jueves, 26 de diciembre de 2013

Entrevista Gabriel Castelló, Valentia

Pudimos leer un extracto en la sección de La Gonzo donde colaboro, pero muchos os quedásteis con ganas de más. Bien, aquí os traigo la entrevista completa a este pedazo de escritor y amigo, Gabriel Castelló. Disfrutad.




M.: Vamos a empezar fuerte con una pregunta obligatoria. Entre todas las épocas, entre todos los personajes, ¿por qué le escribiste unas memorias a Cayo Antonio Naso?
G.: Buena pregunta, además de obligatoria, de extensa exposición: la Historia antigua de Valencia, toda la anterior al 9 de Octubre de 1238, es con frecuencia ninguneada por muchos estamentos políticos y académicos de esta tierra, quizá porque la existencia de una civilización ibera, romana y árabe fuerte y compleja entra en conflicto con otros planes más prosaicos. Dentro de ese gran espectro de cientos de años, mi pasión se desata con la antigua Roma, una época legendaria en la que se gestó nuestro mundo actual y de la que somos directos herederos (toponimia, idioma, costumbres, leyes, etc.) Después de leer ávidamente Sónica la cortesana de nuestro insigne paisano D. Vicente Blasco Ibáñez, otro injusto ninguneado por su ideología política, aconfesional y pragmática, me di cuenta de dos cosas:
a)      Había pasado casi un siglo sin que nadie escribiese un relato de ficción histórica ambientado en nuestra Antigüedad clásica.
b)      Después de muchos años de estudio, lectura, visita de piedras viejas y museos, estaba en condiciones de emular a uno de mis más reverenciados autores y aportar mi modesta contribución a la literatura e historia de Valencia novelando algún pasaje de nuestra época romana.
 El punto B se desató al encontrar una foto de la recién excavada plaza de la Almoina en la que aparecía un esqueleto con claros signos de tortura procedente del estrato de destrucción que presentaban los restos arqueológicos de la Valentia del año 75 a.C. Investigando más descubrí que aquel desastre sobrevino tras la revuelta del procónsul Quinto Sertorio contra el gobierno de Sila, la llegada de Pompeyo el grande a Hispania para solventar la rebelión, los combates que narraron Plutarco, Dion Casio y Apiano en Saguntum, Valentia, Lauro y Sucrone (todos en la actual provincia de Valencia) y las terribles consecuencias que la guerra civil ocasionó a la Edetania. Acababa de encontrar una historia épica y casi desconocida en nuestra olvidada Valencia romana, pero necesitaba un narrador independiente de las grandes figuras históricas que aparecían en ella, un testigo presencial de los hechos que fuese también parte de ellos para aportar más dramatismo al relato. Así nació Cayo Antonio Naso, ciudadano de Valentia, comerciante, espía y consejero de Quinto Sertorio.

M.: Está Tito a punto de ver cómo empiezan las carreras y leo “ludus maximus”. Cosas que ocurren, en vez de pensar en mis cinco años estudiando latín, pienso en Harry Potter y me pregunto: ¿este hombre (tú) estudia latín por las noches o tiene un libro “cosas de romanos para gente pro” que le chiva las locuciones latinas?
G.: Bueno, cuando te documentas para acometer con solvencia una saga como esta descubres muchas cosas. Hay situaciones, objetos, cargos, etc. que pueden decirse en castellano sin cambiar el sentido original de la palabra, por ejemplo uso prefecto y no praefectus, pero no usaría dignidad por dignitas, pues el significado de la palabra latina es mucho más amplio. En el caso de las carreras pasa algo así, el ludus maximus es el gran espectáculo, no una simple pelea de gladiadores o una lucha de fieras, sino las carreras de carros, el equivalente social al fútbol de la sociedad romana. De todos modos, el latín es el origen de nuestras dos lenguas oficiales, nunca está de más conocerlo y apreciarlo en su justa medida.

