miércoles, 26 de enero de 2011

Cuento número 16. Ornella y el té

Largas y profundas estepas, en el aire un aroma arrastrado de mortaja y polvo. Ondeando, naciendo de las más recónditas esquinas del templo, largas sedas sinuosas, haciendo sonar campanillas de garganta aguda. El oro brillaba en cada esquina, hasta el incienso y las velas tenían un dorado lecho en el que consumirse. Piedras preciosas en sus manos, muñecas, nariz y colgando de sus lóbulos. Y ella, sobre el cojín, con los ojos vendados.

Caminantes aguijoneados por las más temibles enfermedades, poderosos hijos de algunos, que poseían entre otros tantos bienes, nombres laberínticos, gente sencilla, todos, desfilaban al otro lado de la seda que acariciaba sus pestañas, e inclinaban la cerviz volviéndose, por unos instantes, del mismo rango.

Aplausos y ovaciones celebrando suspiros y bostezos. Las gotas de aceite de jazmín que goteaban de sus pliegues, eran retiradas por sirvientes temblorosos que, rezando interminables oraciones, conducían el lino blanco, arropando aquel sudor bendito por un Dios que acaloraba a su proyección en la tierra.

Entonces todavía no se llamaba Ornella. Tenía otro nombre, tan impronunciable como el de aquellos que la encerraban en el templo, tan vomitivo como el té amargo que le obligaban a beber, siendo repuesto con insistencia cada día. Podía olerlo desde el altar.

Sólo una vez encontró un par de hebras amarillas, resecas, en el sari. Vistas de cerca eran tan cautivadoras como los misterios que, escuchó una vez, había en el mundo. Las convirtió en amigas. Reverberando en su aroma sin agua, sin venda. Las guardó en su boca, el único lugar donde nadie podría encontrarlas.

Recordaba una de las peores noches, una de adoración sofocante, de presión en el pecho y desesperada ignominia, cuando trató de engullir, igual que hacía con la infusión, las joyas que le obsequiaban los peregrinos. El zafiro más facetado, la moneda más recia. Que se la llevaran entre los resplandores azulados, y el oro en que la mecían, a otro mundo. Uno en el que no existieran las sedas. Al descubrirla deglutiendo su festín se lo quitaron, dejándola en el suelo frío, sin más abrigo que una enorme tetera dorada.

Pese a no saberse distinta, Ornella se encontraba desnuda sin el peso de la divinidad. Tan insignificante como cualquiera. Podía adorar a los que visitaran su templo, ya que eran igual de merecedores de ofrendas que ella. ¿Por qué no podían verlo los demás? ¿Por qué caminaban altivos, por las sendas que ella deseaba recorrer, sin estar obligados a cubrir sus ojos?

Una noche, decidida a escapar, hizo sonar la campana. Sabía quiénes estaban en el templo, sus ocupaciones y costumbres. Entre ellas las de Najnem, el encargado de reponer el té. El único que, osado, tentó a los dioses y años atrás, compartió unos minutos misericordes con ella. Partiría sin joyas, no las necesitaba. Las palabras encadenadas que salieron de la boca del chico, colgarían de su cuello, como el tesoro más maravilloso. Aquello era lo único que quería llevarse del templo. Palabras de un vasallo, y el recuerdo de la ligera sonrisa que compartieron.

Agitó nuevamente la campanilla y, al poco, Najnem apareció en su estancia con la mirada clavada en el suelo, igual que hacía el resto. Le obsequió el regalo del tiempo, e imaginó, qué bellas joyas pronunciaría para engarzarlas entonces. Para ofrendárselas como compañeras infatigables en su viaje. Contó los minutos que transcurrieron mientras, con la tetera en la mano, las aguardaba. Pero el chico no decía nada. Y por mucho que esperara, no lograría que le diera su tesoro. No emitió sonido, ni aun cuando temblando, poseída por la cólera, golpeó su cabeza con saña, llenándole los pensamientos de oro.

Mientras escuchaba los pasos aproximándose a la habitación, dejó caer la tetera, que se vaciaba al ritmo con que la sangre de Najnem, cubría con nuevas tonalidades la alfombra de su alcoba.


- Era un perro infiel que adoraba a ídolos paganos…
- Y por eso ella le mató.


Escuchó sus susurros. Sintió su mirada clavada en el suelo, sintió el miedo del ignorante frente al poder del magnánimo.

Desde que el templo se construyera, jamás se había escuchado el grito de una diosa.


Por Miriam Alonso

2 comentarios:

Asuncion Macian Ruiz/Medusa dijo...

Nenanena, este es una pasada. Brutal, chapó, en mi top five!! Enhorabuena.

Pandora_cc dijo...

Muchas gracias perla!