miércoles, 19 de enero de 2011

Cuento número 10. Gabrielle y las musas banales


Debes aplicarlo con la brocha, tonta…


Pasaran los siglos que pasasen, el timbre de voz de Seraphine no mejoraba. Tampoco su cara que, pese a los polvos de arroz robados, continuaba manteniendo ese tono grisáceo de niña desangelada, ébria de sémola agusanada. ¿Qué fue de aquella idiota, que servía el té, cada día, a las cinco y media en punto?


Loreen le enseñó el arte de la sumisión encubierta. Pudo obtener de cuantos quiso, polvos de arroz que olían a frambuesa, a pera, e incluso a jazmín. Mecenas del lagrimeo artístico aliñado con largas pestañas que, vendía sus lienzos a caballo entre la habitación de su hermano y la de su padre. Supo qué le ocurrió cuando, una mañana, encontraron su cadáver flotante en el Thamesis, y a su madre extrañamente sonriente.


Angeline mereció su respeto durante una temporada. La escuchaba recitar de memoria los poemarios en que invertía todo su tiempo libre. Hasta que descubrió que, en esencia, la criada era solamente repeticiones. Sólo mereció su respeto hasta que descubrió que lo que aprendía lo hacía sin orden ni condición.


¿Por qué las recordaba ahora cuando, cómodamente, cepillaba su cabello previa expedición al circo de vanidades de este siglo? ¿Sería porque esa era, precisamente, una de las funciones que se les encomendó a todas ellas? Rara vez, mientras ocupó la vivienda familiar, hubo una obligación que le pareciera más indigna que cepillarlo ella misma. ¿Sería causa del oscurecimiento de la sangre azul, el que ahora sintiera placer al deslizar los dedos entre sus bucles, o sería el hambre?


El reloj anunció que se acercaba la una cuando Gabrielle cerró la puerta de roble. Caminó pausadamente recorriendo el trecho que le llevaba a la colina. En noches como aquella se dedicaba a observar la ciudad. Era allí desde donde podía captar momentos en que los actores erraban, en la tragicomedia a la que llamaban vida.


Escuchó sonido de neumáticos derrapando y el rugido de un motor, no muy lejos de allí. Supuso bien. Tendría el privilegio de ver un pase privado bajo las estrellas donde los actores, si todo seguía el guión, acabarían con la interpretación horas después para, a la mañana siguiente, discutir las críticas impuestas por los secundarios amistosos que esperaban noticias del estreno.


Parecía una noche reservada al drama. Él, agarrado al volante, levantaba la voz sin dejar que el público imaginara una sola escena. Ella, gran actriz, defendía su inocencia, mostrándose turbada por cada palabra que el protagonista le arrojaba a la cara.


Al poco, un silencio tenso preludió la inminente caída del telón. Todavía lo guardaban cuando él abandonó el coche y se alejó colina arriba. Se interesó por la actriz en cuanto descubrió su arte tras las bambalinas. La observó mirando por el retrovisor tratando de cerciorarse de que el otro actor, definitivamente desaparecía del escenario. El guión quedó de lado convertido en unas cuantas frases que, a fuerza de repetición, supo utilizar en el momento apropiado. Bajó el parasol para comprobar que sus pestañas humedecidas no habían sufrido daños irreparables, y cuando se encontró de nuevo hermosa, sonrió ampliamente. Rebuscó en el bolso extrayendo una caja repleta de polvos aromáticos con la que borraría las marcas dejadas por las lágrimas...


Una lluvia de cristales bañó a la protagonista cuando Gabrielle, arrancándola del coche, la sacó por la ventanilla. Tras alimentarse, la convertiría en una nueva musa a la que recordar instruyendo en el uso y virtudes de la brocha.


Por Miriam Alonso


2 comentarios:

Asuncion Macian Ruiz/Medusa dijo...

Mira que me ponen 100% palota tus historias. Pero lo que más me pone es ser la primera en poder babearlos, princess! Tu siq eu vales!!
Tu másme que te adorah!

Pandora_cc dijo...

Que paviiii!!! A mi me encanta que seas tu la primera en descubrirlos y tocajcarlo acto seguido, mari. Por si lo dudabas, yo también te adoro masmeee!!!! Muas!!!