lunes, 28 de febrero de 2011

Entrevista a Sixto Saiz V.I.P.



Todos tenemos algo que contar. A la mayoría nos viene a la boca una sonrisa, que de mano de un recuerdo, nos visita en el momento más inesperado. Seguimos vivos, y continuamos gestando vida cuando tenemos presentes hechos pasados, personas que partieron antes que nosotros, ensoñaciones de antaño, cuando hacemos que amigos y no tan amigos vuelvan para compartir nuevamente esos momentos especiales, ese brindis o esa despedida.




Sixto Saiz tiene a muchos por los que sonreír, y a tantos otros por los que no hacerlo. Por mi parte, tengo la suerte de poder conocer a algunas de esas personas que le vienen al recuerdo cuando, cada mañana, sentado al otro lado de la mesa, viene a regalarme su compañía y la sabiduría que 94 años en el mundo, le pueden brindar a una persona.




Sixto es el abuelo de Jorge, mi jefe, hijo de Tomás. Además es el padre de otras tres mujeres, el abuelo de cantidad de nietos, el bisabuelo de pocos, y un abuelo adoptivo para mí. Vais a tener el honor de conocerlo, igual que lo tuve yo, y como me ocurrió entonces, estoy segura de que estos pocos retales de su vida os van a fascinar tanto como a nosotros, que tenemos el placer de su compañía.




M- ¿Empezamos?


S- Empezamos.


M- ¿En qué año naciste, Sixto?


S- Nací el 28 de marzo de 1917, en San Martín de Boniches, provincia de Cuenca.


M- Cuéntame la primera cosa que te marcó.


S- La novia (ríe). Yo tenía 17 años, y estuvimos juntos cuatro.


M- ¿Y no cuajó la cosa?


S- No, porque el padre de ella no me quería. Es que yo era pobre y de izquierdas, y ellos eran ricos y de derechas (ríe). Éramos parientes lejanos y el padre sabía que yo era buena gente, pero ni aún así. Me acuerdo que iba a escondidas a acompañarla a casa, porque si nos veían luego le pegaban… Me cago en…


M- Y al poco te mandaron fuera además… ¿En qué año fuiste a la guerra?


S- En 1937, me mandaron en septiembre. Me llegó un aviso del ayuntamiento que mandaba a los de mi quinta a la casa de reclutas de Cuenca. Y de allí a Almería a hacer un mes de instrucción en un pueblecico, Alcazar de Venus. Estuvimos durmiendo en una iglesia un par de días, pero nada, enseguida nos mandaron a trincheras.


M- Cuéntame alguna anécdota de la guerra.


S- Uff… Si tengo que contarlo todo… (ríe) Mira, la primera noche que pasamos allí, el centinela gritó “que viene el enemigo” y claro, todos fuimos corriendo a las trincheras, pero como al rato no venía nadie, el sargento fue al puesto de guardia y se dio cuenta de que el ruído lo habían hecho unas cabras que había por ahí (ríe) y castigó al centinela (ríe) lo tuvo toda la noche haciendo guardia…


M- Pobrecico… Eso seguro que lo hizo el miedo.


S- Claro… Al poco el sargento me propuso como enlace (persona que lleva las órdenes del capitán a las trincheras), había un río y nosotros íbamos por la orilla, por la otra estaban los fascistas, y en estas estábamos andando hacia los puestos de los centinelas cuando al otro lado del río nos dijeron “¡Agachaos rojos, que os veo!”.


M- ¿Y qué hicisteis?


S- Pues agacharnos (ríe). Nos podían haber matado allí, pero mira, no lo hicieron…


M- Ya… Cada vez que me cuentas eso, recuerdo lo del sargento y el teniente.


S- Eso no se puede olvidar. Me acababan de cambiar de capitán. Me habían puesto un caballo para mí y todo. Una tarde estábamos el teniente, el sargento, el capitán, yo y un par más, cuando de pronto el teniente sacó una pistola y se quedó apuntando al sargento. El capitán que no lo había visto siguió a la suya, pero el sargento gritó “¡Mi capitán, que me mata el teniente!” y al decir esto, el teniente echó a correr para escaparse con los fascistas. Pero no llegó muy lejos, porque lo mató el capitán.


