miércoles, 2 de febrero de 2011

Cuento número 22. Andros y la diplomacia


¿Realmente serían tan sabrosas esas enormes magdalenas?

El aroma dulce de la fábrica se hacía quedado impregnado en su ropa. Incluso el aliento le olía a azúcar. El chico engullía dulces sin cesar, mientras Andros le observaba en silencio. No estaba mal, para variar, tomar algo meloso. Normalmente, a aquellas horas, la comida ya tenía una chispa de alcohol alegrándole la sangre. Pero ese chico olía a leche, que se mezclaría en su estómago con la bollería.

- ¿Quieres una? – Preguntó dejando la caja en la mesilla del teléfono para expolsarse las migas que le quedaron agarradas al jersey.
- No, gracias. Soy muy selectivo con lo que me meto en la boca.

El chico levantó los hombros en un gesto de incomprensión y, acomodándose, dirigió su atención a Andros, que ansiaba conversar con él desde meses atrás. Se habían conocido en Internet, el chico le pareció interesante casi al instante. Su percepción de la realidad era admirable, también la que tenía respecto a la psicología y la política. Al momento se sintió tentado de invitarle a compartir una noche, pero decidió esperar a que fuera él quien lo propusiera, y no había errado. El humano le invitó a visitarle. No tenía ni una leve sospecha de que Andros pensaba cómo llevarse su esencia a casa.

- ¿Viste el informativo de ayer noche? La verdad es que creo que lo único que van a conseguir con la jodida ley esa, es que la gente empiece a descargar como si no hubiera mañana. Y la responsable, bueno, esa tendrá que dimitir o la cosa acabará muy mal.
- Sí, el tema es peliagudo…
- A veces creo que este país siempre lo han dirigido monos. No sé en qué piensan… ¿Qué va a ser lo siguiente? ¿Decir que el terrorismo internacional es culpa de internet? ¡Vamos, lo que faltaba! Si yo fuera político las cosas serían muy distintas. Para empezar haría una ley en la que se hiciera constar claramente qué es legal y qué no. La gente piensa que puede ir a la cárcel por ver una película, ¿ves eso justo? Si yo pudiera, les daría unas cuantas collejas, por no decir otra cosa, a los capullos que denuncian a la gente por poner música en las bodas. Hace poco estos mismos multaron a un peluquero por tener la radio encendida en el trabajo, ¿crees que hay derecho? Pero es que eso no es lo peor…

El chico continuó hablando durante minutos azucarados en los que Andros se esforzaba por comprender qué diablos estaba diciendo. Pese a sus conocimientos no lograba seguirle. Hablaba demasiado rápido… Olía tan bien…

- …Y van y lo llevan a juicio. ¿Cuánta gente se puede permitir pagar ese dinero por un software? Que las cosas están mal, no dejan de repetirnos que la mierda nos llega a los tobillos, sin embargo quieren hacernos pagar hasta por respirar. ¿Sabías que han patentado el flujo de corriente eléctrica que puede llegar a atravesar el cuerpo humano? O sea, que si te electrocutas, encima, pagarás una multa… ¿Te estoy aburriendo?...

Andros recordaba la India. Aquel viaje maravilloso, aquellos aromas embriagadores del mercado de especias donde, pese a la condensación, ningún elemento sobraba. Jamás había olido algo similar en ningún otro lugar. Europa olía bien, África era un paraíso para los sentidos, América tenía su encanto, el continente donde más disfrutó fue…

- ¿Andros?
- ¡Sí! Disculpa, he tenido un día duro. – Insufriblemente doloroso, cargante, pesado. Erró con el chico. Al otro lado de la pantalla le caía en gracia, pero teniéndolo ahí delante viendo como su lengua inquieta, no dejaba de cabriolear, devorando una magdalena tras otra, proyectando migas diminutas que salpicaban por doquier, no lo soportaba.
- No pasa nada. Te decía que si yo fuera uno de ellos, enfrentaría el tema del producto interior con…
- Si tú fueras listo, - dijo Andros clavándole una vía en la aorta, dando por zanjada la conversación, con la diplomacia propia de los suyos – dejarías de hablar mientras te desangro.

Por Miriam Alonso

No hay comentarios: