lunes, 17 de enero de 2011

Cuento número 8. Venice y la primavera que pasó de largo


Antes de que llegara era mejor, era más feliz. Me sentía completo con la única necesidad de un cuaderno, tinta y aire fresco que respirar. Entonces tuvo que aparecer Violeta. Siempre Violeta con su risa chillona y sus ganas de revolverlo todo. Tuvo que cambiar hasta la dirección del aire para sentirse satisfecha. Pese a lo precario de su situación, se obcecaba mi Violeta, en no dejar piedra sobre piedra.


De poco servía el papel en blanco en el que vomitaba la locura del genio, porque nunca llegué a alcanzar la fama vendiendo mi prosa leve, motor que hacía moverse mi mundo, cuando la calma venía a arropar mis noches de arte. Hasta que nuevamente aparecía Violeta, con sus ojeras marcadas, para romper mis cuadernos y llevarme a la línea que separa al hombre de la bestia.


Era una niña, una hechicera, era desordenada, era mentirosa, era una caótica obra de arte capaz de inspirar versos y versos que jamás escribí. ¿Y yo? ¿Qué era? ¿Un prestidigitador que, armado con la pluma de ganso, traía los mundos y las vidas que jamás tuve para reconfortarme sobre mi lecho de paja? ¿Un brujo? Un insecto guarecido a la sombra del mundo analfabeto, que miraba a ambos lados antes de ensuciar mi espada con sangre negra robada al que, pese a la porte, no sabía hacer nada más con ella que mancharla. Denigrar la esencia de mi prosa editando grotescas sentencias de brujería y traición. Dardos invisibles lanzados de mi mano que, tarde o temprano, acabarían por alcanzar a Violeta para condenarla al fuego. Por eso la maté. No hubiera podido soportar ver como su mirada inquieta, su boca fina y esas manos de dedos retorcidos, se consumían en la hoguera del rey.


No escribí versos, ella no lo merecía. Tampoco traté de pintarla porque mis manos obtusas jamás tuvieron el don de captar la realidad. La inmortalicé como mejor supe, haciendo que formara parte de algo indestructible, que se mantendría a salvo del fuego y el agua eternamente, pero no de mí mismo.


Poco sabía de mi suerte en aquella época, poco sospechaba que me observaban y lo que pensaban hacer conmigo. Rueda de la vida y la muerte en constante movimiento. El Venice que fui murió una noche para renacer la siguiente, con palabras de mis horas de vigilia todavía humedecidas en las manos, palabras que eran para Violeta.


Cuando me supe en aquella realidad no lo creí. A salvo ya de la peste, de la gripe y de todo cuanto el Señor gustara enviar a su pueblo muerto de hambre, no sentí calma. Un nuevo Señor tenía algo previsto para mí, que continuaba agarrado a los cuadernos como para querer olvidar todo cuanto implicaba seguir vivo, aunque fuera de esa manera. Me negué. Nunca fui un hombre dispuesto a obedecer los mandatos de cualquiera, ya obedecí lo suficiente bajo el techo de mis padres.


Escapé de las garras opresoras una noche en la que la vida parecía haberse detenido. La lluvia mojaba el camino y el barro continuaba cubriéndome las piernas, pese a cuanto me contaron acerca del milagro obrado en mí. Corrí lejos, advirtiéndome del camino que tomaba, pese a no querer todavía reconocerlo. Iba en busca de Violeta.


Abandoné su cuerpo en un lugar precioso, de aquellos que siempre señalaba cuando viajábamos en el carro. Un campo verde cubierto de gotas de sangre de amapola, que ahora, en verano, no reconocía. Ya no había flores. Se acabó la primavera.


Desenterré a Violeta sacudiendo la arena que se había impregnado en su cabello dorado y besé su cuello tratando de ejercerle el mismo hechizo con el que me embrujaron a mí, pero no se movía. No despertaba a mi lado a salvo de hogueras, sogas y guillotinas. Violeta se deshacía en mis dedos cayendo al agujero en el que ellos la metieron.


Esa noche calenté sus manos de bruja con las letras que escribí para ella. Le leí los cuentos que inspiró echándolos después a la hoguera donde esta vez sí, se quemaba su paso por la vida. Cuando el gallo alertó la llegada del día, me tendí a su lado, dejando en un nuevo hogar mi pluma y mi tintero. Acaricié su rostro y su cuerpo por última vez mientras esperaba que jamás llegara la noche.


Pero llegó, y con ella, mi Violeta olvidada en el campo que, un día, fue hogar y deleite de la primavera.


Murió Venice, y nació el soldado.

Por Miriam Alonso

2 comentarios:

Muñeca de Trapo dijo...

¿si lo une el fuego se queda fundido en el infierno o se purifica sin dioses de por medio y se une a la eterna vida, que no Vida Eterna?
Gracias por regalarle un buen rato a mi primer sentido seguido de mi intelecto.

Pandora_cc dijo...

Gracias a ti. Un saludo, Muñeca de Trapo.