M- Pero esa no es la vez que corriste más peligro, ¿verdad?


S- No. Yo creo que fue cuando tuvimos que manipular granadas. Un teniente se fue al bando de los fascistas para avisarles de que íbamos a ir a por ellos, así que tuvimos que tomar posiciones.


M- Eso es raro, ¿no?


S- Sí, no sé qué fue de él… Pero el caso es que estuvimos toda la noche preparados. Y estaban los fascistas al otro lado diciéndonos “Rojos, que os esperamos” así toda la noche…


M- Que desagradable, no quiero ni imaginarlo. ¿Tardaron mucho en retirarse?


S- No, se fueron al poco, se fueron a Extremadura, que allí hubo unos combates increíbles.


M- Pocas ganas te quedarían entonces para tocar la guitarra.


S- Muy pocas. Y eso que la toco desde los 12 años, que me enseñó un ciego. Teníamos una rondalla de 14 chavales, con bandurrias, violines y guitarras. Tocábamos en el baile, de gratis, y luego cuando vinieron los tiempos mejores, lo tocábamos pagando. Cobrábamos cinco duros y los repartíamos. Mi mejor amigo era el que tocaba el violín, y lo siguió tocando hasta que ya no pudo el hombre.


M- Pero tu sigues tocándola ¿no?


S- Sí. Hace nada le hice el acompañamiento a Tomás, él al acordeón y yo a la guitarra.


M-¡Ole!


S- (ríe)


M- Bueno, ahora cuéntame la vuelta a casa, cuando acabó la guerra.


S- Pues volví el 20 de mayo de 1939. Hasta Cuenca fui en tren, y luego hasta el pueblo en camión. Me contaron que esa tarde estaba diciendo mi madre que si volviera yo a casa, haría magdalenas (ríe).


M- ¿Y te las hicieron?


S- Vaya que sí, y choricicos (ríe). Madre mía… Me acuerdo de que quería yo quemar la ropa que traía porque estaba llena de piojos que había cogido en la fábrica de azúcar, pero que estaba vacía porque nos tenían allí encerrados. Y entonces tampoco teníamos aún tabaco…


M- Huy, qué mal…


S- Claro, nosotros teníamos el papel, y los fascistas tenían el tabaco (ríe) entonces teníamos que hacer trueques. Subía uno de los nuestros y uno de ellos a un llano y se cambiaban las cosas. Una vez nos dijo un sargento que abriéramos fuego, pero nosotros le dijimos que no, que allí estaba uno nuestro.


M- ¿Y qué pasó?


S- Pues imagínatelo (ríe)


M- Bueno, y estando ya en el pueblo ¿qué hiciste?


S- Pues trabajar en la resina.


M- ¿Cómo se saca la resina?


S- Pues se lleva un hacha que se llama gubia porque tiene forma curva, y se hace una canalilla en la madera, ahí clavas una chapa. A un pino se le puede quitar la resina durante cinco años. Luego la recoges de la chapa poniendo un clavo en el fondo.


M- ¿Cuántas veces se hacía eso?


S- Una vez por semana.


M- Jolín… ¿Y cuántos pinos te hacías al día?


S- Una vez conté mil.


M- Vaya… ¡Qué velocidad!


S- (ríe)


M- Bueno, entonces estabas tan ricamente sacando resina de tus pinos, ¿hasta cuándo te duró la alegría?


S- Hasta que me llegó una carta donde me llamaban para hacer la mili (ríe). Fuimos primero a Cuenca y luego a Cáceres. Un día vino el sargento diciendo que los que cumplían años antes del 30 de marzo podían ser licenciados, así que el día de Noche Buena, me la dieron y me pude ir a casa. Pero a los 22 meses me volvieron a llamar para que fuera a Madrid.


M- Vaya por Dios…


S- Sí, y a los seis meses me volvieron a licenciar porque me incorporé a filas antes de mayo del año 40, y me dieron los 22 meses como si hubiera estado de permiso (ríe).


M- Menos mal. Ya pudiste volver de nuevo al pueblo. ¿Qué hacías entonces?


