martes, 1 de febrero de 2011

Cuento número 21. Nadine y las muñecas


Aquel vestido era tan bonito, tan perfecto…

La seda blanca envolvía la figura del maniquí, cayendo con tanta gracia, como la de la nata que resbalaba por las fresas de la merienda. Su amiga y Nadine se acercaron al escaparate apoyando las manos en el vidrio. Sólo unos meses antes, realizaban esta misma operación en la tienda de al lado, la pastelería. Pero se habían convertido en señoritas, ahora los vestidos, los complementos y las joyas, se volvían artículos de primera necesidad.

- ¡Qué vestido tan bonito!
- Sí. – Respondió Nadine sonriente. – Le diré a mi padre que me lo compre.
- A mí también me gusta...
- Ah, bueno, haz lo que quieras. – Respondió ella girándole el rostro, orgullosa. – De todas formas, yo ya tengo un vestido para la fiesta de la señora Pool, y ese es blanco. No me gustan los vestidos blancos.
- ¡Pero si hace un momento te gustaba! – Repuso su amiga con tristeza.
- Pues ahora no. - Dijo la niña apretando los dientes.

Su amiga era tonta. Siempre quería lo que a ella le gustaba. Seguramente el maravilloso vestido blanco, que ella había visto primero, acabaría por comprárselo la tonta esa, con sus pecas absurdas, que no era ni la mitad de guapa que ella.

Llegó a casa y, tras avisar de que no cenaría esa noche, subió a su dormitorio. Miró alrededor deteniéndose a observar el estante donde reposaban sus antiguas compañeras de juego, las de porcelana. Nunca volvería a jugar con ellas. Puede que cepillara el cabello de la morena de vestido rojo, pero por nada del mundo haría lo mismo a la pelirroja de ojos verdes, que lucía sonriente un vestidito níveo. Esa era la favorita de su amiga.

Se acercó a la estantería agarrando a la muñeca por el brazo y se detuvo a observarla. Era bonita. Debido al parecido que tenía con la tonta esa, siempre la elegía para jugar. Con rabia, lanzó la muñeca al suelo, viendo como se rompían cabeza, manos y piernas, en mil pedazos. El vestido, entonces, no era tan bonito. El cuello de encaje se quedaba huérfano, y las chorreras colgantes. Los zapatos, también blancos, seguían guardando los pies supervivientes a su ataque de rabia. Sin pensárselo dos veces, aplastó las partes que permanecieron unidas al tronco, convirtiendo a la muñeca en un montón de trocitos de porcelana informes.

Salió triunfal de la habitación. De pronto había recuperado el apetito. Bajó al salón comedor excusando el ruido que se produjo en su dormitorio. La muñeca con la que jugaba su amiga se había caído de la estantería, y se le había roto. Se fingió triste ante su padre, que le acarició la cabeza, mientras ordenaba que le llevaran algo de cena.

Regresando del colegio, al día siguiente, volvieron a pasar cerca de la tienda. Nadine no se dignó a mirar el escaparate. La boutique céntrica, había perdido todo el interés que le despertaba antes. Era arrabalera y vulgar.

- Jamás volveré a entrar ahí. – Declaró riendo, mientras su amiga la miraba incrédula.

Su padre le saludó desde el despacho, frente a su dormitorio, parecía contento.

Estaba probándose el vestido rojo para la fiesta, antes de la cena cuando, reflejada en el espejo, le pareció ver a la muñeca pelirroja en el estante. Se volvió bruscamente hacia allí para descubrir, angustiada, que sus ojos no le mentían. Estaba donde siempre, con su peinado perfecto, y su vestido brillante, nuevo, limpio, junto a la fea y ajada muñeca morena.

Nadine salió de su habitación hecha una furia, y fue al despacho de su padre. No podía dejar de pensar en la pareja de porcelana, y sentir rabia.

- Sé que ya te sientes mayor, pero la vi y me pareció tan bonita, que pensé que te gustaría… ¿Oh Nadine, pero por qué lloras ahora?


Por Miriam Alonso

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