viernes, 7 de octubre de 2011

Cuento número 32. Bobby del lago.




Buenas noches.
Llevaba mucho tiempo sin publicar uno de mis textos, así que he aprovechado el chute inspiracional del cielo oscuro y las estrellas, para hacerlo.
Esta noche de viernes, os traigo un cuento bastante especial, nacido de una sugerencia de mi apreciadísimo Ginés Vera (véase entrada anterior a esta). Espero que lo disfrutéis.




Cuando era pequeña me asustaban las tormentas. A día de hoy, con unos cuantos años más, me siguen asustando. No se trata del fenómeno en sí, lo que me incomoda es la sensación que generan. Mientras las calles se vacían con las primeras gotas, las nubes amenazan con devorar cuanto haya a su paso. Los que pueden se refugian en casa, a salvo de todo excepto del sonido del agua golpeando furiosamente cristales y barandas, como queriendo dejar constancia de lo extraño que ocurre fuera. Eso es lo que no me gusta de las tormentas, no se sabe cuándo reinará de nuevo la calma.

Por ese motivo, al ver que el cielo se vuelve oscuro y amenazador, empiezo mi ritual. Agarro el libro que duerme en la mesita, y tras meterme en la cama cubriéndome las piernas, busco al caballero Lanzarote de mi dormitorio. Su nombre es Bobby, el valiente perrito con corbata que abracé cada noche durante mucho tiempo. Con los años Bobby se ha ganado la jubilación, y salvo en los momentos en que el exterior se convierte en una pequeña Venecia, custodia mi dormitorio desde lo alto de un poblado estante.

Esta noche Bobby está en mi cama. La tormenta descarga su ira sobre la ciudad, hoy más gris de lo acostumbrado. Faltando al ritual, el libro se ha quedado en la mesita. Tendidos, ambos miramos por la ventana, y respiramos ráfagas con olor a tierra mojada que escalan hasta la habitación.

Cuando empiezo a cerrar los ojos, mi compañero de trabajo me viene a la mente. No he hablado con él para concretar si iremos juntos mañana. Abandono a Bobby para alcanzar mi bolso en el preciso instante en que el teléfono móvil empieza a sonar. Es Javi, que me ha leído el pensamiento y se adelanta a la llamada. Descuelgo con una sonrisilla cómplice en los labios.

Está asustado. Cuando le ocurre eso tartamudea de forma cómica. Pero esta vez, cerca de la una, no me hacen gracia sus repeticiones ni trabas. Ha ocurrido algo en su casa y está de camino. Quiere que avise a la policía, porque él no acierta más que a marcar la rellamada en vez del número de emergencias. Le digo que no hay problema.

Bobby me espera entre las sábanas. No sé qué hacer, debería acercarme a casa de Javi. Tenemos una relación bastante especial, dejando el trabajo de lado. Somos amigos desde hace años. Decido comenzar a vestirme tras resolver la pregunta que siempre me hago en situaciones como estas. Agarro las llaves sabiendo que sí, él también vendría a mi casa.

Sólo unos minutos después llego al coche. Enciendo las luces cuando el relámpago más potente de la noche, ilumina la calle por unos segundos. Me estremezco con la visión del barrio desierto, me recuerda a un documental que vi hace poco sobre el holocausto nuclear. Arranco el motor y circulo por avenidas fantasma, anegadas de agua, hasta llegar a casa de Javier.

Cerca de su portal hay aparcado un furgón de policía. Cubriéndome, trato de ver si el quinto piso está iluminado. Tras varios intentos esquivando la lluvia furiosa, que se me mete en los ojos, veo que hay luz. Busco un lugar donde resguardarme para llamar a Javi. Está arriba, ha sido todo una falsa alarma. Me pregunta dónde estoy, contesto con voz seca –porque es lo único seco que tengo– que en su portal.

Mientras espero a que el ascensor concluya la subida me siento incómoda, molesta y húmeda. No es que hubiera preferido que su casa fuera asaltada, pero lo cierto es que me he mojado para nada; podría haberme avisado antes.

