domingo, 27 de mayo de 2012

Cuento número 36. La luz de mi bolsillo

NOTA:

El pasado viernes acabó el taller de relato al que asistía, dirigido por Ginés Vera en la biblioteca Carles Ros. Ha sido un taller excelente. Me ha encantado, de verdad. Y no solo porque el contenido del taller era el adecuado a mi juicio, ni por los compañeros que hemos estado dándolo todo durante este tiempo, ha sido porque pese a su corta extensión ha sido un taller al que poder llamar de Usted.
El cuento que os dejo es el que corresponde a la penúltima sesión. Teníamos que ficcionar una noticia. A mí la que más me impresionó en esas fechas fue esta.
Gracias por leer.
Subiré el siguiente, el último, en unos días. El título: Perros locos en Manhattan.
Ya os contaré de qué iba la cosa.

Mi agradecimiento a Ginés, que ha sabido lidiar con las fichas de parchís que nos sentábamos a la mesa del tercer piso en la biblioteca.
Gracias maestro.




LA LUZ DE MI BOLSILLO




Tengo miedo. No porque no sepa dónde nos llevan, es porque lo sé.

Han cerrado las puertas del furgón. Desde fuera un soldado ha dado dos golpes donde estarían las ventanillas si esto fuera un coche. Una chica a mi lado se ha puesto a llorar. De no haber escondido el móvil no podría estar escribiendo esto, ni verla abrazándose las rodillas bañada en luz azul; no vería sus caras y no sería tan desesperante.

Mis padres no estaban cuando los soldados entraron en casa. Me asusté al oír los gritos y corrí a encerrarme en el baño, pero tiraron la puerta abajo. Ni siquiera pataleé, no grité ni opuse resistencia. No hice nada mientras me llevaban al furgón. Tampoco mis vecinos lo hicieron. Todas las personas con las que crecí dirigieron la vista a otro lado.

El amanecer llegó en 2012 para escándalo del resto de países. Mis padres contaban al ver las noticias, que antes en Europa todos se ayudaban y desde entonces estábamos al margen. Me pareció muy extraño que las cosas hubieran sido de otro modo, pero creí lo que decían hasta que empezaron las reclusiones.

El Ejército tomó el Parlamento cuando yo tenía seis años. Recuerdo que estuvimos un mes sin salir de casa. Tampoco fui a la escuela hasta tiempo después, cuando el Líder mandó instalar los colegios de bloques para hijos de inmigrantes. He estudiado diez años quedando a las  puertas del bachillerato. No entiendo por qué Elena y el resto de chicos han podido seguir con los estudios y yo no pese a ser griega, nacida entre templos y partenones como la que más. Mis padres son turcos, pero mucho antes de tenerme ya habían arreglado los papeles de la nacionalidad. Ellos son griegos, yo también. 

Pero supongo que eso ya da igual; sé dónde nos llevan. En uno de los libros que rescaté de la hoguera del barrio lo leí: no es la primera vez que esto ocurre en el mundo. Además, todos hemos visto cómo vallaban terrenos a las afueras de Atenas, los muros de hormigón y los furgones llevándose a gente que nunca vuelve a casa.




Estamos en cola, igual que en el comedor del colegio, esperando algo que no nos dicen. Las chicas aún lloran aunque siguen completamente quietas. Llevamos así casi una hora y nadie se mueve excepto ellos, junto a los muros, paseando de un lado a otro con los fusiles.

Tengo frío. He metido las manos en el bolsillo de la sudadera. Así también puedo seguir escribiendo para no gritar, para hacerme fuerte y no mearme de miedo, ni llorar por la suerte que hayan corrido mis padres. Ojala estén bien, todo se haya arreglado y puedan venir a  buscarme.

La fila empieza a moverse muy despacio. Hay un par de soldados registrando a las primeras chicas. Todavía queda mucho para que llegue mi turno, pero tengo miedo de que esos dos que me miran disimulando vean la luz en mi bolsillo, lean lo que estoy escribiendo y me peguen un tiro… Aunque sé que me lo darán igual; soy hija de turcos, soy basura.

–¡Eh tú! ¿Qué haces?

Vienen.


Miriam Alonso

6 comentarios:

ShiroDani dijo...

Que relato más… bueno. El final a parte de sorprender a la protagonista, me sorprendido a mí. Incluso me ha asustado y he sentido el miedo.
Felicidades, en primer lugar a ti, por tan buen relato y como no, al profesor. Ya lo decía aquel refrán: Dime quién te enseña y te diré como son tus relatos. O, ¿no era así? Jajajaja.
Un abrazo Mimi.

Pandora_cc dijo...

Oh! Que un tú me diga eso es la bomba Dani (un tú por el tema de que te mola el terror, ves cine del género etc.). Gracias mil!!
Sí, algo así decía el refrán, y si no pues nos lo inventamos jejejej.
Besiiis!!

Ginés Vera dijo...

El relato es magnífico, de actualidad y el mérito por supuestísimo es de Pandora. Enhorabuena. Confío en que tus lectores dejen sus opiniones, sobre el relato, y podamos leer aquí el que comentas: Perros locos en Manhattan.
Aprovecho para abrir matrícula de un nuevo curso: haga ud mismo sus propios refranes. Dani tiene un punto extra para la nota final. Qué grande, maestro.
Salu-2

Pandora_cc dijo...

Muchas gracias, Sir.
No creo que dejen sus opiniones, son tímidos ^^, pero gracias por la invitación que les haces.
Mola el tema del curso de refranes. Me apunto... Of course xD
Besis

ShiroDani dijo...

Un curso no, pero para un libro sí que daría... otras cosas más raras se han visto.
Y para despedirme dejo uno:
Algo se muere en el alma, cuando un amigo NO se va. Jajajaja.
¿Esto era un refran o una receta?
Un abrazo al caballero, y un besazo para la dama.

Pandora_cc dijo...

Grande Dani xDDD!
Besicos!