sábado, 26 de marzo de 2011

Soledad Puertolas. La rosa de plata.


Previo a la publicación de la reseña, he de decir algo, y es que ésta en concreto lleva escrita unas dos semanas. ¿Por qué no se ha publicado antes? Buena pregunta con una sencilla respuesta: FALLAS.

Los que no las hayáis visitado, ánimo, adelante, seguro que os "ponen palotes". Pero para los que vivimos aquí, tenemos un casal fallero frente a casa (y no participamos en la fiesta al modo "falleros powerful", es decir, no pagamos una cuota altísima para poder sitiarnos en las inmensas carpas que cortan las calles haciéndole un poco más complicada la vida a los demás, emborracharnos hasta la madrugada, escuchar los éxitos de los últimos 20 años con un volumen vergonzoso, hasta las 5 ó 6 de la mañana, y aderezar todo esto con explosiones que te hacen saltar de la cama acordándote de la cheperudeta), las fallas no tienen tanto encanto. Dejan de ser cosas bonitas, se empaña la tradición, y paran a ser observadas por los habitantes de éste, nuestro reino del murciélago, con miradas cargadas de intención y ansia incendiaria.

El caso es que iba a modificiarla para eliminar toda la carga fallera que tiene, pero he decidido no hacerlo, ya que perdería su esencia, su chispa. Aquí os la dejo.
Un saludo a todos!


Dejando de lado a los falleros con su fiesta pagana (que suena ahora mismo, por cierto). Tomé el libro de Soledad Puertolas con una ceja levantada, ceja premonitoria que viene a indicar que me sería difícil adquirir cierto nivel de concentración.
Pero no. Sorprendida me hayo. Olvido completamente (Ponte en pié alza el puño y veeeeeen) a los falleros para paladear el final de esta historia deliciosa.
Siete princesas, todas encerradas por mandato del hada Morgana (me extrañó esta mención de hada, yo la tenía por bruja... ¡Bien por Soledad!) aguardando la liberación. Siete caballeros encargados de hacerlo. Todos ellos corriendo aventuras muy muy curiosas sólo para recorrer el camino hasta el castillo de la raptora, luego.... Y mientras tanto las princesas, cada una con su don o maldición, aprendiéndose las unas de las otras, compartiéndose.
Merlín, Arturo, Ginebra y Lancelote también tienen su lugar dentro de esta historia, pero como secundarios de espíritu ambulante. Todos los personajes tienen su miga; los caballeros dando lecciones morales (aún cuando la moralidad de algunos queda muy en entredicho), las insuperables princesas, los secundarios (dejando de lado a los famosos cuatro ya citados) que podrían haber sido perfectamente principales, haciéndome sonreír... Pero lo que más me ha gustado de este libro no es el ingenioso modo con que está escrito, no es el estilo de Soledad Puertolas, no es el saborcillo a leyenda artúrica, tampoco su habilidad para enredar al lector en la historia. No. Es que está narrado con sabor a cuento, a cuento bonito, de los que nos contaban de niños (aléjese el pensamiento de Chéjov, en lo que a esta reseña se refiere).
Hacía tiempo que no acababa de leer un libro y suspiraba complacida, soñando, transportada a un lugar mágico por excelencia como es Camelot.
Sólo me queda agradecer a Ginés Vera el maravilloso regalo que divisó hace un par de meses enterrado bajo una pila de libros, en un mercado. Te lo agradezco :D
Se vuelve a confirmar la teoría que dice que no siempre lo más caro, lo que más nos cuesta conseguir, nos hace más felices.

Miriam Alonso

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