lunes, 14 de enero de 2013

EL ELEFANTE, LOS ESTANTIANOS, EL LABERINTO y el juego de las 50.000 visitas.




     Un buen día, una mañana como cualquier otra, dejé el abrigo colgado en el respaldo de la silla. Hacía frío. Los suelos de las calles estaban humedecidos por el rocío del amanecer todavía próximo. Si alguien me hubiera dicho que aquella mañana viviría una aventura en el laberinto de piedra de la casa de mis abuelos no le hubiera creído. Y sin embargo, conforme el tren me iba acercando al pueblo me pareció notar un cosquilleo premonitorio que me recorría el cuerpo.

     El laberinto era el lugar que más me gustaba de casa de mis abuelos. Me pasaba desde siempre. No sé si era porque estaba influenciada por una peli de David Bowie o qué, pero sólo con pensar en él (en el Laberinto) me ponía palota. Llegué a casa de mis abuelos y para mi sorpresa no había nadie esperándome, me extrañó bastante, pero no le di importancia, pensé que antes iría al laberinto, dejé las maletas en la entrada y salí corriendo diciéndome que se está convirtiendo en una obsesión,cuando llegué a la entrada mi pulso estaba acelerado y no por la carrera precisamente, algo no cuadraba en la imagen pero no sabía lo que era, hasta que caí en la cuenta de que no estaba sola, había alguien más mirando lo que hacía, espiándome, lo que me puso muy nerviosa, haciendo que me volviera a plantear si debería de entrar o no en aquel sitio, o si tal vez sería mejor idea la de retroceder, pero pensé "aquí hemos venido a jugar" y agarrando ese pensamiento con fuerza me adentre en aquel laberinto a sabiendas del ¿posible pervertido? que me espiaba.

     Aquel laberinto no solo significaba un posible acertijo, sino que también era una aventura que estaba más que dispuesta a vivir, justo cuando entonces mi cordón se desató. Me incliné y miré los corredores desafiantes como siempre. No me daban miedo. ¡A POR TODAS! Me puse a correr como no lo había hecho en mi vida. Primero giro a la derecha, luego a la izquierda, después de nuevo a la izquierda y a la derecha otra vez. Sabía que había una plaza en algún lugar, pero nunca había llegado a verla... Algo en mi interior me dijo que la encontraría antes de que llegara el anochecer. Continué corriendo, girando y volviendo a girar hasta que algo se enganchó en mi abrigo deteniéndome...
     Mi abrigo se enganchó en ¿la trompa de un elefante! Aquello me trajo varias preguntas, tales como: ¿Qué hacía un elefante subido a los muros del laberinto? Y es más ¿Por qué me hacía ojitos, insinuando que quería algún tipo de afecto por mi parte? Todo aquello tan solo podría significar una cosa:


     –Línea directa con Monsevol. Al habla Marileesi ¿en qué puedo ayudarle?
     –Hola… Soy Mimi, Miriam o Pandora, como quiera, de El Estante Olvidado.
     –Sí dígame.
     –Mire, es que me he metido en un lío y creo que necesito ayuda.
     –¿Qué problema tiene?
     –Pues hice un juego en mi blog para celebrar que alcanzábamos las 50.000 visitas, y resulta que ahora no sé cómo puedo seguir el relato que he prometido que escribirí…
     –Monsevol está ocupado en asuntos urgentes y no va a poder atenderle ¿quiere dejar un mensaje?
     –Emmm… no, supongo que me las apañaré.
     –De acuerdo.
     –Graci…


