jueves, 3 de febrero de 2011

Cuento número 23. Romeo y el balcón


- Oh Romeo, ¿por qué eres tú, Romeo?
- ¿Quién pensabas que era? ¿Tu marido?
- Niega a tu padre y rehúsa tu nombre; o, si no quieres, júrame tan sólo que me amas, y dejaré yo de ser una Capuleto…
- Juraría que eras una Bellino, pero si insistes…
- ¡Eres incorregible! – Exclamó la mujer lanzándole la bota de satén.

Romeo continuaba junto a la ventana. En pleno carnaval las visitas se hacían difíciles, los ojos cubiertos por antifaces se multiplicaban. Aquella noche le costó trepar, pese a que ya estaba acostumbrándose a la rutina a seguir para llegar al lecho de Silvana, que ajena a la fiesta a la que acababa de asistir en casa de sus sobrinas, le esperaba tendida trágicamente. Sollozaba lo rudo de su Romeo, en comparación con el de Julieta.

- No me amas, estoy convencida de ello.
- No sabes cuánto te equivocas. – Protestó él pese a que Silvana estuviera en lo cierto. No era hermosa, no era joven, tampoco muy lista. De haberlo sido, se habría percatado tiempo atrás de que sus alhajas iban desapareciendo tras cada visita.
- ¿Me amas?
- Por supuesto que sí, si no lo hiciera ¿crees que me arriesgaría a trepar hasta tu balcón, bella Silvana?

Se arrojaba a sus brazos para cubrir el cuerpo joven y fuerte de Romeo, con besos húmedos en exceso, que éste recibía con una sonrisa o con una mueca. Silvana, la eterna enamorada, no tenía ojos más que para él. En un par de ocasiones estuvo a punto de abandonar a su esposo para escapar con su amante. Pero Romeo le quitó la idea de la cabeza; si el tercero en discordia desaparecía, con él se irían el oro y los diamantes.

- Haces que me estremezca sólo con una caricia, mi Romeo.
- Tú también me estremeces. – Repuso él sin prestarle demasiada atención. No localizaba el joyero de Silvana fuente de su manutención. – Amor mío, noto algo distinto en tu alcoba…

No sólo había desaparecido el joyero, también lo hicieron un par de cuadros y el magnífico candelabro. Quedaban pocos vestidos colgando en el armario y el secretaire estaba abierto. Romeo, acercándose al mueble, ojeó el sello y olió a lacre recién quemado.

- Lo hice. Al fin le he dejado. ¡Ya somos libres, amor mío!
- ¿Qué? – Replicó Romeo atónito, sintiendo como sus brazos fofos le rodeaban el pecho, y aquella boca de nuevo, besándole los hombros.
- Sé que le tienes miedo, pero…
- ¡Eres una vieja chiflada!
- Pero Romeo…
- ¿Realmente piensas que te amo? ¡Amo tu dinero estúpida! Y ahora no tienes nada, no tienes donde caerte muerta.
- Pero Romeo…
- Olvídame Silvana – dijo sacando ya una pierna por la ventana – todo fue falso. ¡Maldita… Maldita seas!

Alcanzó a tomar la última barca de la noche. No podía creer que todo el trabajo de aquellos dos años se hubiera ido al garete por culpa de la vieja. Casi se había decidido a comprarle el palazzo. Y él casi se había acostumbrado a su voz de soprano y a compartir lecho. A boicotear las insufribles historias de amor que le contaba. Casi había imaginado que ella sería su bienhechora. ¿Y ahora? No tenía más que un par de baratijas y una ruinosa habitación en la que esperar al hambre.

Escuchó un disparo lejano acallado por el ruido del carnaval.

- Labios, sellad con un beso un trato perpetuo con la muerte... – Dijo ante la mirada perpleja del barquero.



Por Miriam Alonso

2 comentarios:

ginesvera dijo...

Me ha parecido sublime. Francamente bueno. Espero que sepan apreciarlo cuando te lean y te dejen sus comentarios. No quiero desmerecer a los otros relatos pero éste en concreto se sale. Me hubiera gustado escribirlo a mi. Enhorabuena.

Pandora_cc dijo...

Creo que exageras. Me alegra que te guste.