jueves, 27 de enero de 2011

Cuento número 17. Dante y los misterios de la rue Morte



Mi boca se abre. Siento como los ojos se me van cerrando poco a poco. Puedo hacer algo para evitarlo, porque ni la cercana llegada del alba, ni los periódicos que han sitiado mi mesa, me inspiran lo suficiente como para levantarme y preparar otra taza de café. Pero quizá no deba evitar nada. Aunque si sigo frotándome los ojos con este ímpetu, voy a terminar por arrancármelos…

¿Dónde está el diamante? ¿Es la hermosa Lucy quién ha manipulado al notario y modificado el testamento? ¿O es eso precisamente lo que quieren que piense?

En realidad hay algo sospechoso en cada uno de los asistentes a la reunión. Ninguno parece estar dolido por la repentina muerte de la señora Beckett. Sus sobrinas por otro lado parecían a salvo de culpa. Habían recibido sendos sobres, cuyo único contenido eran semillas secas de la flor del naranjo… Los nietos dijeron que fueron acosados por unos misteriosos personajes cuando se dirigían al trabajo, al club y al ayuntamiento, respectivamente. A la hermana de la difunta le habían roto un cristal de la ventana, lanzándole una piedra. La nota que la envolvía continuaba siendo un misterio, ya que la mujer se negaba a revelar su contenido por miedo a las posibles represalias. Alegaba, entonces, graves crisis de ansiedad por todo lo que le estaba ocurriendo desde la muerte de su hermana. Y sin embargo asistió, con aquel pañuelo de encaje arrugado, en las manos, enjugando maquillaje y lágrimas, que tenían más aroma a reptil que el bolso que siempre la acompañaba.

Entre tanto la joya continuaba en paradero desconocido. Y el secretario de la señora Beckett, siguiendo el mandato de la difunta, no había dejado de copiar la enciclopedia británica durante cuatro horas al día. ¿Fue él quien escuchó sonidos extraños, la noche de autos, en la habitación del fondo, o fue la atractiva costurera?

Llegada la hora bruja, necesitaré encenderme un cigarrillo, si es que tanto tiempo en el trabajo no ha acabado con mis reservas. Los he fumado todos, echaré mano de la pipa. Siempre reconforta percibir el sabor de la madera mezclándose con el del tabaco. Es alentador, me ayuda a pensar.

¡Casi olvido el otro misterio, el del prometido de la muerta! El jovencísimo señor Cross, al que según se creía, no le había dejado ni un céntimo. ¿De dónde había salido, y lo que es más inquietante, por qué le conocían en locales de dudosa reputación? ¿De qué modo se habría cobrado las lisonjas de la anciana? Tenía aspecto desvergonzado y rebelde, pero ante todo, se le veía dotado de una gran inteligencia ¿No disfrutaría la mujer de los últimos meses de vida, a su lado? ¿Quién obtendría el jugoso botín? ¿Qué significaban las semillas? ¿Por qué copiar la enciclopedia? ¿Y qué hacía en la reunión aquella misteriosa y torpe camarera, sonriendo todo el tiempo?...

En principio nada parecía encajar. Las huellas embarradas en la moqueta, la desaparición de la señora Milton, las flores aplastadas del jardín, que quedaban junto al ventanal. La hija desaparecida que de pronto telefoneaba, precisamente el día en que la madre abandonaba a los vivos. Aquel olor ácido que emergía desde el sótano, y la joya. El diamante, que seguía perdido.
Ya sé qué debo hacer. He de disfrazarme e ir a los barrios bajos. Allí hablaré con la gente que recuerde al señor Cross, seguramente encontraré la pista que, hasta ahora, se le ha pasado por alto a mi lupa.

¿Pero qué? … ¿Quién es esa figura que me observa desde la calle? Pasea nerviosa de un lado a otro, parece no atreverse a cruzar. Quizá debiera hacerle una señal para que venga, pero ¿vendrá en busca de ayuda o será una treta preparada por los que desean obtener la fortuna de la señora Beckett? Parece que se acerca, se ha decidido a cruzar. En cuanto avance unos pasos más podré verle la cara, y entonces, con un poco de suerte…


El teléfono fijo vibró en la mesa de la entrada.

El libro que leía se le escurrió de entre las manos. Se dirigió al aparador y descolgó el aparato frotándose los ojos. Christine le llamaba desde su apartamento, quería saber si estaba bien. Normalmente solía tomar el último metro, pero aquella noche no había ido a dormir a casa. Recibió una reprimenda por no llevar consigo el teléfono móvil. Despidió a su novia y caminó, exhausto, hasta el mullido sofá en el que, en noches frías como aquella, disfrutaba leyendo a la luz cándida de la lámpara vintage.

Se reclinó para recoger el libro del suelo y se acercó al estante, para devolverlo a su lugar.

- Elemental… - Dijo mientras empujaba el lomo del libro, alineando sus novelas.


Por Miriam Alonso

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