M.: Al principio de la novela tuve un pequeño momento de confusión cuando pensé que el prota salía de Saguntum, no de Valentia. Coméntanos un poco de la estructura de tu novela.
G.: El mundo romano es mucho más complejo de lo que pueda parecerle a quien no lo conozca en profundidad. Cuando comencé a escribir Valentia, que no fue de principio a fin como es lógico, sino que comencé por el centro, quise que la introducción de la obra fuese diferente al comienzo del típico relato en primera persona contado desde la vejez estilo Yo, Claudio de Robert Graves (una de mis novelas favoritas), así que decidí romper con el esquema clásico y utilizar un recurso que descubrí en la novela La piedra del destino del gran Jesús Maeso de la Torre, en la que mucho tiempo de los hechos principales, éstos se rememoraban por un descendiente del protagonista a través de unas viejas crónicas. Y así lo hice, escribiendo una introducción ambientada en la Valentia del año 260 d.C. cuya acción comienza justo en el día en el que los primeros germanos aparecen en la ciudad. Durante este momento de crisis, caos y terror, Tito Antonio, protagonista de esta introducción  y descendiente de la misma gens de aquel Cayo Antonio de época republicana, consigue escapar de Valentia, rescata los anales familiares de su villa rural y los pone a salvo en Saguntum. De su posterior lectura deriva el cuerpo principal de la novela: las memorias de Cayo Antonio Naso.

M.: A pesar de eso, la novela continúa avanzando ¡y a traición nos cambias el narrador!
G.: No es a traición, cómo te acabo de explicar, es un recurso que me permite mostrar Valentia y sus gentes con tres siglos de diferencia, de la próspera e inocente colonia sin muros y dedicada al comercio y al circo que vemos en la introducción a la ciudad fortificada y bastión rebelde del cuerpo principal de la novela. Aunque generalmente veamos una novela histórica de romanos como una única época, en realidad no es así, como tampoco lo es en épocas más recientes. Problemas distintos con entornos diferentes: de las rebeliones políticas y tensiones entre indígenas y romanos de la república a los problemas religiosos y financieros y las incursiones bárbaras en el Imperio. Tres siglos son mucho tiempo en una sociedad. Piensa que hace trescientos años no existían los Estados Unidos de América.

M.: Penes a modo amuleto para la guerra, penes en bolsas… Alucinada me hallo.
G.: La cristiandad ha dado muchas cosas al mundo, pero también ha esquilmado muchas más. Los tabúes sobre el cuerpo humano, la desnudez, el sexo, los placeres, etc. son fruto de esa educación judeo-cristiana donde la desnudez, el goce físico y todo lo sexual es pecado o pecaminoso y, llana y sencillamente, malo para la moral y el espíritu. Nada más lejos de la verdadera naturaleza de las cosas, que como decimos por aquí, “res hi ha més natural que la figa per al pardal”. El falo es un símbolo de fertilidad, vigor y buena salud desde tiempos inmemoriales, y así era concebido en el mundo romano. Un pene alado pendiendo del cuello es un gran amuleto, o el pene de un bárbaro disecado, o un falo erecto esculpido en las losas del pavimento para indicar qué dirección correcta tomar para encontrar el lupanar…

M.: Me ha parecido realmente violenta en algunas partes, puede que sea porque leo muy poquitas cosas así, pero quedé impactada con las torturas y alguna muerte que describes.
G.: La violencia es propia de la condición humana, y en tiempos donde los derechos humanos serían considerados ciencia-ficción, extirparla de un relato histórico sería cometer el terrible “presentismo” del que adolecen muchos relatos. En un mundo donde un esclavo es un objeto, no muy diferente a un buey o un caballo, y donde no existe un tribunal de La Haya para decidir si un asalto es cruento o no, imagínate cómo sería vivir, y así has de mostrarlo, con toda crudeza, si quieres ser fiel a una época e idiosincrasia. Si has visto La Pasión de Cristo de Mel Gibson no hace falta explicarte cómo se las gastaría un carcelero de Judea en el siglo I, prácticamente la época de la que estamos hablando.


