miércoles, 7 de marzo de 2012

Entrevista a Maria Isabel Rodrigues

Hola gentes.
Hoy El estante se viste de gala para recibir a una de las personas más importantes e influyentes de mi vida. No diremos quién es, ya que iré publicando a pedazos esta entrevista debido al tamaño que tiene, pero no os preocupéis, que el secreto se desvelará pronto.

Sin más dilación os dejo la primera ronda de respuestas que me ha concedido la entrevistada.
Espero que la disfrutéis.

Besos.



M: ¿Empezamos?

I: Vale.


M: ¿Cómo prefieres que me dirija a ti en esta entrevista?

I: Como quieras.


M: Vamos al pan. Comencemos por la infancia. Alguien me dijo que siendo muy pequeña (alrededor de siete años) tuviste un problema técnico en la cocina de casa. Un fuego o algo así...

I: Sí, así fue. Era verano. Mis padres estaban en el campo. Yo siendo una niña me quedaba a cargo de los hermanos más pequeños, que eran cuatro. Entonces me percaté de que había un olor a quemado en la casa, miré al techo y, efectivamente, estaba ardiendo. Como pude bajé a los niños a la calle. Por ahí andaba una vecina que, al ver mi ajetreo, me preguntó qué estaba haciendo con los críos. Yo le dije que la casa estaba ardiendo. Menos mal que la mujer empezó a pedir ayuda a otros vecinos, y entre todos pudimos apagarlo. Mientras tanto pues yo asustada y llorando de miedo. No tanto al fuego porque estaba sofocado, sino a la reacción de mis padres, que cuando llegaron a casa lo único que me preguntó mi madre fué “tendrías por lo menos la casa limpia ¿no?”, en lugar de decir un “tranquila, ya pasó” o algo así. Había una señora por allí que miraba la casa y decía “esta mujer que está trabajando en el campo y cómo tiene la casa de limpia”, había otra con ella y le contestó “no es la madre, es la hija, y además atiende a los pequeños”. Bueno, así fue ese condenado día (risas).


M: También me han contado que eras un hacha recogiendo aceitunas “a rebusco” ¿qué puedes decir en tu defensa?

I: Pues que eran cosas de críos (risas). A mí eso de andar cogiendo aceituna “a rebusco” de una en una no me gustaba, me parecía una pérdida de tiempo, así que miraba los olivos que no estaban recogidos y hacía lo propio con todas las aceitunas del suelo... Llenando pronto la cesta.


M: ¿Cuánto tiempo fuiste al colegio?

I: Fui al cole cuando me dejaban. Aún así me saqué la E.G.B.


M: ¿Destacabas en las clases?

I: Era una más, pero se me daba bien el estudio.


M: ¿Qué materia era tu favorita?

I: Matemáticas y geografía. Yo estudiaba con mi hermano que es mayor que yo, entonces se me quedaba con facilidad. Cuando él quería aprenderse la lección yo ya me la sabía.


M: ¿Quieres contarnos alguna anécdota?

I: No, sólo decir que cuando los demás niños querían empezar con las tareas, yo ya había terminado. Es una mala costumbre que sigo teniendo en mis clases actuales (risas).


M: Hablando de anécdotas, por ahí hay una de unos calcetines sucios y unos cuantos viajes al río ¿nos la cuentas?

I: Vale. Era casi primavera. Algo le pasaba a mi madre. Una tarde me mandó a lavar unas prendas al reguero, que la verdad, quedaba bastante apartado del pueblo, sobre todo para una niña de ocho años, pero en fin... lavé rápidamente lo que me mandó y me fui para casa. Cuando llegué mi madre miró la ropa y tendió algunas. Había unos calcetines que, según los miró, los cogió y me dió con ellos en la cara. Me dijo que no estaban limpios y que fuera a lavarlos de nuevo. Volví al reguero y los lavé bien lavados, mucho, mucho, con toda la fuerza que podía. Volví a casa y me hizo exactamente lo mismo, diciendo que no estaban bien limpios. Así hasta tres veces. La última vez era ya casi de noche y tuvo el detalle de mandar a mi hermano conmigo. Una vez ahí me quedé mirando los calcetines porque claro, sucios no podían estar de tanto que los había lavado, ¿qué podía pasarles? Entonces en un arrebato de desesperación los cogí y les di la vuelta del revés, los enjaboné y aclaré. Volvimos a casa, los miró y me dijo “ahora sí que están bien”. Todo esto por no darme cuenta de darle la vuelta, si no me hubiese dado cuenta del detalle, aún estaría hoy yendo y viniendo al puto reguero.


