domingo, 30 de enero de 2011

Cuento número 19. Michelle y el arcoíris


Cuando despertó, ya no sentía presión en las sienes. Acomodó un beso en la mejilla de la nutria y decidió ir al aseo, y tras ello, preparar el desayuno. La culpabilidad se había esfumado, tampoco había remordimiento. Si alguien debía sobrevivir, lo haría el más fuerte. Mientras se lavaba las manos vio las manchas de sangre, testimonio de la cena familiar. Unas cuantas en la camisa de cuadros y otras más grandes en los pantalones.

En aquellas tierras donde parecía que el hielo era más que estacionario, una ley, los animales se reunían en torno a la lumbre. En su casa, además, se utilizaba la ayuda de licores, escupidos por un gigantesco alambique que guardaban en el sótano. La calabaza de latón hervía a fuego lento durante horas, y transformaba todo lo inservible de la vid, en un líquido con sabor espantoso. Algunos, tradicionalmente, dejaban que el fuego amainara el ánimo del licor, y los granos de café flotaran, incluso, en los vasos donde se bebía. Pero él, oso, repudiaba el orujo que tanto gustaba al rey de la casa, la serpiente.

La serpiente decía que había perdido manos y piernas para llevar comida a la mesa. También era muy habitual escuchar de su boca, que sus hijos caimán, sapo y oso, tenían que conseguir el estatus que él no logró alcanzar. Educó al caimán y al sapo que siguieron sus enseñanzas al pié de la letra. El problema siempre había sido el oso. ¿Qué hacía un oso en una casa como aquella, en un pueblo como aquel? Desde que nació le repudiaba, ¿cómo podía ser aquella aberración su hijo? Su madre, la zorra, lo aceptó consciente de que, pese a las diferencias con sus hermanos, compartían la misma sangre. Pero eran ellas precisamente las que llenaban de fantasmas la mente de la serpiente. A cada día que el oso continuaba en el hogar, sentía más repulsión por él y por sus costumbres. Era contestón, rebelde, maleducado, arrogante, orgulloso. Le molestaba su voz, sus ojos tan parecidos a los propios, pero lo que más le molestaba eran los arcoíris. Odiaba los arcoíris y todo cuanto representaban.

El oso sabía que la serpiente le despreciaba, pero no comprendía por qué. Durante los primeros años, pensó que quizá su padre tuviera derecho a hacerlo, pero después, según avanzaba el tiempo y llegaban los inviernos, acabó por pensar que, si no quería que estuviera en el mundo, debía haber puesto medios para evitar su nacimiento.

Aquella mañana, compartieron la comida en familia, y tras ella vinieron el licor y la sangre. La serpiente atacó al oso como si en vez de su hijo, fuera un hombre que tratara de robarle la vida. Lo lanzó al suelo encontrando repentinamente sus piernas perdidas y le pateó el cuerpo. El oso no lloró. Los golpes le dolían, cada uno se le clavaba en lo más profundo, pero no lloró. No podía golpearle, no podía defenderse, pero sabía de algo que, a su padre, le haría más daño que los golpes. El oso rió y lo hizo con ganas, cuanta más saña, más fuertes eran sus carcajadas. Aquello enloqueció a la serpiente, y también a la zorra que trataba de detenerlo. Hasta incluso el caimán y el sapo lo intentaron.

Habían pasado años desde entonces, y habían cambiado muchas cosas. La relación con el hogar sólo continuaba viva por la insistencia de la zorra. En más de una ocasión le había rogado que se reuniera con ellos para escribir una nueva fábula, donde hubiera un final, sino feliz, cordial.

Aquella noche fue a reencontrarse con la serpiente. Pero en esta ocasión no fue un osezno quien llamó a la puerta, lo hizo un oso adulto, con barba espesa y garras afiladas, que jamás perdió trabajando. Tenía el pelaje claro por el sol al que se sometía cada día, y la espalda henchida de orgullo. La serpiente apuraba otro vaso de orujo cuando lo vio llegar. Acto seguido se lanzó contra él, con el veneno preparado en los colmillos.

Lástima que el hijo fuera un oso, y el padre serpiente. Lástima que uno no tuviera manos, y el otro tuviera garras. Lástima que los golpes de antaño le hubieran hecho fuerte, y aquellos le pasaran desapercibidos. Pero ante todo, lo que más lástima le dio al oso, fue que la sangre de la serpiente estropeara su camisa arcoíris y sus pantalones de cuero.

Por Miriam Alonso

2 comentarios:

Miguel dijo...

No pude decirte nada en su momento, y no puedo decírtelo ahora.
Consigues que las rallas y el circulo tengan sentido.
Pero también consigues que vea magia.
Por eso sabes que eres mi mas preciada musa.

Pandora_cc dijo...

No hace falta que digas nada. Ya sabes lo mucho que me gusta que te guste, osito.
Beso graaaaaaande.