lunes, 29 de octubre de 2012

Cuento número 40. Trega


Foto del Museo chileno de arte precolombino




   –Honrarás a tu padre y a tu madre, santificarás las fiestas…

   Trega escuchaba la misa en pie. Como el resto de campesinos aguardaba el final del sermón al fondo, resoplando de calor. Muchos no comprendían la perorata que el sacerdote se empeñaba en canturrear cansinamente. Pero ella, que en Portugal fue cuidada durante un par de años por el Santo Hombre –como le llamaba su madre–, no tuvo más remedio que aprender latín.

   Sonrió pensando en el mandamiento que exige la honra ferviente del hijo, cuando ella, nacida de un religioso cristiano y una criada de la corte árabe, siempre supuso un problema para ambos. No, no tenía obligación de honrarlos.

   Recordaba a su madre por verla un par de días festivos donde la trató con frialdad, como si en vez de la hija que entregó, Trega fuera una extraña.  Mientras que él sólo se interesó por su bastarda cuando la niña llegó a la escuela, donde le pegó más que a ningún otro estudiante por no acertar las traducciones de los malditos Versículos, de la maldita Biblia, del maldito Dios de los cristianos.

   Sin embargo al ganar su primer torneo de tiro con arco la cosa cambió. El sacerdote hábilmente se adueñó del jugoso premio otorgado a la vencedora. Tras la felicitación seguida de una copiosa cena con la que ella jamás osaría soñar, la animó a seguir tirando. En algún lugar de su interior sintió la dicha. Al fin el Santo Hombre parecía apreciarla según se acumulaban los premios y las cenas eran más abundantes.

   Pero todo cambió al cumplir los doce años, cuando quiso quedarse con lo ganado y él la golpeó tan fuerte como se le pega a un hombre. Esa noche una flecha accidental cortó la cara del religioso. Trega esperó hasta verle ir en busca de un médico para recuperar su bolsa cargada de monedas y, acto seguido, unirse a la caravana de campesinos con destino a España. La fortuna no pudo sonreírle más, todo el mundo decía que en España había torneos, riquezas y tiradores importantes. Al parecer, en realidad había de todo para todo el mundo.

   «No me dijeron nada de las misas…» pensó echándole una mirada de hastío a los guardias que flanqueaban las puertas del templo, asegurándose que los mudéjares siguieran sometidos, devotos y entusiastas, procesando el cristianismo entre hediondas paredes.

   –Las armas se dejan en la entrada –reprochó un anciano mirando el carcaj colgado a su espalda.
   –He dejado allí mi arco.
   –¡Esta es la casa de Dios! –replicó levantando la voz. En su cara podía verse que deseaba hacer llegar sus palabras a los guardias, quizá si la denunciaba conseguiría algún favor.

   Trega no tardó demasiado en reconocerlo. Le recordaba de la caravana, más árabe que Alá, aguantando el viaje sin probar bocado por coincidir en pleno Ramadán.

   –Ya te he dicho que el arco está fuera.
   –¡Pero las flechas también son armas! –exclamó el viejo mientras la guardia les dirigía miradas inquisidoras–. Perra infiel…
   –Igual que mis manos. De hecho, puedo mostrarte que sólo con ellas soy capaz de degollarte y arrancarte la piel ¿quieres verlo? –Escupió en un susurro.

   El hombre quedó mudo.

   Al finalizar la ceremonia la población mudéjar atrincherada en la iglesia emergió como un chorro de agua agónico, sucio, filtrándose entre las rocas. Vio al anciano hablando con los guardias cristianos, a uno de ellos señalarla y a otro aproximarse socarrón.


   Aquella noche, cuando el viejo recorrió el pueblo con la mejilla cortada, desangrándose en busca de un médico, descubrió consternado que la fría muerte aguardaba porque no lograba  encontrarlo. Sólo ella sabía dónde estaba; el doctor había abandonado la consulta para esperarla en la cabaña, desnudo y mecido entre pieles de oso. Le dedicó una sonrisa antes de emprender el regreso a casa internándose en los senderos que se perdían entre los árboles, donde todavía pudo escuchar sus últimos y agónicos gritos.

   Después de soportar el interrogatorio, las amenazas y la paliza que le dieron  los cristianos, sólo tuvo que disparar una flecha y caminar hacia su hogar. Allí pasaría una agradable velada envuelta en pieles junto a su amante. Se lo merecía.



Mimi Alonso

2 comentarios:

Ginés Vera dijo...

Interesante trasfondo histórico y no menos escalofriante esa trama en dos tiempos. Una flecha, dos aciertos. Bravo Mimi.

Pandora_cc dijo...

Muchas gracias Ginés.