M: ¿Cómo se entretenían los niños en esa época? ¿A qué jugábais y con qué?

I:Con cualquier cosa. Con unas tristes piedras, en concreto cinco. O con dos palos, uno corto y otro más largo. El juego se llamaba “el pingo”. Y también a “la macaca”, se dibujaban en el suelo unas escaleras con lugares de descanso, eso como la rayuela de aquí.


M: ¿Tuviste muñecas? ¿De qué material?

I:Sí, tuve muñecas como todas las niñas. Eran de trapo. Las hacíamos nosotras mismas. Teníamos las casas de las modistas muy vigiladas por si tiraban algún trapito bonito, que aunque fuese pequeño, nosotras le dábamos buen uso.


M: Respecto a la nutrición también me han contado algo de una sardina para tres, ¿cómo está eso?

I:La comida era toda una odisea. Diré que no pasé hambre, pero sí ganas de muchas cosas. Por ejemplo, no supe nunca lo que era un plátano, un yogur o cosas del estilo. Recuerdo que mi madre compraba sardinas a veces, no a diario ni de broma, entonces las asaba y cortaba una para cada tres hijos. A mí me gustaba la cabeza, porque tenía más que chupar (risas). Era eso o nada, no había dinero para más.


M: ¿Cuál era tu plato favorito entonces?

I:Todo me era bueno, la verdad.


M: ¿Qué comida odiabas siendo pequeña?

I:Un caldo que hacía mi madre con la cabeza y la hoja de los nabos. Lo odiaba de verdad.


M: Cuéntanos algo gracioso de esta época antes de pasar a la siguiente.

I:No hay nada demasiado atractivo. Todo era bastante monótono.


M: Vale, entramos en la adolescencia ¿estás lista?

I:Vamos.


M: ¿Estuviste en casa en aquellos años o saliste del pueblo?

I:Salí con trece años. Fui con mi última profesora a trabajar a su casa.


M: ¿Trabajaste para cargos importantes?

I:Según se mire. Estuve en casa de la hermana del ministro de interior sirviendo, claro, y eran un poco hijos de puta (risas).


M: Para bien o para mal ¿a quién recuerdas más de entonces?

I:No quiero recordar a nadie.


M: Tuviste un pequeño problema técnico en el momento en que te convertiste oficialmente en mujer ¿qué pasó?

I:Esos temas eran un tabú para mi madre. No sé si le daría vegüenza de hablar con nosotras. Pero yo tuve suerte ya que a mis catorce años trabajaba con una señora que un día me llamó a una sala, y me preguntó lo típico, que si ya era mujer, y un montón de cosas que a mí me sonaban a chino. Pero me dijo que si la cosa ocurría en su casa le gustaría saberlo. Total que un día, ahí estaba la dichosa regla. Corrí a buscarla para decírselo. Ella se alegró por mí como si fuera parte de la familia. Me hizo una serie de recomendaciones, más de lo que nunca hizo mi madre.


M: Pero a parte de sustos también te pasaron cosas bonitas, como por ejemplo lo de aquellos pendientes de oro que te regaló una señora...

I:Aquellos pendientes los gané atendiendo a una anciana, que también trabajaba en casa de la hermana del ministro, de hecho esta anciana estuvo toda su vida con ellos, porque me contaba que había visto nacer a las hermanas, y ellas ya estaban entradas en años. La mujer tenía noventa. Al parecer no tenía más familia que una hermana despreocupada por su situación. Como yo estaba de criada en la casa, me mandaron a atenderla. La mujer murió poco después. Entonces los jefes decidieron que me merecía un regalo, y de ahí los pendientes. Cuando fui al pueblo de mis padres los llevaba puestos. Mi madre llevaba unos aros. Decidimos cambiárnoslos un tiempo, pero un joyero ambulante le dijo a mi madre que “no sabía lo que llevaba en las orejas”, y la cosa es que cuando le dije que volvieramos a cambiarlos, me dijo que no. Que sólo saldrían de sus orejas cuando se muriera. Pero como mi padre también lo sabía, cuando faltó me los dio y yo le devolví los aros. Así fue la historia de los dichosos pendientes.


