martes, 26 de febrero de 2013

Valencia Dark Week, lecturas


A finales de enero participé en la Valencia Dark Week leyendo un par de relatos. Si bien mi lectura dejó que desear (yo no piloto aún eso de hablar y respirar a un tiempo, sabe usté?), he de decir que fue una experiencia muy chula que repetiría sin dudarlo.
Os dejo aquí los relatos que leí, ambos pertenecen a mi recopilatorio de cuentos Susurros de musa, que muy pronto... muahahhaha... Esto ya os lo contaré más adelante.


Aquí los lectores posando. Voy a nombrar sólo a los que estábamos abajo, porque lamentablemente no nos dio tiempo a conocernos a todos. De izquierda a derecha ShiroDani, yo y Ginés Vera. 



Tolouse y la gitana. 

Besos de láudano, colilla apagada en boca. Sobre la mesa, las apuestas de una noche oscura en que el fulgor que recordaba al sol, lejos en el horizonte, cantaba baladas tardías.
Amatistas viajeras en sortijas de aro informe por el efusivo batir de palmas a manos de las más efusivas cabareteras. Entre encajes y faldas, se descolgaban ligas haciendo gala de una picardía, nunca vista, por fortuna, en la enrevesada noche francesa.
Una lámina de mujer otoño cubría la pared sustituyendo a la primavera que se engulló al verano para llegada del invierno. Y junto a ella, colgaba el cartel anunciador de un gato con maullido amarillo y rígido semblante diciendo lo que todos sabían: era la apertura de aquel maravilloso lugar para encuentro de sabios, escritores y actores, poetas, que elevaban el sitio a la gloria mientras la absenta bajaba por sus gargantas.
Lucían risas flojas, y a merced de aquellos vapores hipnóticos, olvidaban las guerras, el apetito y la sed, salvo la de anécdotas y reveses del destino, que cada uno, encontrando entre aquellas paredes un ánima afín, compartía con esmero tañendo su herramienta por campana, bebiendo sentados siempre en la mesa más oscura.
—¿Qué te ha pasado? No eres el mismo, ¿te has enamorado?
—De tu madre, anoche estuve con ella —dijo Toulosse—. Hay que ver qué garbo tiene esa vieja.
—¡Qué deshonra! —Replicó su colega sonriente.— ¿Hoy no habías blasfemado? ¿Te cogí de paso en la vereda con el ánimo ardiente? ¡Pobre de mi reputación!
En la mesa estallaron las risas. Las apuestas continuaron bailando golpeadas por la mano que se ahoga borracha de jocosidad bohemia…
Hasta que llegó el amor…
La gitana de Tolousse y su melena entrando al Chat Noir, bendición y maldición, dirigiendo el pincel en los sueños de un pintor que era también poeta. Sólo entonces sentía su cuerpo extraño, cuando podía distinguir desde la platea la blancura de sus perlas centelleantes. Y al momento bailaba, y no dejaba de hacerlo hasta que salía el sol, la  víbora morena se contoneaba sin descanso mientras él buscaba cobijo en la soledad del poeta, sorteando el París de Rimbaud, Victor Hugo y flores del mal, dejando en El Chat a sus amigos, Salis y Rivière, que jugaban la luces muertas de un circo. Entonces arribaba a las calles frías también donde podía encontrar el amor esperando a cada quiebro. Pero no tendría la suerte del  Phoebo de Victor Hugo, no: él no toparía con su alegre gitana saltarina. Con suerte daría con alguna fulana que, aguantando la risa al verlo deforme, aceptara acompañarle.

Y así sucedería. Tras pagar el favor, cuando la mujerzuela huyera de su estudio, se enfrentaría a un lienzo sólo virgen en las esquinas, testimonio de los intentos imposibles que llevaba a cabo el pequeño conde. Allí, bajo la luz de un candil, evocaría a La Gitana con sus pinceles.
 Surcaría el lienzo tras mecer la brocha en blanco, para purificar el semblante. Tonos rubicundos daría a las sedas que la recubrían. Haría sudar el pincel en oro, para las monedas de la cintura y el ombligo… Negro azabache para los bucles de su cabellera. Verde… Con verde pintaría la envidia, la enfermedad, la peste, la desidia:  La Mentira... Verdes serían sus ojos de gitana, tan verdes como los billetes que mientras bailaba, otros deslizaban en su liga. 


Joseph y las flores envenenadas.