M.: Me descubro intentando ubicar escenarios de tu novela en la Valencia actual, incluso dándoles consejos a los protagonistas (como que no rodeen, sino que para llegar a Sagunto tiren como si fueran a ir a Alcampo, un camino mucho más recto xDDDD). Me lo he pasado teta siguiendo sus rutas. ¿Te lo han comentado los lectores valencianos?
G.: Me alegro de que te hayan gustado mis rutas. Hay que hacer solo un pequeño ejercicio de imaginación para eliminar del horizonte todo lo modificado por la mano del hombre y mirar hacia la Calderona, ver un manto de trigales, viñedos y olivares desde la posta de la Vía Augusta en Tabernae hasta las tres colinas de Enesa (El Puig), con un inmenso humedal entre la calzada y el mar, refugio de algunos fugitivos en la introducción de la novela. En sentido contrario, la vista de un Palus Nacarensis (L’Albufera) veinte veces más grande que hoy, desde la desembocadura del Sucro (Xúquer) en Portus Sucronensis (Cullera) hasta la del Turius (Turia) en Valentia. Sí, la profusión topográfica y paisajística ha sido muy celebrada por el público en general, y el valenciano en particular, pues imbricado en este relato de aventuras el lector puede sumergirse en unos tiempos tan lejanos, pero tan cercanos a la vez, gracias a mi humilde reconstrucción del territorio hace veinte siglos.

M.: Volviendo a los personajes, tienes unos secundarios brutales. Me ha encantado Calvisio, por ejemplo, pero también tomé cariño a Menufeth el egipcio, a Artemio y a Sertorio.  
G.: Los personajes de todo relato de ficción histórica son siempre de dos modos, redondos y planos, los primeros, los complejos, siempre lo protagonizan y los segundos, más simples, en general lo decoran. Como yo soy un poco barroco, ya me conoces y has padecido mis dos novelas, yo voy más allá, aportando al relato algunos personajes redondos secundarios que podrían emanciparse de la novela y ser por ellos mismos protagonistas de otro relato, lo que llaman en inglés un spin-off. El centurión Calvisio, de vuelta de todo después de pasar media vida sirviendo a las Águilas en Germania, mi médico alejandrino Menufeth (un evidente guiño a otra de mis novelas fetiche, Sinuhé, el egipcio de Mika Waltari), el piloto sículo Artemio, un Odiseo al servicio de los Antonio y, por supuesto, e imprescindible, el co-protagonista de esta novela: Quinto Sertorio, un héroe romántico, una mezcla de Aníbal y Viriato, repleto de luces y sombras, que hace de él la sal de este relato.

M.: La cocina, los menús que toman los personajes molan.
G.: Soy un aficionado a la “arqueogastronomía”. Desde el De Re Coquinaria de Apicio hasta mis propios guisos rescatando los ingredientes, modos y usos del mundo antiguo, los platos y banquetes que aparecen en mis novelas están basados en recetas antiguas del mundo greco-romano. Descubrir la cocina del Mare Internum ha supuesto un antes y un después para mí. Ya sabes que en mi blog tengo un compendio de recetas y un buen número de seguidores.

M.: Perdidos entre las páginas de Valentia es tan fácil conmoverse con lo que lees como mosquearse. Las justicias y los justos, las injusticias y mucho cabrón que hay por ahí suelto, dan que pensar. ¿Crees que es una novela, pese a todo, reflexiva?
G.: Es una novela veraz en los hechos y verosímil en lo fabulado. Personalmente pienso que esa es la clave para un buen relato de ficción histórica. Por desgracia, y todavía vigente en nuestro mundo, no siempre gana el justo, ni siempre se hace justicia. Miles de injusticias jalonan los diarios, los informativos, las sentencias judiciales… Pero ese es el mundo en el que vivimos, en el sistema político menos malo, donde siempre los poderosos escapan de sus responsabilidades por la codicia, desidia o inutilidad de quienes tienen que velar por la justicia. Sí que es cierto que algunos pasajes de esta novela producen cierta sensación de déjà vu.

M.: ¡Pobres cabras sacrificadas en honor a Poseidón, mare! ¡Qué lástima!
G.: Los romanos no eran supersticiosos, sino lo siguiente. Habrás visto cuántos ritos religiosos aparecen, y qué similares a los nuestros, heredados durante siglos, aunque se hayan sustituido a los antiguos y verdaderos dioses por los santos y vírgenes.