La puerta está entreabierta, paso sin llamar como hago siempre. Un malhumorado saludo que pretende ser cordial, se escapa de mi boca. Camino hasta la cocina buscándole, no le encuentro. Le insto a que salga, segura de estar usando el tono de voz que deja constancia de mi enfado. No da señales. Empiezo a asustarme al ver que el comedor está revuelto, y a lo largo del pasillo no hay ninguna luz encendida. Pronuncio su nombre temblorosa, y me dirijo a la habitación, ya que es la única puerta cerrada.

El interruptor no funciona. Echo mano una vez más del teléfono móvil, con intención de alumbrar la oscuridad. Lo que veo hace que grite y retroceda.
Javi está tendido en la cama, desnudo. Sobre él, una gigantesca figura juguetea con cosas viscosas que le saca del cuerpo. El ser mira a la puerta, alarmado por la luz y el grito. Abandona el dormitorio para seguirme por el pasillo. Es más grande y rápido que yo, me va a atrapar en cualquier momento. Lloro rogando por mi vida, cuando de pronto la puerta de la entrada se abre y un gigantesco perro irrumpe en la casa. Saltándome se lanza contra el monstruo.

Tras una encarnizada lucha, que presencio desde el lado más alejado del pasillo, consigue que la bestia retroceda hasta la habitación de Javier. Hago el camino al dormitorio de rodillas, siguiendo al perro. El monstruo huye escurriéndose bajo la cama, hasta que al final logra que su gigantesco cuerpo quede totalmente oculto. El perro, todavía mostrando los dientes, se asoma a la negrura bajo el somier. Al instante me dirige una mirada calmada de colmillos en reposo. Ambos se han ido. Sólo el animal y yo seguimos en la habitación.

Se aproxima despacio, cauto. Retrocedo y tropezando doy de espaldas en el suelo, temo que me ataque. Aprovecha mi caída para acercarse y darme un lametón de peluche en la cara.

–Siempre cuidaré de ti –dice lamiéndome de nuevo, mientras acaricio la tira de cuero que lleva puesta a modo de corbata.


Miriam Alonso


Respecto al cuento, sólo añadiré que sí, Bobby realmente existe.

Aprovecho la publicación para mandarle a Javier y Joaquín besazos como Perú de grandes (gracias por esta pedazo de noche, sois amor :****) y también para comentaros que en breve, y debido a la proximidad de la noche de difuntos, un ser maquiavélico y yo, hemos pensado algo divertido que proponeros. Pronto ambos haremos entradas contándoos más.
Hasta entonces, y como siempre, os doy las gracias por leer este cuentecito tan especial.
Abrazos, estantianos.
¡Buen finde!



4 comentarios:

Ismael Pérez de Pedro dijo...

felicidades por el relato, un saludo, feliz finde

gines vera dijo...

Hola Pandora por alusión me he acercado humilde a tu relato. Miedo pasé con ese Javi del quinto piso que espero esté bien.
También me ha sorprendido el relato, para bien, pues tiene todos los elementos imprescindibles incluso el final con lametón y abrazo. Llámame loco si me atrevo a buscar subconsciente a Alicia, Dorothy y Sarah en sus respectivos laberintos.
Si esperas mi relato (tal como indicas remitiendo a una entrada anterior) no sé si voy a ser capaz...de verdad.
Bravo, retiradas de sombrero y un saludo a tu Teddy y a tí.

Pandora_cc dijo...

Hola Ismael!
Muchas gracias por pasarte. Espero que tu finde haya sido apoteósico jejeje

Un abrazo!

Pandora_cc dijo...

Hola Ginés!!
Javi está bien xD. Me llamó el otro día y dijo que se había ido al país de los sueños de puente, no te preocupes por él ^^. Me alegra que te haya gustado el relato, está escrito con mimo, la verdad. Recupérate pronto y cuídate mucho esa naricilla.
Un besete!