S- Seguí con la resina, cortaba pinos, labraba… Hacía el trabajo típico del pueblo.


M- Bueno, y ¿cuándo conociste a tu mujer?


S- (ríe) Pues tocando en el baile del pueblo. También la había dejado el novio ¿sabes? (ríe) Mi amigo, que también tocaba la guitarra me dijo: “Sixto, que a la Prudencia la ha dejado el novio” y yo le dije “pues toca tu esta pieza, que yo voy a por ella”. Y así lo hice , hasta que me hice con ella (ríe).


M- ¿Cuánto tiempo estuvisteis de novios?


S- Tres meses. Nos casamos en 1942. El día de la boda hubo un acordeonista y le hicimos un pasacalles (ríe) le montamos en un burro y le hicimos ir por todo el pueblo (ríe).


M- ¿Y cuándo se hizo grande la familia?


S- Al año, tuvimos a la primera hija, y a los dos años a la otra. Prudencia dejó de trabajar al casarse, no quise que siguiera con el campo ni con nada, que ya tenía ella bastante con las crías y el ganchillo.


M- ¿Cuándo llegó Tomás?


S- A los cuatro años. Me fui yo al molino a llevar un costal de trigo y cuando volví ya había nacido. Me dijo la comadrona que este no necesitaba las castañuelas, que las llevaba puestas (ríe). Nació un martes 13, y por eso le gusta jugar al 13 en la lotería (ríe). Tres años después tuvimos a la pequeña.


M- Entonces ya eran los 50. ¿Cómo fueron? ¿Cómo lo pasabais?


S- Muy bien. Empezaron a instalar las centrales de teléfono. Yo eché solicitud y me la aprobaron. Sólo teníamos el teléfono de mi casa en el pueblo. Y también la primera radio, que la trajeron de Camporrobles, fue la de mi casa.


M- ¿Y cómo decidís venir a Valencia?


S- Pues porque mis hijas vinieron a servir, y fueron ellas mismas las que compraron la casa en el 64 para que viniéramos nosotros.


M- ¿A qué te dedicaste entonces?


S- A la carpintería. Estuve 12 años trabajando en Godella. Lo que más me gustaba hacer eran las persianas. Además, allí trabajé con otro de Cuenca con el que tengo muchas cosas en común (ríe)


M- ¿El señor aquel que vino el otro día?


S- Ese, ese.


M- ¿En qué te entretenías, además de trabajando?


S- En el cine. Me gusta mucho el cine. Me acuerdo de una película “Juicio de faldas” de Manolo Escobar. Me gustó tanto que cuando vino mi hermano de visita, me lo llevé para que la viera. La buscaré y la veré.


M- ¿En qué año te jubilaste?


S- En el 77. Volvimos al pueblo. Y entonces sí que lo pasamos bien (ríe). Yo en mi huertecito y mi mujer con su ganchillo. Así pasábamos los días, y los años.


M- ¿Ese es el huerto de los manzanos?


S- Sí. Tenía seis, muy hermosos, de reineta. Pero había uno que… Ay que manzanas que echaba más gordas… (ríe).


M- Pero no sólo cuidabas del huerto, ¿qué más hacías?


S- Pues me presenté a las elecciones, pero no salí como alcalde. Fui también presidente del club de jubilados. Me daban una subvención de cien mil pesetas para darlas como premio a los que jugaban a las cartas. El primer año las di, pero el segundo ya no. Compré regalos para todos los socios, y así jugábamos todos y ganábamos todos. Con la subvención que me daban agosto, organizaba una comida y les decía a los socios que si venía el inspector, dijeran que había dado los premios en juegos y ya (ríe).


M- Seguro que les aprovechaba más.


S- Hombre… Estaban todos de acuerdo. No querían que me fuera de la presidencia, pero lo hice a los seis años, que me tenían ya aburrido (ríe).


M- ¿En esa época fue cuando hacíais las cenas en que comíais sobre las tejas?


