jueves, 31 de mayo de 2012

Cuento número 37. Perros locos en Manhattan.



Ilustración: Ralph Steadman



PERROS LOCOS EN MANHATTAN*


No tuvo suficiente con morderme a mí, también mordió a Tob.

Dos noches después, cuando febril me eché en el suelo buscando que bajara mi temperatura, lamenté que no fuéramos al momento a por medicinas, o algo que amortiguara el dolor. Escuchaba a Tob sollozar en su cama. Con la vista borrosa le vi temblar de pura agonía y mover la boca sin decir nada. Pero no podía levantarme para ir a su lado; a penas podía respirar. Pensé que ambos moriríamos infectados por la ponzoña de aquel gigantesco perro… Pero vimos el amanecer.

Agotados, no pudimos movernos en todo el día, pero llegada la noche, como si fuera una compensación por las horas de padecimiento, logramos dormir sin espasmos ni temblores.

Desperté cuando todavía no había amanecido; un fuerte dolor me recorría la columna vertebral subiendo hasta la cabeza, haciéndome gritar. Traté de levantarme un par de veces, él estaba boca arriba con una expresión terrible en la mirada, inmóvil. Me sentí enloquecer al verle en aquellas condiciones. Tob llevaba en mi vida más de siete años. Casi siempre estuve sola, pero desde que lo conocí fuimos dos. Él era todo para mí. Le quería aún sabiendo que lo nuestro nunca podría funcionar, porque no entendía una palabra de lo que decía: especies incompatibles.

Por eso, cuando a la noche pude moverme y me arrastré a su lado para verle morir, mi mundo se acabó. Él, que siempre había sido el más fuerte de los dos se quedó pálido, frío, con los ojos oscurecidos y el cuerpo ovillado, como cuando dormíamos plácidamente.

Me abandonó.

Lloré su pérdida desde lo profundo de mis entrañas, hasta que no pude hacerlo más. Me habían dejado de nuevo. El primero me abandonó cuando era una niña; dejaron de hacerle reír mis caricias… Y después él.

Sólo pude sentir cólera por la debilidad de Tob, por no haber sido capaz de resistir a la mordedura y tomar el camino fácil dejándome sola, a los pies de su cama.

Pronto cesaron las lágrimas para dejar paso a la rabia. No sé si me influyó la mordedura de aquel perro negro, no lo sé. Sólo que me sentí más grande y desesperada que nunca, y que cuando salí de casa esa noche, aceché a las parejas paseando su amor por el parque. Todos los hombres eran él, mientras yo me buscaba en las perras que caminaban felices junto a sus amos, junto a sus Tobs, sin encontrar nada. 

Sólo pude encontrarme cuando salté al cuello de los humanos y después al de ellas.

Sólo cuando la ponzoña les fluye también por las venas me veo en sus ojos. Están  furiosas, moribundas, esperando que acabe la pesadilla sin saber que no ha hecho más que empezar. Pronto llegará la rabia. Pronto, muy pronto, serán abandonadas.


Miriam Alonso


Lo prometido es deuda.
Aquí tenéis el relato correspondiente a la última sesión del taller de Ginés Vera.
Recomiendo encarecidamente que os apuntéis al próximo, de verdad. Este hombre es súper grande.
Gracias!!

2 comentarios:

Ginés Vera dijo...

Lo que hace grande a un taller son sus alumnos, lo he comprobado en otros, continuamente. En este "nuestro" que ha finalizado, germen de este excelente relato, se dio la fortuna de reunir a seis alumnos muy intuitivos, trabajadores y comprometidos. Fue un placer.

Perros locos es Manhattan es solo una muestra de tu talento literario, Pandora. El gran público, el que te sigue en El Estante Olvidado ya lo sabe, ahora quedan los que no te conocen.
Enhorabuena.

Pandora_cc dijo...

Parece que nos doremos la píldora en cada comentario, pero es cierto, este taller fue genial, pero más lo va a ser la súper cena de clausura que nos espera.
Gracias mil profe.
Bss