     Tenía que haberme dado un golpe en la cabeza y seguro que estaba soñando o inconsciente. Me pellizqué el brazo duramente intentando forzar el despertar, pero al rato constaté boquiabierta que la trompa del elefante colgaba al otro lado del muro de piedra. Me decidí pues por lo obvio: dar la vuelta e intentar encontrar al elefante.
     Según caminaba bien girando a un lado o al otro, intenté no perder de vista aquella especie de macarrón grisáceo sobre el muro, pero era prácticamente imposible alcanzarlo. Tan pronto daba la sensación de estar a solo un giro de distancia, como la trompa y el supuesto elefante se alejaban muchos metros, tantos que me costaba distinguirlo.
     Continué caminando. Estaba tan centrada en el hallazgo del paquidermo que mi objetivo principal se desviaba por momentos. Porque mi objetivo principal era… Era… ¿Qué diablos estaba haciendo yo en el laberinto, más perdida que nunca? ¿Por qué eran, además, los muros tan altos? ¿Qué estaba pasando? Pensé escalar, pero según me aproximaba a la pared de piedra, daba la sensación de que ésta crecía sibilina, evitando siquiera que se me forjara la idea de hacer cumbre.
     «¡Mierda!» grité al laberinto.
     –Te has vuelto muy mal hablada con el paso del tiempo…
     –¿Quién ha dicho eso?
     –Oh, debí suponerlo: ya no te acuerdas de mí. Ha pasado tanto tiempo…
     –¿Jareth? –Pregunté con los ojos abiertos como platos.
     –¿Jareth? ¿Qué es eso?... No te acuerdas de mí… ¡es increíble!
     –Sí que lo es, sí –dije anclando los dedos en uno de los muros intentando escalar para seguir la voz: «te estás volviendo loca, fijo»–. Bueno, ¿vas a echarme una mano?
     –¿Yo? ¿Y por qué debería hacerlo? Sabes perfectamente cómo salir de éste enredo… Tienes once horas para hacerlo, o…
     –¿Seguro que no eres Jareth?
     –¡Deja de llamarme así! ¡Sabes perfectamente quién soy! ¡Nos conocemos!      –Respondió la voz alejándose.
     –Pues mira que bien –le increpé alzando un puño al cielo.
     «Céntrate. Tienes que salir de aquí, y tienes que hacerlo rápido porque ya es casi ha caído la noche y tus abuelos no te esperan; o sea que si no te mueves vas a dormir entre muros».
     La idea no me atraía nada, ciertamente.
     –¡Oh vamos! ¿Estás bromeando? –La voz me asustó al reaparecer de pronto y tan cerca. Era como si alguien me acabara de gritar al oído–. Deja de hacer el tonto y ven a la plaza, estoy esperándote.
     –¡Pero que no sé llegar! –Exclamé enervada–. ¡Que si supiera iría!
     –¿¡Que no sabes llegar!? ¡Pero si siempre quedamos allí, jodía!
     –¿Cómo?
     –¡Que te vistas y bajes de una vez! –Gritó histérica mi amiga, con la que iba a trabajar en coche–. Ya vamos diez… No. ¡Once minutos tarde!
     –Yo tengo que estar flipando –me dije, aunque mi voz debió de salir a lo grande y escaparse por el teléfono que sostenía entre mi mejilla y la almohada.
     –Pues deja de flipar y baja de una vez.
     –Vale, vale –comenté confusa.
     «Uff… Vaya tela con la fiebre, el resfriado y la medicación. Nunca había alucinado tanto tras tomar una Couldina…». Al menos, pese al terrible sabor que me había dejado en la boca, me encontraba un poco mejor.

     En la calle había nubes oscuras pero me consoló, según nos aproximábamos a la oficina, encontrar que el cielo seguía soleado. Definitivamente, y pese a despertar envuelta en alucinaciones, iba a ser una buena mañana, un buen día.
     Cuando llegué al trabajo dejé el abrigo colgado en el respaldo de la silla. Hacía frío. Desde mi ventana los suelos de las calles estaban humedecidos por el rocío del amanecer todavía próximo. Si alguien me hubiera dicho que aquella mañana…



 Gracias miles de millones a:
GINÉS, MARIPA, MARI, ANTHA, SUPER YO O HIPER YO Y DULCE SECRETO
Espero que os haya molado  jajajajja
Besitos y os espero atenta este 2013. Sois amor del güeno xDDDDDDDDDDDDDDD

2 comentarios:

Ginés Vera dijo...

Ha quedado de fábula!!! A ver cuando nos marcamos otro, pero antes de las 100.000 visitas. Pongamos un laberinto en nuestras vidas, je je.
Salu2.

Pandora_cc dijo...

Jajajaja.. En las 75.000 haremos algo chulo ^^