de perder la mayor parte de su herencia. Por aquel entonces no le creyó. También le venían a la cabeza las de su madre, ésta más agorera: Mala cosa aguarda al incrédulo que, al llegar a la puerta de san Pedro, descubrirá cuan equivocado estaba… Mala suerte para el codicioso, el que miente, el de conciencia dormida… Nubes negras para quien se ciega por lo que ansía…


Malditos poetas, malditas beatas...Y malditas también las otras, las banales y enfermas, que pudriéndose en la gloria olvidan al que las hizo musas, entre escrituras, testamentos y ábacos.


- ¿Qué archivas? – El señor Stiltford apareció en su despacho de modo tan repentino como acostumbraba. Se ajustó los cubre-mangas antes de asomarse a la trinchera tras la que Joseph se resguardaba hirsuto.

- Nada importante. – Alegó, cubriendo con un fajo de papeles el libro.

- Nunca llegarás a ser nadie si crees que lo que tocas no es importante. – Respondió Stilford ceñudo. Las tramitaciones legales le habían robado más de la mitad de su vida. La afrenta a un documento, era una afrenta contra él mismo.


Abandonó el despacho dando un golpe seco a la puerta. Escuchó el tacón de sus botas chocando con furia contra el parqué. En cuanto lo supo lejos apartó los documentos, dejando el libro al descubierto. Pasó los dedos un par de veces por la tapa. No debía leerlo, no estaba bien hacerlo en la notaría, pero sentía la necesidad de sumergirse en sus páginas, hambre voraz que amenazaba a su consciencia, temblores, vibraba… Al abrirlo, paz, volvía la calma. Y el cielo volvía a ser cielo mientras la tinta no faltara…


- ¿No vienes a comer? – Roxanne había entrado en su despacho con la misma viveza que una alegre mariposa.


Batió sus adulantes alas insistiendo un par de veces en que la acompañara. Pero Roxanne no sabía nada respecto a la naturaleza del adulado. Por más que insistió no logró que Joseph abandonara su libro para acompañarla. Despertó así la mariposa al huracán dejándolo después encerrado en su diminuta estancia, librando batallas que nadie podría imaginar.


Sólo pasó un par de páginas, sólo dos o tres más, cuando reapareció la polilla en la puerta, invitándolo a acompañarla a casa. Joseph, receloso, consultó el reloj que colgaba del bolsillo de su chaleco. La jornada había terminado. Incrédulo, comenzó a reunir todos los contratos y discordias para introducirlos en el maletín de piel que sus padres le regalaron al finalizar los estudios. Y junto a ellos, introdujo el libro maldito que le había embrujado.


- ¿Qué libro es? – Preguntó Roxanne curiosa, acercando la mano al maletín.

- Es una agenda. Nada de importancia... – La mujer le miró levantando una ceja, mientras pensaba en la serigrafía dorada que cubría las tapas de la misteriosa obra. – Ve yendo, yo te alcanzo.


La siguió con la mirada hasta que desapareció por la salida principal. Entonces se enfundó la sobria levita negra y, agarrando la cartera, dejó el edificio por la puerta de atrás.


Sentía un nudo en la garganta mientras caminaba por las calles acosado por los versos malditos de los malditos poetas. Echando ojeadas a su espalda, estuvo tentado de correr en un par de ocasiones, pero se contuvo. Sus padres no aprobarían semejante comportamiento, su mente tampoco podría recuperarse jamás. No obstante aceleró el paso. Llegó a la mansión jadeante. No se detuvo a hablar con el ama de llaves, ni con Simone, la graciosa niña que le subiría la cena poco después.


Debía hacerlo, ya había esperado demasiado. Tomó la pluma y la hundió en el tintero sintiendo como sus latidos eran menos violentos a medida que el plumín surcaba cada página, cambiaba cada nombre.


- Permiso, joven amo Joseph.

- Entra.


Dejó la bandeja de plata sobre el escritorio, deteniendo la mirada en las páginas del libro abierto, garabateado, del que colgaba una pluma goteante de tinta.


- Eso manchará la madera, señor. – Replicó la chica volviéndose a su amo que la observaba satisfecho, tendido sobre el lecho.

- Valió la pena. Convertí a la musa banal en la musa enferma...


Simone abandonó el dormitorio del señor. Jamás había visto que alguien le hiciera eso a un libro, seguro que por ello iría al infierno. Y el castigo del señor sería el peor, pues el libro era bello. No podía ser de otra manera, si era un libro que hablaba de flores.


Por Miriam Alonso

4 comentarios:

Lorraine dijo...

Tu blog es genial!!

Y además también eres de Valencia :) Un saludo guapa!

Pandora_cc dijo...

Hola Lorraine!
Muchas gracias por la visita y el comentario. Me alegra mucho que te guste. La cara, los extras y otras aplicaciones chulescas del blog, corren de manos de una de las grandes en la materia.
Gracias de nuevo!

ginesvera dijo...

He paseado con Joseph hasta su cuarto. Le he visto correr distraido por las calles con el libro. Ahora que se ha tumbado en la cama, una vez se marche Simone, me asomaré como una sombra a ese libro maldito. Malditos poetas...
Enhorabuena. bss

Pandora_cc dijo...

Muchas gracias Ginés. Celebro que te guste. Espero que encuentres flores hermosas en el jardín de los malditos poetas.