domingo, 26 de febrero de 2012

Mimi y El estante en el blog de Elga Reátegui

Hola muchachada!

Me he desnudado (es un decir, a ver si nos entendemos... xD) en el blog de la periodista Elga Reátegui.
Pedazo de entrevista, sí señor.
Desde aquí darle las gracias grandes a esta mujer polifacética donde las haya.
Y también a vosotros por estar, ser y leer.

Besitos, salaos!!!!

Os dejo el enlace aquí:

http://elgareategui.blogspot.com/2012/02/mimi-alonso-cuando-hay-ganas-se-saca.html

lunes, 20 de febrero de 2012

RELATOS I CONCURSO DE TERROR VIERNES 13 (y 3º PARTE)


Estos son los dos últimos relatos que entran a concurso y que optan a ganar el I Concurso de Relatos de Terror Viernes 13. El próximo 1 de marzo sabremos quién es el ganador.
Ginés ha habilitado en su blog una encuesta para que votéis cuál es vuestro relato favorito y así comprobar si hay unanimidad en el resultado.
Os animo a que participéis y dejéis vuestros comentarios.


El Mastín.

Ya viene a por mí. Puedo sentir el manoseo de sus zarpas al otro lado de la puerta. Acabará conmigo igual que hizo con mi amigo St. Paul, al menos que yo mismo me arranque la vida con mi revolver.
La proximidad de la muerte confunde mis recuerdos. Los de la funeraria donde St. Paul y yo trabajábamos para un viejo y avaro holandés. Conocíamos demasiado bien sus secretos y a fin de evitar que le traicionásemos nos permitió quedarnos con todos los objetos de valor que trajesen los clientes antes de la ceremonia. Tampoco nadie los reclamaba, y con el tiempo conseguimos reunir un auténtico botín. Éramos jóvenes, hastiados de las diversiones de la ciudad, salvo aquellas que encontrábamos en la soledad de nuestra casa sin criados a las afueras de Londres. Nuestra colección de objetos mortuorios se nutría además cada dos o tres noches con una nueva pieza arrancada literalmente de las garras de la muerte al convertirnos en vampiros profanadores de tumbas. La muerte dejó de subyugarnos haciéndola compañera de nuestros juegos nefandos. Nada nos seducía más que el roce de la piel apergaminada al robar un anillo, o el crepitar de una clavícula al arrancar un collar. La mirada de los yacientes nos excitaba incluso cuando debíamos de salir huyendo al oír al vigilante del cementerio. Hasta aquella noche lluviosa en la que St. Paul me empujó con la emoción bailando en sus pupilas. La viuda más huraña de la ciudad había fallecido en extrañas circunstancias. Su propio mastín la había devorado, me dijo, huyendo rabioso, y con él su único heredero. Ya al abrir la caja advertí a lo lejos la presencia de un merodeador. Pero St. Paul, repuesto de la impresión del despojo que descubrimos, se lanzó a por un amuleto sanguinolento, un camafeo tallado con una calavera en el centro. Luego los ladridos de un perro y aquella presencia que nos siguió hasta la casa. St. Paul lo achacó a la visión de la vieja pero se equivocaba. Los ladridos del mastín nos acompañaron cada noche hasta el fatídico día en que St. Paul apareció horriblemente mutilado a la puerta de casa. Tuvo tiempo para susurrar «…aquel maldito amuleto» antes de fallecer. De nuevo el ladrido lejano, comprendí que mientras tuviera aquella pieza la sombra me perseguiría. Decidí regresar a la tumba de la viuda a devolver el amuleto y acabar con la maldición; sentí la sombra entre las lápidas, enorme, rabiosa, disparando a ciegas hasta el panteón. Pero un horror mayor me aguardaba al levantar la tapa del ataúd. En lugar de la anciana desfigurada por la pestilencia de la descomposición y los gusanos hallé a un ser mitad humano mitad lobo, ajeno a la muerte, como reposando aún con las garras y los colmillos ensangrentados. Arrojé al fondo el amuleto y en aquel instante se despertó, sus ojos se abrieron, brillantes, furiosos. Pude huir pero no pude escapar. Siguió mi rastro hasta aquí, hasta el sótano.
La puerta acaba de ceder.
DAGÓN.

