martes, 17 de abril de 2012

Cuento número 35. La testigo




Nadie jamás pensó que semejante demostración de cobardía tuviera lugar en un parque.

–¿Qué ha ocurrido aquí, muchachos? –El teniente Miguel acarició el parche de su sudadera echando en falta la gabardina, que siempre daba aires de tipo duro en ocasiones como esas.
–Nadie quiere hablar. Todos creen que ha sido Julián, pero tienen miedo… –El agente Rodrigo informó de la situación mientras su compañera realizaba una inspección ocular de la escena del crimen.

Francisco avanzó con aparente frialdad. Llevaba poco tiempo en la zona, y aunque ya había visto unas cuantas heridas como las que presentaba la víctima, todavía no se había acostumbrado.

Grupos de curiosos cuchicheaban aquí y allá. Tenían miedo, pero no eran capaces de apartar la vista del chico tendido en el suelo, encogido de dolor tras el ataque. Tampoco del agresor, que rodeado por unos cuantos agentes, mantenía en su mirada la misma expresión fría de la tarde que le conoció.

El teniente Miguel escupió el chicle antes de acercarse a la víctima para cerciorarse de la gravedad del asunto.

–Es terrible.
–No hay derecho –añadió Rodrigo–. Es demasiado joven.

Una chica apareció corriendo entre los árboles. Tenía el cabello tan rubio como la víctima, también los ojos mostraban un parecido razonable. Se arrodilló junto al sangrante y con rabia contenida, dirigió al teniente Miguel las palabras más valientes que pudo escuchar desde que trabajaba la zona.

–Lo he visto todo. ¡Voy a hablar!
–¿Estás segura?
–Sí.

No necesitó más. Caminó despacio disfrutando del momento en que Julián temblaba tras escuchar las palabras de la testigo.

–Estás perdido, la chica va a hablar.
–No dirá nada si es una chica lista –dijo Julián con un tizne de miedo en la voz.

El teniente Miguel bajó la rampa del parque deslizándose glorioso hasta el banco donde las madres se reunían para parlotear.

–Señora, su hijo ha empujado a ese niño y le ha hecho sangre en la rodilla. Esa chica –dijo señalando a la testigo– lo ha visto.
–¿Pero qué…?

El teniente Miguel subió la rampa de una carrera aminorando después el ritmo. Quería prolongar el momento previo al encuentro con Julián, disfrutar viendo su expresión acongojada.

–Vas a tener problemas, amigo.
–Esto no va a quedar así. No tengo miedo –añadió vacilante al ver a su madre rodeando la rampa, acercándose a ellos.
–Pagarás por lo que has hecho.
–Sí –añadió Rodrigo saboreando la venganza mientras notaba su cicatriz de la rodilla palpitante, como cuando sufrió el ataque.
–¡Pero bueno! ¿Se puede saber qué has hecho? –Zarandeó la madre a Julián.
–No quiero volver a verte por mi parque.

El sol del atardecer se recortó en los edificios más próximos al parque. Las sombras del ocaso emergieron bajo la mirada de Miguel, en lo alto de la enorme rampa. Sacó un chicle y lo mascó con detenimiento.

Había elegido una profesión dura. El crimen nunca descansaba.

Esa era su vida, y le gustaba.

Miriam Alonso

Voy hiper liada, muchachos, pero eso no quiere decir que no piense en vosotros jejejej.
Recogeré información y cosas chulas para que en mayo se os salga El estante por las orejas xDDD
Amenazo con volver dentro de ná!
Besis!!!

Por cierto, este relato pertenece a los deberes que estoy entregando para el taller de relato al que asisto y que imparte mi ilustrísimo Ginés Vera. ¿Qué os ha parecido?

Muas!!