S- Sí, en la Menglana, pero esas no eran de los jubilados, esas las hacía con mi Tomás. Asábamos la carne en una teja y luego nos la comíamos también en una teja, pero esta estaba rota. Es que éramos cuatro para comer (ríe)


M- Que guay Sixto. ¡Qué divertido!


S- Sí, además el sitio es muy bonito. Hay una fuente que tiene el grifo en un pino (ríe)


M- ¿Entonces ya eras concejal?


S- Sí, más o menos fue por la época. Me presenté a las elecciones y salí.


M- ¿Por qué partido?


S- Por el PSOE. Pero sólo estuve un año… Todas las noches tenían que hacer junta, y el alcalde no arreglaba nada. Una vez que se lo recriminé, le dije que hacíamos más reuniones que el gobierno, y no arreglábamos nada. Y va el tío y me dice que se harían las que fueran menester, y que si hacía falta nos traeríamos la cama.


M- Huy… Qué humos…


S- Pues eso, yo le dije que la cama se la iba a traer su padre (ríe). Al día siguiente fui a Cuenca para que me redactaran la dimisión y cuando se la llevé al alcalde le dije “hasta mañana” y me fui (ríe). Luego querían que me presentara yo para alcalde, pero ya no quise.


M- Normal… ¿Cómo se viven 20 años a caballo entre Cuenca y Valencia?


S- Bien. Veníamos aquí en invierno, y el resto del año estábamos allí. Nos entreteníamos. Dábamos paseos, recogíamos plantas para hacer infusiones, que a mi señora le encantaban, hacíamos nuestras cosas, yo cazaba…


M- ¿Te comías lo que cazabas?


S- Hombre, pues claro. Está poco rica la liebre (ríe)


M- ¿Cuál es tu plato favorito, Sixto?


S- Los gazpachos manchegos. Mi mujer no sabía hacerlos, ni mis hijos. Aún el otro día se los preparé (ríe)


M- Mmm… que rico.


S- Sí…


M- ¿Cuando dejó todo de ser perfecto?


S- Cuando murió mi mujer, en el 2005. Cuando ella faltó, ya vine a vivir a Valencia. Estoy un mes con cada hijo. Este mes de marzo me toca ir a Manises. El mes que viene vuelvo a estar aquí.


M- Me alegro. ¿En qué te entretienes ahora, Sixto?


S- En muchas cosas, ya sabes. Me doy mis paseos, leo, escribo, por las mañanas veo la ruleta y por las tardes pasapalabra, echo el rato por ahí tomando el sol, o vengo aquí a tomarme el cortado contigo, para no perder la costumbre.


M- ¿Cómo te planteas ahora las cosas? ¿Qué echas en falta de aquellos tiempos?


S- Pues echo en falta mucho de entonces. Pero hay otras cosas que no. Por ejemplo, ahora todo es mejor en lo que se refiere al trabajo, por mucha crisis que digan, pero con mucha gente no se puede ni hablar.


M- No, hay algunos con los que no vale la pena ni intentarlo.


S- A mí no me gustan las alcahuetas, nada. Por eso tampoco veo casi la televisión. Nada de lo que ponen en la 5 me gusta salvo el pasapalabra, porque por el resto sólo hacen que poner faltas a la gente.


M- Sixto ¿qué sobró y qué faltó en tu vida?


S- Me faltaron estudios, porque si los hubiera tenido no tendría que haber trabajado tanto. Y me sobraron las malas costumbres de algunos.


M- Dime cuál ha sido el momento más feliz y el más triste que has vivido.


S- El más feliz fue el día que volví de la guerra. El más triste fue cuando falleció mi mujer.


M- Si tuvieras que volver a vivir un año de tantos, ¿cuál sería?


S- El 1977, cuando me jubilé (ríe).


M- Dime algo para olvidar.


S- El momento en que me salieron unos guardias civiles en un camino y me dijeron que si daba cuenta de que los había visto, me mataban.


M- Ahora dime algo que te haga feliz.


S- Que todos mis hijos estén bien. ¿Qué más puedo pedir?