«Los que saben lo que quieren, obtienen cuanto desean».
A menudo recordaba las palabras que su padre dijo antes de perder la mayor parte de su herencia: por aquel entonces no le creyó. También le venían a la cabeza las de su madre, ésta más agorera: «Mala cosa aguarda al incrédulo que al llegar a la puerta de san Pedro, descubrirá cuan equivocado estaba… Mala suerte para el codicioso, el que miente, el de la conciencia dormida… Nubes negras para quien se ciega por lo que ansía…»
Malditos poetas, malditas beatas...Y  malditas también las otras, las musas las banales y enfermas, que pudriéndose en la gloria olvidan al que las hizo ser lo que son, entre escrituras, testamentos y ábacos.
—¿Qué archivas? —El señor Stiltford apareció en su despacho de modo tan repentino como acostumbraba. Se ajustó los cubre-mangas antes de asomarse a la trinchera tras la que Joseph se resguardaba.
—Nada importante —alegó cubriendo con un fajo de papeles el libro.
—Nunca llegarás a ser nadie si crees que lo que haces no es importante. —Respondió Stilford ceñudo. Las tramitaciones legales le habían robado más de la mitad de su vida; afrentar un documento era lanzar una afrenta contra sí mismo.
Abandonó el despacho dando un golpe seco a la puerta. Escuchó el tacón de sus botas chocando con furia contra el parqué. En cuanto lo supo lejos, apartó los documentos, dejando el libro al descubierto. Pasó los dedos un par de veces por la tapa. No debía leerlo, no estaba bien hacerlo en la notaría, pero sentía la necesidad de sumergirse en sus páginas: hambre voraz que amenazaba a su consciencia, temblores, vibraba… Pero al abrirlo, paz, volvía la calma, y el cielo tornaba a ser cielo mientras no escaseara la tinta…
—¿No vienes a comer? —Roxanne  había entrado en su despacho con la misma viveza que una alegre mariposa.
Batió sus alas insistiendo un par de veces en que fuera con ella, pero por más que insistió no logró que Joseph abandonara su libro para acompañarla. Despertó así la mariposa al huracán dejándolo después encerrado en su diminuta estancia, librando batallas que nadie podría imaginar.
Sólo pasó un par de páginas, sólo dos o tres más, cuando reapareció la polilla en la puerta, invitándolo a su casa. Joseph, receloso, consultó el reloj colgando de su chaleco: la jornada estaba cumplida. Incrédulo, comenzó a reunir todos los contratos  y discordias para introducirlos en el maletín de piel que sus padres le regalaron al finalizar los estudios, y junto a ellos metió el libro que le había embrujado.
—¿Qué es? —Preguntó Roxanne curiosa, acercando la mano al maletín.
—Es una agenda, nada de importancia... —La mujer le miró levantando una ceja, mientras pensaba en la serigrafía dorada de la misteriosa obra—. Ve yendo, yo te alcanzo.
La siguió con la mirada hasta que desapareció por la salida principal. Entonces se enfundó la sobria levita negra, y agarrando la cartera, dejó el edificio por la puerta de atrás.

Sentía un nudo en la garganta mientras caminaba acosado por los versos malditos de los malditos poetas. Echando ojeadas a su espalda, estuvo tentado de correr en un par de ocasiones, pero se contuvo. Sus padres no aprobarían semejante comportamiento, su mente tampoco podría recuperarse jamás. No obstante aceleró el paso, llegó a la mansión jadeante, no se detuvo a hablar con el ama de llaves, ni con Simone, la graciosa niña que le subiría la cena poco después.
Una vez solo debía hacerlo, ya había esperado demasiado. Tomó la pluma y la hundió en el tintero sintiendo sus latidos menos violentos a medida que el plumín surcaba cada página, cambiaba cada nombre…

—Permiso, joven amo Joseph.
—Entra.
Dejó la bandeja de plata en el escritorio, deteniendo su mirada sobre las páginas del libro abierto, garabateado, del que colgaba una pluma goteando tinta.
—Eso manchará la madera, señor. —Replicó la chica volviéndose a su amo, que la observaba satisfecho tendido en la cama.
—Valió la pena: convertí a la musa banal en la musa enferma...

Simone abandonó el dormitorio del señor. Jamás había visto que alguien le hiciera eso a un libro, seguro que por ello iría al infierno. Y el castigo del señor sería el peor, porque el libro era bello... No podía ser de otro modo, si hablaba de flores.




Gracias a todos los que se acercaron a escucharnos, y a los que no también. 
Aleeeee
¡Gracias!



2 comentarios:

Ginés Vera dijo...

Estuve allí y te escuché perfectamente leer y respirar... luego me colé en la foto, o sea que agradecido. Esperamos esos 'susurros de musa' creo que pinta interesante esa misteriosa espectativa. Enhorabuena.

Mimi Alonso dijo...

No te colaste, tú eras uno de los imprescindibles en esa foto.
Ya os contaré respecto a lo otro :)