OJO POR OJO, DIENTE POR DIENTE
Birch, el sucio enterrador, borracho y descuidado, pensó que su ofensa quedaría sin castigo. Me retorcía en la indignidad del ataúd apretado contra mi humanidad robusta y recia, podía notar sus manos insolentes forzando mi cuerpo, sometiéndolo para que entrara en ese cajón desvencijado y demasiado pequeño que su mente perezosa y mezquina me había destinado. Esas manos, sus acciones eran hierros candentes atravesando mi espíritu. Todo lo inmortal que quedaba en mí era una incesante llama de odio, la apremiante necesidad de hacer justicia. Nadie había escapado a ella. Nunca.
Siempre he regido mi vida por la justicia. No en la blanda ley humana. En la de Dios. Mi madre me la enseñó a palos desde que nací. Y en ella se cumplió mi primera obra justa cuando a la edad de diez años tuve la fuerza suficiente para devolverle, golpe por golpe, todos los que me había dado en vida.
A partir de ese momento cumplí la Ley de Talión puntillosamente sin importarme el tiempo que tuviera que esperar. Siempre he sido paciente. Cuando el viejo Raymond, mi vecino, me robó tierras con artimañas legales, tuve que esperar treinta años, pero le arruine ¡O, sí, Señor! Cuando ese perro estúpido me mordió lo pateé hasta la muerte. Mi dolor por escaso que resultase tenía más valor que la vida de un animal. Nada puede impedir que lleve a cabo mi justicia.

El afán me sostuvo en ese tiempo tenebroso en los que solo los rojos y ardientes hilos de la justicia me atraían una y otra vez a mi cuerpo putrefacto hasta que en algún instante noté la presencia de Birch, podía incluso sentir su apestoso aliento alcohólico, sus pasos tambaleantes de borracho. Me até a mis deseos de retribución. Me conjugué con el viento para cerrar la puerta. Fue mi determinación la que fijó el cerrojo y mis pensamientos los que confundieron a Birch para que eligiera mi ataúd, cuando su decisión de salir de la cripta le hizo pensar en la claraboya cercana al techo. Creció la fuerza en mi cuerpo corrupto cuando sus pies se posaron contra la endeble madera del féretro. Tan cerca de mis dientes… Cuando al fin, su peso la venció ¡Alabado sea el Señor! Y sus tobillos cayeron en mis fauces, abiertas y anhelantes, cumplí.
Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie… Nunca debió serrar mis tobillos para meterme en esta pequeña caja.
MCLB



domingo, 19 de febrero de 2012

Cuento número 34. El acecho.




El acecho como práctica diaria considerada bien de interés de la humanidad, ha sido aceptada y empleada por los más ilustres personajes, y los menos, a lo largo de la historia.

Todo el mundo acecha con mejores o peores intenciones. Pero el exponente y al tiempo la esencia misma del acecho, la encontramos en los lugares más cercanos, como por ejemplo los balcones.

El sujeto A, separado por la distancia que oscila entre el patio interior de edificación antigua y el de edificación nueva, acecha incansable al sujeto B. Ambas cocinas parecen iguales a simple vista, sin embargo, los sujetos saben que pese a las similitudes aparentes, hay un océano de misteriosas diferencias guardadas celosamente tras las cortinas.

Es este afán de descubrimiento tan característico del acecho, el motivo empleado por el sujeto A para justificar su acercamiento sigiloso a la ventana, donde lanzará miradas aviesas a la morada del sujeto B. Éste, consciente de los movimientos de su oponente, buscará presuroso su cafetera de última generación, gozando de la oportunidad perfecta para mostrarla al fin al sujeto A, cuya constante exposición de nuevo menaje ha llegado a resultarle obsesiva.

El sujeto A, receptivo, contempla el aparato y contraataca descorriendo la cortina, para dejar ver al fondo de la estancia su orgullo hecho congelador combi.

