martes, 18 de enero de 2011

Cuento número 9. Greta y las marcas que recuerdan el camino


Tosió un par de veces tratando de extraer de sus pulmones una vaharada de humo que olía a vaqueros yanquis y demonios negros.


- Podríamos irnos ya. – Se levantó del acuchillado sofá de piel, que vomitaba relleno de espuma, emitiendo un sonido atroz, provocando las risas de niñas lechosas con ojeras marcadas a golpe de Estee Lauder.

- ¿Qué te pasa tía? Hoy te estás pasando de pesada. – Marta, o Mad para los amigos, todavía tenía un cuelgue importante. Su voz sonaba más pastosa de lo habitual, mientras se contoneaba tratando de incorporarse. – Nos vamos porque esta se está poniendo en un plan… - Se dirigía al grupo que, ignorándola por completo, continuó haciendo acopio de los botellines que quedaban sobre la mesa.


Greta, abrigada, ya esperaba fuera. Mientras lo hacía y, sabiendo de las largas despedidas de Mad, se entretuvo dando golpecillos en la rueda de un coche cercano, con la punta metálica de su bota. El Insomnia cerraría las puertas sólo media hora después, de modo que ya se veía a gente organizando corros por los alrededores, cargando bolsas de la compra con libaciones específicas para adolescentes.


Mad salió empujada por Christian, el camarero, al que hacía horas le habían dejado de hacer gracia sus bromas.


- Bueno, yo me marcho. – Se puso la levita aireándola más de lo necesario, de modo que el extremo de una de esas mangas con hebillas que le apasionaban, alcanzó a golpearle la mejilla.

- ¡Serás gilipollas! ¡Me has hecho daño!

- Que te den, guapa. Me voy a casa.


Viéndola alejarse calle arriba, se preguntaba porqué le seguía el rollo. Había veces en las que se enfadaba tanto que pensaba en descubrir ante el grupo todos esos pequeños secretos que Mad, borracha, le confesó una noche. Pero sin duda las cosas se le torcerían. Ella llevaba mucho más tiempo en el grupo y lo tergiversaría para hacerse la inocente ante los demás. ¿Y qué iba a hacer entonces? Si les perdía a ellos, perdía la posibilidad de salir por la noche, además de que no podría estar con gente que tuviera sus mismos gustos. Los del instituto se metían con ella porque vestía de negro y no escuchaba su música. Si se vengaba de Mad, perdería las salidas nocturnas y a sus amigos, aunque no le cayera bien del todo.


El arañazo no le dolía, pese a que tenía un tamaño considerable. Al día siguiente habría de explicárselo a su madre, si es que el maquillaje no obraba su magia. Y ella, como siempre, empezaría con sus charlas, y con sus preocupaciones. Todo porque la consideraba aún pequeña, pese a tener quince años y más amigos y experiencias vividas de lo que sus padres pudieran imaginar.


Echó a andar tomando el mismo camino por el que Mad había desaparecido. Quería irse a casa. Tuvo que esquivar a un par de “niños bien” del instituto, que coreando una canción pop realmente asquerosa, ocupaban casi toda la calle del mercado. Le gritaron cosas que no comprendió, y es que parecía que hablaran en otro idioma. Acto seguido pensó en su madre, ellos eran, precisamente, las buenas compañías que deseaba que tuviera. Lo cual corroboraba que sus padres no tenían la menor idea de cómo estaban las cosas en realidad.


No encontraba las llaves. Si tenía que llamar al timbre a esas horas, oficialmente tendría problemas. Se rebuscó por todos los bolsillos con ansiedad hasta que recordó que las había metido en un compartimento secreto que le había hecho a las botas. Suspiró aliviada una vez estuvo en su cuarto; tras haber forcejeado con la verja metálica del ascensor, y después, con la cerradura de la puerta. Sin atreverse a encender la luz, se quitó las botas y entró en la cama.


Escuchó la voz chillona de su madre. ¿Sería acaso medio día? Sea como fuere era demasiado pronto como para empezar a discutir con ella. Se dio la vuelta en la cama y cubrió con el edredón haciéndose un ovillo, cuando la puerta se abrió, y la habitación quedó inundada por la luz brillante.


- ¿Me puedes explicar qué es esto?

- ¿El qué? – Preguntó Greta con desgana dándose la vuelta hacia la puerta, donde la silueta recortada de su madre señalaba acusadoramente el suelo.


Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz logró distinguir, en el enmoquetado, unas manchas oscuras que se adentraban en su habitación. Se levantó de la cama cuando la mujer desapareció hecha una furia por el pasillo. Entonces corrió al baño. Tenía el pelo acartonado y la cara llena de sangre.


No había rastro del arañazo.


Por Miriam Alonso

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