lunes, 24 de enero de 2011

Cuento número 14. Tolousse y la gitana





Besos de arsénico. Colilla apagada en boca. Sobre la mesa, las apuestas de una noche oscura en la que, en el horizonte, el fulgor que recordaba al sol, cantaba baladas tardías.


Amatistas viajeras en sortijas informes por el constante batir de palmas, de las más efusivas cabareteras. Y entre encajes y faldas, bajaban las ligas y se descolgaban las medias, por descuidada picardía, en la noche francesa.


Una lámina de otoño cubría la pared de madera, sustituyendo a la primavera que se engulló al verano. Y junto a ella un gato de taimado maullido y rígido semblante, anunciaba la apertura del lugar. Encuentros de sabios, actores, escritores y poetas entre las glorias del sitio embriagado de absenta. Risas flojas que olvidaban las guerras, el apetito y la sed de anécdotas y reveses sin fin, que cada uno, encontrando de pronto entre aquellas paredes a su ánima afín, topó en días pasados, tañendo su herramienta, bebiendo sentado en otra mesa.


- ¿Qué te ha pasado? No eres el mismo, ¿acaso te has enamorado?

- De tu madre, anoche estuve con ella. Hay que ver qué fuerza, qué garbo tiene esa bendita vieja.

- ¡Qué deshonra! – Replicó sonriente. - ¿Acaso hoy no habías blasfemado? ¿Te cogí de paso en la vereda con el ánimo inflamado? ¡Pobre de mí reputación, que Tolousse está difamando!


Estalló la fiesta en la mesa. Las apuestas bailaron golpeadas por la mano, que se ahoga en risa bohemia.


El amor… La gitana y su melena, bendición y maldición, dirigiendo el pincel en los sueños de un poeta. La blancura de sus perlas centelleantes, que se podía distinguir desde la platea. Y baila y baila la víbora morena, sin principio ni fin. Y absorbe todo cuanto la rodea, hasta el color aún por descubrir.


Vuelta al París de Rimbaud, Victor Hugo y flores secas, dejando dentro a Salis y Rivière con su circo de luces muertas. Llegada a las calles frías; el amor a la espera en las esquinas, donde esa noche como tantas otras la buscaría. Pero no tendría la suerte de Phoebo, no toparía con su alegre gitana saltarina. Con fortuna hallaría alguna fulana que, aguantando la risa, aceptara las monedas que ganó en la timba.


Y tras pagar su favor, cuando huyera ya cobrada la algarabía, llegaría el lienzo mancillado, testimonio de los intentos imposibles, de un hombre pequeño por vivir en un mundo de grandes bastardos. Traería a la morena a su estudio sombrío de pintor, poeta y conde frustrado.


Surcaría el lienzo tras mecer la brocha en blanco, para purificar su semblante. Tonos rubicundos usaría para las sedas que la recubrían. El pincel con oro para las monedas de su cintura. Negros para su espesa cabellera. Verde… Verde para la envidia. Verde de la enfermedad. Verde peste, verde desidia. Verde mentira. Verdes sus ojos de gitana. Verdes los billetes, que manos que se burlaban de las suyas, deslizaban en su liga.

Por Miriam Alonso


2 comentarios:

Asuncion Macian Ruiz/Medusa dijo...

Qué chulo nena *o*

Pandora_cc dijo...

Gracias perla. Tiene musicalidad, es diferente a los otros. Muas!