M.: La parte Caput Mundi me ha parecido abrumadora, tanto por la descripción como por la percepción de Roma que tiene Cayo Antonio Naso.
G.: Cayo es el narrador, es un hombre joven criado en una pequeña ciudad de la Hispania Citerior (Valentia no tendría por entonces más de diez mil habitantes) que a raíz de su aventura comercial y sentimental se ve en el foro republicano de Roma, el centro del mundo mediterráneo, aturdido por el ruido, el hedor, la oferta lúdico-festiva de Subura, los templos del Capitolio, el colorido, la diversidad de sus gentes, etc… Siempre he sostenido que la Roma republicana se parecería más a Calcuta que a Washington, repleta de puestos ambulantes, sucia, ruidosa, con un aroma mezcla de boñigas y especias, de calles estrechas y peligrosas y grandes tumultos…

M.: Creo que el vino es otro protagonista de la obra, aunque no hable.
G.: En cierto modo sí, pues el vino es el negocio y sustento de los Antonio y el motivo del viaje comercial hasta Italia y África que fundamenta la parte aventurera de su relato. Se han hallado restos de ánforas saguntinas desde Dinamarca a Siria, por lo que gentes como Cayo Antonio se dedicaron a la elaboración y comercio del vino por toda la Ecúmene. Por otro lado, la “D.O.” más antigua de la nación está en Kelin (Caudete de las Fuentes), donde se han encontrado teselas marcadas para las ánforas vinarias fechadas entre los siglos V-IV a.C. La plana de Utiel-Requena es una zona productora de vinos desde época ibera hasta nuestros días. 


M.: Y así podría seguir nombrándote personajes y momentos de la novela, extensa pero sorprendentemente ligera. ¿Tuviste claro que era la primera parte de una trilogía al nacer la idea o vino después?
G.: Vino después. En Valentia vacié el cargador, pues como autor novel, no sabes si sería la primera o la única vez que vería publicado mi trabajo. El éxito que tuvo la novela en su primera etapa me dio fuerzas e ingredientes para continuar investigando donde había dejado la historia de los Antonio. Así llegó Devotio, los enemigos de César, donde dos tramas paralelas continúan las historias de Tito Antonio durante la gran persecución de los cristianos y Lucio Antonio durante la Guerra Civil entre César y Pompeyo el Grande.

M.: ¿Cuándo podemos esperar la tercera parte?
G.: Idus Martius… En la primavera del 2014 llegará El hijo de Neptuno, tercera entrega de la saga, en la que Lucio Antonio será testigo y parte de muchos acontecimientos cruciales en la agonía de la república. He hecho una novela de carreras, pero no de cuadrigas, sino de ambiciones, donde muestro de forma coral la carrera hacia el poder de Sexto Pompeyo, Marco Antonio y Cayo Octavio. Desde la insurrección pompeyana en Hispania y Sicilia, al exotismo de la Alejandría de Cleopatra hasta el misterioso Imperio Parto, El hijo de Neptuno hará las delicias de los “romadictos” más exigentes.

M.: Imagina que pudieras sentarte junto a uno de tus personajes una tarde de verano, bajo la magnífica parra de una tranquila masía, ¿junto a quién te sentarías? ¿Le darías algún consejo?
G.: Me sentaría con mi admirado Sertorio. Por supuesto, le diría… Quinto, por todos los dioses, deshazte de Marco Perpena Vento, y hazlo pronto.

M.: ¿Sobre qué escribirías si no lo hicieras sobre romanos?
G.: Hay varias épocas que me atraen mucho, en general el crepúsculo de las civilizaciones; el final del Imperio Romano, Bizancio y la Antigüedad tardía me resultan muy sugerente, así como la época de los Papas valencianos o la Guerra de Sucesión. Si los dioses me conceden tiempo, salud y sestercios, quizá me meta en nuevos proyectos.

M.: ¿Te ha gustado la entrevista?
G.:





Me ha encantado… ¿Y a ti Valentia?

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