El sujeto B responde con rapidez mostrando la majestuosa lavadora de siete kilos que reina entre la encimera y la placa de inducción. A, abre la puerta de la cocina para dejar que su adversario se percate del enorme sofá en forma de ele, que se ha hecho dueño de la sala. Ríe pensándose vencedor de la justa; es imposible no apreciar su carísima adquisición.

B hace lo propio mostrando su nuevo televisor LED de cincuenta y dos pulgadas, observando complacido cómo A, impotente, se muerde los nudillos.

Desaparece entonces para regresar con un elemento que le cuelga al hombro, lejos del menaje acostumbrado. Se trata de un bolso que B reconoce al instante, ya que tiene dos enormes y níveas ces cruzadas y relucientes sobre cuero negro.

Ipso facto, el atacado decide cargar con la artillería pesada. Los Manolos que le ha regalado el sujeto J, se asoman a la ventana del cuarto piso para ser lustrados con esmero vía gamuza. Su diseño y sofisticación ocuparán las más temibles pesadillas del sujeto A.


–Buenos días.
–Espera, que te sujeto la puerta –dice mientras la vecina entra al portal.

Las mujeres se lanzan miradas cargadas de bilis mientras se someten a un temible escáner para estudiar el conjunto y detalle de la otra.

–Qué zapatos tan bonitos –aprecia B– ¿Son unos Manolos?
–Sí, me los ha regalado Javi… ¿te gustan? Son muy sencillitos.
–Huy qué va, son ideales y te quedan estupendamente. Los Manolos es lo que tienen, que le sientan bien a todo el mundo…
–Anda, tú también tienes unos –se percata A con una gélida sonrisa.
–Ah sí, se me olvidó que los llevaba puestos, es que tengo varios ¿sabes? –miente B.

Cuando arriben al hogar, Cosmopolitan en mano, repetirán el mismo ritual. Rozando la histeria, cada uno tratará de localizar sus Manolos y los del oponente. Los vecinos escucharán entonces exclamaciones de júbilo por un lado, mientras del otro sólo podrán hacerse eco del silencio más desgarrador.

Alguien ha ganado la batalla; pero la guerra continúa…
Dicen que los conflictos más violentos son los protagonizados por hombres, pero yo no estoy tan segura.



Miriam Alonso




martes, 14 de febrero de 2012

RELATOS I CONCURSO DE TERROR VIERNES 13 (2º PARTE)


Dos nuevos relatos que han entrado a concurso y que os dejo aquí para que los leáis y valoréis junto con los dos de la semana anterior y los 2 que aparecerán el próximo lunes. La fecha para conocer al ganador será el 1 de marzo, como ya os dijimos, según las bases.
Disfrutadlos.