M: ¿Quién se los acabó poniendo?

I:En mi joyero siguen.


M: ¿Eres consciente de que mis pendientes están en tus orejas?

I:Sí soy consciente. Cuando los quieras te los doy.


M: Vale, vamos al pan (de nuevo). Háblanos de tus amigos, novios, pretendientes...

I:Amigos tuve algunos, sí.


M: Había por ahí uno que te quería dar un beso en un lunar, el muy sinvergüenza...

I:Alguno hubo. Había un chico vecino del pueblo que fue a trabajar con sus padres a otro sitio no muy lejano, si no fuera porque había un par de montañas con río incluido a cruzar. Entonces este chico cada domingo por la tarde venía a verme a pie, cruzando esas montañas y ese rio. Yo le decía que no viniera porque estábamos lejos, pero él decía que venía porque me quería mucho, y que el camino no le era problema. Un día llegó, nos dimos un besito en la mejilla, como siempre, entonces me dijo que le gustaría darme otro besito. Le dije que si no lo quería tal cual se lo quitaría. Se llevó la mano a la cara diciendo que no, que era suyo, muy suyo (risas). Luego se lo di en los labios y saltaba de contento. Habladurías de la gente mal intencionada, me informaron de que estaba con otra y claro, eso a mí como que no. Mis padres tampoco lo querían por ser pobre, igual que yo (risas). No teníamos donde caer muertos, y parecía que fuese eso una desgracia... Pero ya pasó. Lo que sí ocurría es que el pobre chico seguía viniendo a verme, y yo empecé a mostrarme distante con él para desencantarle, y que dejara de venir, aunque le quería mucho. La última vez que vino casi ni le hablé. Se fue, pero antes de hacerlo me dijo “no sé lo que te pasa, pero te diré algo: yo no me casaré hasta que tú estés casada” y añadió “si no me caso contigo, me casaré con la primera que diga que sí, aunque no la quiera”. Eso fue poco después de que yo me casara con el hombre que me maltrató e hizo tan infeliz.


M: ¿Quién podríamos decir que fue el primer novio oficial?

I:Ese chico.


M: Cuéntanos alguna anécdota que recuerdes de la época.

I:Mejor no.


M: ¿Cómo os divertíais?

I:Como podíamos. Los domingos sobre todo después de comer, nos juntábamos lo jóvenes e íbamos por la carretera, arriba y abajo, cuando nos cansábamos nos sentábamos en un prado hablando, contando chistes e historietas. Si alguien tenía una radio de bolsillo escuchábamos música o bailábamos, eso como se terciara.


M: ¿Y tus hermanos, cómo se portaban?

I: Muy bien. Eran muchos en casa, pero nos llevábamos bien y éramos una piña.




CONTINUARÁ...




6 comentarios:

Medusa Dollmaker (A.M.R) dijo...

Me encanta. Estoy deseando leer más! Es sumamente entrañable.

SuperYo o HiperYo dijo...

Con ganas de conocer mas anécdotas me dejas :)

Ginés Vera dijo...

Qué misterio...¿Quién será?
Y lleva tus pendientes, creo que es un guiño a tus lectores...
Me mantendré a la espera de más. Me quedo con lo de las Matemáticas y la Geografia, y en especial, con el caldo vegetal ese que a mí tampoco me gustaría fijo.
Un saludo.

Pandora_cc dijo...

Medusa: muy entrañable y requetequetemotiva. Habrá más, tres partes más xD Besin

Super yo: hay cosas impresionantes que todavía han de llegar, y eso que la entrevistada es jóven. Bss.

Ginés: Ay los guiños! Bueno, me alegra que lo veas, pero estate atento, que todavía hay mucho por descubrir. Bss.

Muñeca de Trapo dijo...

Gracias, me encanta conocer cositas de gente importante para mi de un modo similar al tuyo y que ademas, juega con muñecas de trapo!! Besitos.

Pandora_cc dijo...

Me alegro un montón, preciosa.
Bss