domingo, 16 de enero de 2011

Cuento número 7. Taylor y la señorita Nsondo



Probando, probando...

Nuevo proyecto que propone acercaros a algo más grande que todavía no puedo contar.

Espero vuestros comentarios.


***


El camino pedregoso era lo único que le separaba de la civilización.


Los árboles retorcidos como por obra del más caprichoso de los ebanistas, vestían el luto con mal gusto. Demasiado oscuros, demasiado rebuscados, demasiadas espinas. El viento helado le golpeaba el rostro con tanta saña que, a ratos, sentía como si a propósito estuviera intentando arrancarle los párpados que comenzaban a vencer la amenaza del invisible enemigo.


Inhaló una y otra vez. Parecía como si le fuera imposible exhalar y sus pulmones, que ya gemían al ritmo de la danza macabra se inflaban como un dirigible sin rumbo. Pensó que volar sería una buena opción, aunque en realidad, cualquier opción era mejor que la de recorrer esa maldita senda.


Sus pasos no hacían sonido alguno, pese a que los adoquines parecían haber sido lustrados por millones de caminantes de paso errado, igual que en ese momento. ¿Quién le mandaría girar a la izquierda? ¿Por qué no seguir recto y dejar de lado los atajos? Porque era demasiado sencillo. La travesía, una trivialidad de treinta kilómetros, se le antojó aburrida, demasiado simple para una persona tan capaz de llegar a cualquier parte. ¿Qué había de malo en buscar un poco de emoción? Se dijo estúpidamente al montarse en el deportivo.


Pisando a fondo serpenteó la carretera invadiendo los carriles contrarios según se acercaban las curvas. Se dio el placer de observar la, entonces, atrayente y extraña vegetación que parecía querer engullir el camino, y que en la siguiente curva engulló su coche, que pasó a parecer un lamentable acordeón gris entre aquellos dos troncos.


¿Norte o sur? ¿Izquierda o derecha? El gps había dado un par de pitidos agónicos antes de que el mapa de carreteras fuera absorbido por un punto de luz, único testimonio de que la tecnología había llegado a aquellos parajes. No obstante, no era bien recibida.


Camino por delante y camino por detrás. Mientras conducía no tuvo la feliz idea de fijarse en algún detalle que ahora, a pié, le indicara qué dirección era la correcta. Tomaría la derecha. En el supuesto caso de que estuviera tomando la correcta, la que le llevaría de vuelta al hostal, lo estaría haciendo bien. Derecha y siempre derecha, esa decían que era la forma de salir de los laberintos, girando siempre en la misma dirección.


Dos horas después: noche profunda. Más frío y las comisuras de la boca azulada, cubiertas de leve escarcha. Ninguna luz a exceptuar la de su teléfono móvil sin cobertura, que pitaba reclamando su cable de corriente y para después, regalarse una relajada recarga de varias horas. Al girar una vez más a la derecha, luz. Una ventana pequeña a sólo unos metros, y según se aproximaba, un olor ácido, que le traía algo al lugar de su cerebro que todavía recordaba la infancia, y aquellos aromas de la escuela, pero que no era capaz de identificar ese.


Corrió los últimos metros y se lanzó contra la puerta que no opuso más resistencia de la estrictamente necesaria, abriéndose para mostrar en el interior a Taylor que, sentado en su silla favorita junto al hogar, afilaba con desesperante calma un pequeño cuchillo pasándolo una y otra vez por la piedra sobre su muslo.


– ¿Puedes ayudarme?– Se deslizó al interior buscando acercar las manos al fuego.


Taylor se precipitó sobre la visitante y la lanzó contra la mesa de un golpe.


Cuando despertó seguía reinando la oscuridad. Tardó segundos en darse cuenta de que sus manos habían sido atadas. Apoyándose en ellas rodó por la cama hasta que logró ponerse en pié. Era como si un cuchillo se le clavara en lo más profundo a cada paso que le acercaba a la puerta.


Vio como se abría antes de sentir un fuerte golpe que la lanzaba de nuevo a la cama.


– Pobre niña perdida. – Taylor jugueteaba con aquel ridículo cuchillo mientras ella se afanaba en volver a incorporarse. – No tendrías que haberte adentrado sola en el bosque...

– ¿Qué estás diciendo? – Preguntó la señorita Nsondo.

A tu precioso culito de ébano le quedan tres días…


Por Miriam Alonso

2 comentarios:

Asuncion Macian Ruiz/Medusa dijo...

Oy oy oy qué brutico es mi Taylor!
Tres días mari, me gusta mucho este.
Esta noche te cuento mi sueño maloso T_T

Pandora_cc dijo...

Yo sé de una que tendrá que perder la paciencia un par de veces para lidiar con semejante bestia parda...