El doctor.
Me preguntan por qué me estremezco horrorizado al sentir una corriente de aire frio al cruzar una estancia y no tengo por más que evocar aquella historia del doctor Muñoz. Vivía en el ático de una destartalada pensión a las afueras de la ciudad, por otra parte la más económica para un estudiante de medicina. La propietaria me advirtió que no le molestase bajo ningún pretexto pues estaba enfermo y era poco sociable. No salía nunca del cuarto, todo cuanto necesitaba se lo procuraba el hijo de aquella, en su mayoría garrafas de amoníaco como comprobé intrigado por la presencia de aquel misterioso vecino. Había sido uno de los mejores médicos mucho tiempo atrás. Y debía ser cierto, eso o un pacto con la muerte pues echando cuentas el doctor debía tener casi un siglo. Con qué curiosidad aguardaba tras la puerta al sentir al muchacho con las garrafas por ver de contemplarle aunque sólo fuese un instante y fingir un encuentro casual. No hubo manera hasta el incidente a finales de junio. Una gotera en mi dormitorio fue la excusa para subir y llamar a su puerta. Sin contestación, escuché un ruido lejano, como el de un motor de vapor al apoyarme en ella. Ya regresaba a mi cuarto cuando sentí la cerradura. Era un hombrecillo enjuto, de piel cetrina y ojos hundidos pero brillantes, del interior de la estancia emanaba un acre olor a amoniaco al que parecía estar acostumbrado. Le expliqué lo de la gotera y que era colega por despertar su interés, pero se limitó a asentir y asegurarme con voz atiplada que no volvería a suceder. Deseé con todas mis fuerzas una nueva gotera para subir e interrogarle sobre si en verdad había conseguido vencer a la muerte. La noche más calurosa que recuerdo me despertaron unos gritos. El muchacho se había descuidado con el reparto, explicó el doctor exaltado. No quiso abrir a nadie salvo a mí, implorándome que le consiguiera urgente lo que hacía funcionar su máquina. Me hizo pasar al cuarto del fondo, donde apenas pude ver un engendro mecánico acoplado a la bañera que hacía que la estancia resultase invernal a pesar del intenso calor exterior. «Con ello eludo a la enfermedad», me rogó sumergiéndose completamente en la bañera, «dese prisa». A esas horas me fue difícil encontrar el preciado líquido, más al regresar comprobé con horror que la puerta del ático quedaba abierta, por descuido mío, pensé. El calor se había adueñado de la estancia salvo el baño que permanecía cerrado. Llamé a voces al doctor, al no responder decidí entrar a la fuerza. Una corriente de aire frio se escapó como una vaharada y con él un grito de ave agonizante. En la bañera emergían las ropas del doctor en una masa informe, pestilente, un lodo sanguinolento que quise borrar de mi mente. No era posible, me dije, pero antes de apartar la mirada vi emerger burbujeante un cráneo humano y el reflejo de unos ojos brillantes.
Walter Pickman.


El ejemplar maldito.

Me recosté leyendo aquel manuscrito, que aún no siendo en mi lengua, descifraba como si alguien me dijera como leer aquellos caracteres, pero al fin el temido sueño me alcanzó.

Esa noche, como en todas las anteriores desde que abrí aquel maldito tomo, ví monstruos que, aún pudiendo explicar sus formas, no se parecerían a lo descrito un segundo después de decírtelo, grises, metálicos, todos los colores posibles, sabiendo que esos monstruos, dioses en sus mundos, no serían los que me dieran caza. Los que deben preocuparnos a los que conocemos que existen, son los perros de tíndalos, una especie que mora en el mundo, antes de que el ADN se formara en los caldos primigenios. Habitan en los paréntesis del tiempo, inmortales, te diré que se pueden materializar en cualquier lugar, pero quizá, peor que ellos son los denominados, en este tomo de las tinieblas, como El Horrendo Cazador, unas serpientes aladas que junto con los anteriores, son los que dan caza a los que conseguimos ver mas allá de lo que el resto ven con sus ojos atrofiados.

Pasó el día, la hora en el despacho con la psicóloga fue un cúmulo de locuras inconclusas. Para ella no estaba enfermo, lo único que deseaba era llamar la atención.

Pase el resto del día cenando con los compañeros de mi reclusión. A la hora de ir a las habitaciones, un extraño sentimiento se apoderó de mí, una extraña visión me invadió y ví como dos bestias con garras destrozaban mi cuerpo, desgarrando carne, tendones y hueso por partes iguales. Tenía que hacer algo, y lo único que se me ocurrió fue cambiar el cuadro clínico con el de mi compañero de pasillo. Entré en mi habitáculo, esperando que el celador cerrara la puerta con llave. Después de esto encajé la cama entre la puerta y la cómoda. Aun así sabía que las bestias conseguirían encontrarme.

Pasé la noche en vela, cubierto con las mantas, como cuando siendo niño me abrigaba incluso en verano, a la hora de ver alguna de las películas de terror que mis hermanos alquilaban para que yo no consiguiera dormir, como “Dagón la secta del mar”.