Muchas mañanas, antes de venir a verme a la tienda, le podéis encontrar tomando el sol en el parque o en un banco charlando con los amigos, cada vez más escasos. Emocionándose con esas historias que también ellos vivieron y que comparten, en ocasiones, con nostalgia. Pero no os descuidéis, que igual que se le puede ver con el garrote en las manos, se le puede encontrar con una novela, haciendo sopas de letras, ayudando a descargar material de la tienda, echando una mano en lo que se pueda, y si los jóvenes no saben, arreglando mandos de la televisión.




En ocasiones, desde nuestra pequeña pecera, miramos al mundo a través del escaparate, y mientras él le da vueltas a su cortado y yo a mi té, nos preguntamos qué le pasa al mundo. Porque por muy mayores que seamos, o muy jóvenes, para todos hay cosas incomprensibles, buenas y malas, que comentamos en la tienda, sin más ánimo que el de pasar un rato juntos.




Desde aquí, quiero mandarle un mensaje, sé que lo leerá:




Muchas gracias Sixto, porque además de haberme regalado la oportunidad de formar parte de tu vida y haberme tratado como a una más de la casa, eres para mí uno de los más fieles compañeros, y te has convertido, además de en un gran amigo, en mi abuelo honorífico.




Muchos besos de tu nieta postiza.

8 comentarios:

ginesvera dijo...

He tenido la suerte de conocer a Sisto, de hablar con él aunque gracias a tí ahora he aprendido muchas más cosas. Un hombre extraordinario y que además es aries como yo.
Gracias por compartir esta entrevista con todos nosotros y un saludo a tu abuelo adoptivo de Ginés.

Asuncion Macian Ruiz/Medusa dijo...

La familia es un accidente, al resto de tus familiares los encuentras en el andar del camino.
Sixto es encantador, y esta entrevista me ha emocionado, mucho, tanto su testimonio como tus matices.
Chapó!

ShiroDani dijo...

No te voy a elogiar, pues todos los que lo lean lo harán. Tan solo te diré que, dentro de tres horas voy a recoger a mi madre que tiene 92 años, pues vive en mi casa desde el 1 hasta el 16; viviendo en casa de mi hermana el resto. Que hasta hace dos meses estaba como Xisto. Paseaba colaboraba en casa e incluso hacia ganchillo.
Ahora se agota con solo dar dos pasos y debe llevar siempre oxigeno las 24 horas.
En mi caso, como dice Asunción, la familia ha sido un accidente. Y la mas perjudicada ha sido ella, lógicamente después nosotros.
Sé lo que significara para Sixto este detalle, lo que haces diariamente y sé lo que es sentir a una persona mayor, saborear sus historias, escuchar sus quejas repetidamente, como si te las contaran la primera vez poniendo cara de admiración. Sé la ternura que una persona debe tener dentro de su corazón para hacer lo que tú has hecho y para ser lo que tú eres para el.
Felicidades en primer lugar a Xisto por lo bien que esta, también por tener una "Nieta" como tu. Y a ti, por tu sensibilidad y amabilidad. Por tu exquisita forma de contar las cosas. Felicidades.

Pandora_cc dijo...

Hola Ginés.
Nunca se dejan de aprender cosas de él. El mes que viene le saludaré de tu parte.
Un beso!!

Pandora_cc dijo...

Hola nena!
Cierto eso de que nos los vamos encontrando por el camino, para muestra un botón. Lofiu pearl.

Pandora_cc dijo...

Hola ShiroDani. Me ha emocionado tu comentario, ha sido precioso. El mejor elogio sin elogiar.
Muchas gracias por leerla. Lo saboreo como bien dices, y me encanta hacerlo, me encanta escucharle. Un fuerte abrazo a tu madre y otro enorme para ti.

Aurora dijo...

Muy buena la entrevista.
Cuántas cosas q aprender de gente, a la q la vida ha enseñado tanto.
Qué gusto charlar con personas de esa edad, a las q por suerte, aún no les falta salud y, la memoria les responde así de bien.
Me encantaría conocer a Sixto, dale un beso de mi parte, sigue disfrutando de su sabiduría y de sus vivencias, eres afortunada. Gracias por compartirlo.
Un abrazo, feliz jueves.

Pandora_cc dijo...

Así lo haré. Un saludo y muchas gracias.
Feliz viernes