miércoles, 26 de septiembre de 2012

Cuento número 38. Barro de la creación

Esta figura es del famosísimo Golem de Praga, fue diseñada para la película  Císařův pekař — Pekařův císař



   Los golems son unas criaturas mágicas elaboradas con una mezcla de agua y arena, barro de la creación, en su gran mayoría. Pero hay golems de muchos tipos. Están los golems de pan (agua y harina de la creación), los golems de pasta (huevo y harina de la creación), los golems de pizza… Y tantos como un mago judío con mucho tiempo libre sea capaz de idear.

   Esta historia habla de un golem clásico (barro de la creación), y también de las prisas.

   El mago judío llevaba meses aburriéndose. Durante este tiempo se dedicó a crear miniaturas de golems que utilizó para hacerse la vida más cómoda. Su pequeño ejército podía realizar funciones sencillas: prepararle la comida, llevarle las zapatillas, solucionarle problemas contables, cepillarle los dientes... El trabajo de las miniaturas era ciertamente valioso, pero cuando la puerta del taller cayó al suelo de un mamporrazo, el mago sintió no haber fabricado un golem de piedra, con tamaño humano, que velara por su integridad. Poco podían hacer los pequeños enfrentados a un soldado real.

   –¡Queremos criaturas!
   –Cla cla claro que sí. ¿Cua cua cuántos quieren? ¿Los quie quie quieren envueltos para regalo? –El mago agarró un puñado de miniaturas que, asustadas, trataron de escapar entre sus dedos.
   –¡Queremos uno grande! –Dijo el soldado mostrándole los dientes, que casi parecían tan fieros como su espada.
   –Po po po po por supuesto, señor. ¡Uno grande!
   –¡Ahora! –Bramó el soldado.
   –Pe pero no tengo ahora… No tengo suficiente ma ma materi…
   –¡Ahora! –Repitió echando mano a su espada.
   –¡Sí señor!

   Y el mago se puso a trabajar al instante. Necesitaba reunir la materia prima para construir al ser. Setenta kilos de arena y veinte litros de agua quizá fueran suficientes, quizá…

   El mago apartó de un manotazo cuantos cachivaches había sobre la mesa, y allí arrojó lo poco que quedaba al fondo del saco de arena. Cuando vio que no tenía suficiente, vació también las macetas.

   Se arremangó  y comenzó a amasar la mezcla con ahínco. A ráfagas recordaba a su padre, el maestro Arturai Breadford, que le había enseñado el oficio siendo niño, y en su lecho de muerte, antes de exhalar, le había lanzado la miniatura del primer golem que construyó con plastilina, para después dedicarle un sonoro “chapucero”, y descansar en paz.

   Ya estaba terminando. Moldeaba el pié izquierdo de la criatura cuando el trueno de voz del soldado le hizo dar un brinco.

–¡Es muy pequeño! –Acompañó su valoración con un fuerte golpe en la mesa.
El mago sudaba tanto que fácilmente podría alojar a una familia de patos en los huecos de sus clavículas.
–No no no tengo más barro, señor –susurró lamentándose.

   Estaba modelando una boca simple, con forma de trompetilla, para el golem. Se la pegó en la  cara sin prestar demasiada atención. A continuación, dibujó en la frente los símbolos que le otorgarían la vida.

   –¡Es pequeño! –Repitió el soldado lanzándose furioso a por el mago. En ese instante el golem se incorporó con brusquedad, quedando sentado en forma de ele sobre la mesa.
   –¡Ya está listo! –El soldado miró a la criatura con desconfianza.
   –¡Vámonos! –Ordenó, pero el ser no se movió ni un poquito –. ¡Vámonos! –Repitió lanzando furiosas miradas a la criatura y al creador, que temblaba hecho un manojo de nervios, sin saber por qué el golem no obedecía. El soldado agarró al mago por la túnica.
   –¿Qué le pasa?
   –No no no lo sé –acertó a responder mientras le zarandeaba.

   Pero sí sí sí lo sabía.

   Había olvidado lo más importante del proceso. Antes de escribir los signos en la frente del golem, de moldear su cuerpo, e incluso de preparar los ingredientes para la mezcla, el mago debía tomar un papel y escribir en él la orden que la criatura acataría hasta que su amo le escribiera una nueva. Antes de escribir los signos en la frente, también tenía que hacer un agujero en el cuerpo de barro para introducirle la nota.

   El golem que había creado no tenía ningún agujero, lo que significaba que no recibía órdenes, pensó desolado el mago. Acababa de crear al primer golem libre de la historia.

   –¡Si él no obedece, tú vendrás con nosotros!
   –¿Yo? ¿Pero pero pero para qué me necesitáis a mí?
   –Vas a recuperar una llave del rey que se me ha caído en el pozo de los escorpiones.
   –¿Yo?
   –¡Tú! –Respondió el soldado cargándoselo al hombro.

   Colgando, vio su taller alejarse. Supo que sería muy complicado volver por allí, a menos que los guardias le dejaran una armadura o una cota de malla, para llevar a cabo la misión. Pero aquello era poco probable. Separar a un guardia de su armadura era tan fácil como separar a un borracho de un barril de vino gratis.

   –Chapucero…

   Escuchó silbar al golem observándole desde la mesa, cuando la puerta se cerró tras el soldado.


Mimi Alonso

3 comentarios:

Ginés Vera dijo...

Los buenos relatos tienen esto que son eternos, gustan la primera vez que los lees, la segunda y todas, cada vez más. Este es uno de mis relatos tuyos favoritos. Enhorabuena.

Miguel dijo...

Lo recuerdo, . . .

Pandora_cc dijo...

Ginés: gracias, la verdad es que fue una creación surgida en uno de tus talleres. Somos equipo jajaja

Miguel: anda que no di por saco con él xDDD Gracias por pasarte, amor.