Las horas pasaron vagas ante mí, pero en un momento dado, escuché unos pasos, que resonaban por el pasillo, eran unos tacones que se acercaban a mi habitación. Pasaron de largo y se pararon en la puerta de al lado, detrás de ellos, dos bestias husmeaban por debajo de las puertas, en ese momento pensé en mi fin. El cambio que efectúe confundió a mis perseguidores, pues abrieron la puerta de al lado y unos gritos desgarradores, junto con gruñidos guturales, atormentaron el descanso de toda la galería, haciendo que todos los locos de aquel lugar sollozaran, gritaran y dieran golpes. Yo hice lo mismo, grité y pateé la cama para hacer tanto ruido como el resto. Si conseguía vivir una noche más, quizá, pudiera escapar del centro y librarme de los demonios.



domingo, 12 de febrero de 2012

Marivigilias rules!!!

Oiiiinnnnnnnn (L)

Acabo de recibir un mensaje de unas muchachas que están como las cabras. Son las chicas que llevan el blog Marivigilias (marivigilias.blogspot.com). Ya os he hablado de ellas alguna vez, pero es que no me canso de hacerlo.

Estas dos perlas están consiguiendo gracias a sus pezuñitas, que las chachifans de las pelis Dentro del Laberinto y X-men lo flipemos in colours of Benetton con los Fanfics molones que publican semana sí semana también.

En este último Fanfic (del laberinto) han hecho un guiño a este lugar de corrupción y bohemia que es El estante, y por eso (y también porque me declaro súper fan), les doy las marigracias desde aquí.

¡Sois amor, ovejas! ¡Quiero gorros de lana y bufandas hechas con vuestros pelos! xDDDDDD

Besazo y gracias mil!

P.D.: ¿¿¿¿¿Qué le ha pasado a Victooooooor????? xDDDDDDDD

lunes, 6 de febrero de 2012

RELATOS DEL I CONCURSO DE TERROR VIERNES 13


Ginés y yo hemos decidido ir subiendo a nuestros blogs semana a semana los relatos que nos han llegado al I Concurso de Relatos de Terror Viernes 13. Os recuerdo que son versiones libres de relatos escritos por el maestro del terror cósmico, H.P. Lovecraft. A continuación los dos primeros en orden de llegada.
Disfrutadlos.


Irem (La ciudad sin nombre).
Garabateo al borde de la locura solo porque una actividad cuerda y racional aleje por un rato el horror. Pero es imposible adormecer el torrente de desvaríos que escuché de labios de este moribundo enloquecido que las autoridades trajeron al hospital tras correr por la zona vieja lanzando alaridos. Ya ha muerto, pero lo que acabó con su cerebro roe ahora el mío. Durante esta noche infernal al lado de su catre, he escuchado las revelaciones más innominables, que me hicieron lamentar profundamente mi conocimiento del aborrecible Necronomicón. Aquellas lecturas furtivas del volumen guardado en la universidad Miskatonic donde primero estudié y ahora imparto clase, me llenaban del temor a encontrar atisbos de verdad en el legado del árabe loco, en esa reliquia mohosa donde resuenan las voces de los Señores del Caos que dormidos esperan a que seguidores humanos, o semihumanos, abran los Portales dimensionales que les den de nuevo acceso a un mundo por el que ya vagaron hace incontables eones. Fétidos, inmortales, indescriptibles.
En algún punto desconocido del desierto arábigo se dice que Abdul al-Hazred descubrió entre la arena los restos de la arcaica Irem, la Ciudad de los Pilares, mencionándola entre las blasfemas líneas de su manuscrito. Deduzco que este arqueólogo, probablemente inglés, dedicó años de investigación a esta impía y poco conocida mitología prehumana, embarcándose finalmente en la búsqueda de esa ciudad. Para su desgracia, internándose en regiones rehuidas desde siempre por los beduinos como morada de peligrosos djins, creo que la acabó encontrando. Nada me hace dudar de sus palabras balbuceantes.
Entre carcomidos muros y paredes de extraña geometría , bajó a laberínticos subterráneos que le condujeron hasta criptas donde halló los restos de sus moradores, momificados con sus mejores galas, pero también a los guardianes del lugar, olvidado cuando el primer hombre empezaba andar. Le escuché describir como se deslizaban reptantes aquellos reptiles humanoides, apenas visibles pero similares a los cadáveres de los sarcófagos de vidrio y oscura madera milenaria. Huyó de los pozos estigios, pero cuando salió al aire frío de la noche, el viento aún más helado que le perseguía adoptando insinuaciones de los horribles seres, le zarandeó, arañó y arrastró. Cuando despertó, un nutrido grupo de curiosos le rodeaba en medio del zoco, junto al camellero que contaba como le había hallado tres días atrás en el desierto, agonizando inconsciente. Estaba en el fondo de un hoyo entre las dunas, que parecía excavado por un fuerte remolino.
Así llegó hasta aquí, nefanda casualidad, donde presto mis servicios como médico voluntario de la colonia. Yo también conozco el Necronomicón y ciertos rumores, por lo que pude interpretar sus palabras y descubrir que no eran las alucinaciones de un moribundo enloquecido por la sed. Está lleno de moratones y rasguños. Hace un rato que oigo el deslizarse tras la puerta, roces y mordisqueos, golpes en la ventana. Le han seguido. Esos despojos carnívoros, fortalecidos en la madrugada, reclaman su presa. No soportaré su visión.
Randolph Carter.

El origen de Dunwich.

Hemos encontrado su rastro. El profesor Hubert ha descifrado los papeles. Esa maldita bruja se esconde en Dunwich.

Las gentes de este pequeño pueblo parecen sumidas en un sopor, en una estupidez perenne. Son hoscas en el trato y de entendimiento lento. Pero por fin la hemos localizado. Una pequeña casa a las afueras del pueblo, un tanto aislada. Muy apropiada para nuestros propósitos. Aparcamos a una prudente distancia y esperamos fumando y charlando. Recordando. La hora de la venganza se acerca.

Temo haber perdido la razón... Hacia medianoche bajamos del coche, irrumpimos en la casa y la sorprendimos sin problemas. La atamos a una silla y nos deleitamos con sus gritos: primero suplicantes, maldiciones al fin. Luego, con su cuerpo exánime atado a la silla, el cuchillo aún goteando en mi mano y una exasperante sensación de vacío, escuché unas voces, al principio no más que un murmullo, un rumor de hojas precipitándose desde las cercanas colinas como olas que azotasen la casa, pero, poco a poco, se transformaron en alaridos inhumanos, horrendos, unos sonidos que sólo podían provenir de criaturas de ultratumba. Dejé caer el cuchillo y saqué mi revólver. El ruido era ensordecedor. La casa tembló, las luces se apagaron y puertas y ventanas estallaron en un horrísono estrépito que se unió al coro de voces satánicas. Disparé a ciegas hacia un bulto informe que se deslizaba por la puerta. El profesor Hubert gritó. A la luz de los fogonazos de mis disparos lo vi agitarse como un pelele agarrado por un viscoso tentáculo que lo sacudía por toda la estancia golpeándolo contra paredes y muebles. Alex y yo ganamos, no sé cómo, el sótano. La bestia infernal golpeó varias veces la puerta, pero esta resistió. Se hizo un extraño silencio roto tan sólo por los gritos esporádicos del profesor Hubert y la respiración viscosa, burbujeante del infecto ser. Alex se quejaba. Uno de los tentáculos le había arañado la pierna, una herida pequeña, pero Alex decía que le escocía de forma horrible. Tras un par de horas tenía la pierna entera tumefacta y sus gritos se hicieron insufribles. Me apiadé de él. Los alaridos del profesor Hubert, intermitentes, duraron hasta el amanecer. Después silencio. He esperado un par de horas. Tengo esperanzas de que con la luz del día la maldita criatura se haya vuelto a su pestilente cubil. Voy a salir. He tenido la precaución de guardar una última bala. Que Dios os bendiga.

“Han encontrado alguna mujer”, pregunta el inspector cerrando el diario. “No, señor. Aquí no hay más que estos dos cuerpos y el del sótano”. El inspector suspira. “Howard”, dice, “guarde esto y salgamos de este maldito lugar”. El joven Howard asiente, se guarda el diario en el bolsillo y, antes de salir, echa una última mirada al cuerpo mutilado del centro de la estancia y al del hombre con el orificio en la sien.

Medardo.