jueves, 13 de febrero de 2014

Cuento número 51. Especial San Valentín Sin pluma ni papel (¡¡Adult!!)







Daban las ocho en el reloj de la sala de espera. La tarde moría despacio, julio tenía esas cosas; zapatos agonizando pegados al asfalto, hombros cubiertos para evitar quemaduras… Por fortuna la habitación se refrescaba con aire acondicionado.
¿Le firmaría el libro? ¿Quedaría como una idiota si se lo pedía? Solo entraron dos periodistas más, pero ellos tardaron poco en abandonar la sala porque trabajaban para televisión e importantes cadenas de radio, no esperaban nerviosos grabadora en mano. Faltaban unos minutos para las ocho y media, llegó con antelación, pero la entrevista lo merecía: el ganador del certamen literario más importante a nivel europeo estaba en el edificio, seguro que con pinta de pirata convicto enfundado en traje, siempre con barba cana. Podría haber esperado siglos para reunirse con Alejandro Saavedra, pero finalmente la puerta se abrió y el agente del pirata le guió hasta otra habitación. El pasillo resultó demasiado oscuro comparado con los grandes hoteles donde normalmente realizaba entrevistas, pero también era cierto que el bucanero tenía fama de excéntrico, no era de extrañar que hubiera elegido aquel. A sus cincuenta y pocos años había ganado la admiración de todos, el favor de los justos, y el odio de muchos. Era un personaje casi legendario, pensaba nerviosa recorriendo el último tramo de corredor.
—Buenas tardes.
Alejandro no respondió. Miraba por la ventana perdido en el tráfico de la avenida, las manos enlazadas a la espalda, su perfume sutil pero contundente repartido por la habitación. Guardó silencio todavía de pie.
—Siéntate, por favor —Cristina obedeció tensa como una chiquilla que va a conocer a su cantante favorito.
—Hace demasiado calor y es tarde, ¿por qué no hacemos esto mañana?
Caramba, no esperaba escucharle decir algo así ya de entrada, sobre todo porque supuestamente, a pesar de la fama, Alejandro era afable.
—Si quiere podemos dejarlo —comentó ella que por nada del mundo deseaba quedar mal o parecer pesada a su escritor favorito. El pirata se volvió con una sonrisa torcida para mirar por primera vez a la entrevistadora.
—Así no vas a llegar muy lejos. En esta profesión debes aprovechar cualquier momento para conseguir lo que quieres —respondió tomando asiento en un sillón enfrentado a ella. Alejandro, periodista hasta que decidió dejar de serlo, sabía bien cómo funcionaba el oficio.
—Empecemos entonces —dijo Cristina sentándose. Dejó el bolso en el suelo mientras ponía en marcha la grabadora.
—No la conectes, confía en tu memoria.
—No sé si puedo fiarme de ella —estaba inquieta, ¿Alejandro no dejaba que grabaran sus entrevistas? ¿De qué iba aquello?
—Prueba —sentenció viéndole guardar el aparato en el bolso. Sacó un pequeño cuaderno con las preguntas.
—Está bien, empecemos…
—Sí, sí, adelante —parecía divertido sonriendo con la cabeza ladeada, cómodo en su asiento.
—Bueno… Es usted un autor de gran proyección tanto nacional como internacionalmente, ¿cuando empezó pensó que llegaría a…?
—Lo estás haciendo mal. Para captar la atención del entrevistado lo primero es juzgar qué tipo de humor tiene, bromear si es posible, y si no lo es debes hacer que se aproximen nuestras posiciones. Cuéntame algo personal, alguna anécdota. Si no sintonizas con él, conmigo, tu entrevistado se aburrirá y responderá, responderé, lo mismo que tu público puede leer en cualquier otro medio.
—Vale —dijo en absoluta tensión—. Mi nombre es Cristina, escribo para diversos sitios web y también tengo un par de ensayos sobre…
—¿Es tu primera entrevista importante?... No me mires así, no peco de falta de modestia, créeme.
—Es la primera que solicito directamente, las otras me las habían adjudicado.
—¿Por qué la has solicitado?
—Quería conocerle, le sigo desde hace mucho tiempo.
—¿Has leído mis novelas?
—Leo todo lo que publica.
—Lo dudo, es demasiado —Alejandro se equivocaba. Sí lo leía, por eso ante tal afirmación Cristina se sintió más absurda y avergonzada que nunca—. ¿Estás bien? ¿Quizá nerviosa?
—Un poco, no sé.
—No tienes por qué, como ves soy bastante engreído y un poco gilipollas —dijo cansado. Llevaba toda la tarde concediendo tiempo a gente que le habría aplaudido hasta si eructaba en sus caras.
—No es usted gilipollas.
—No sigas por ahí, tengo bastantes tocapelotas alrededor. Sé cómo soy —Cris bajó la vista. ¿Por qué sentía humillación si no había hecho nada malo?—. Tienes razón, deberíamos dejar la entrevista para mañana.
—No.
—¿Perdona?
—Que no me parece bien. Si no le importa quiero aprovechar el momento —dijo desafiante, él sonrió.
—De acuerdo —respondió más atento a su entrevistadora—, entonces guarda el bloc y dispara a bocajarro.
Después de una hora con él no sabía quién había entrevistado a quién, pero lo cierto fue que el escritor respondió a todas sus preguntas con aire divertido, incluso a las que hizo para atacar su seguridad. A las nueve y media el agente abrió la puerta.
—¿Nos vamos?
—Por supuesto. ¿Tienes hambre, Cristina?
—No mucha, la verdad —¿cómo tenerla? Todavía no podía creer lo que había pasado en aquella habitación.
—Entonces no querrás que tomemos algo fresco, ¿no?
—Pues sí voy a aceptar, siempre quise beber una cerveza con usted.
—Sea —dijo abriendo la puerta para dejarla salir. Caminaron junto al agente hasta el ascensor—. Y tranquila, pese a lo que hayas oído de mí, en el fondo soy un caballero —rió.
Curioso, pensaba Cristina. A ella le hubiera gustado que no fuera un caballero, la llevara a un hotel de mala muerte como en sus novelas y le hiciera de todo menos cosquillas. Una lástima que estuviera casado y con hijo de por medio.
Alejandro se dejó guiar a una taberna donde al fin pidieron una cerveza, esta precedió al tinto de verano que dejaba lenguas como lijas.
—¿Y para cenar?
—Yo tortilla de espárragos, ¿usted?
—Esto que lleva pimientos, gracias —indicó con el dedo al camarero que, pese a lo informal del lugar llevaba su uniforme impoluto. El chico les dejó en la intimidad de un local lleno de gente—. Bueno, ahora que estamos solos, cuéntame más.
—¿De qué?
—De ti —Cris volvió a ponerse nerviosa.
—Quiero ser escritora desde siempre, llevo siguiéndole también desde siempre. Creo que leí su primer libro a los doce años y a día de hoy, con veintiséis, sigo recomendándolo.
—Me halagas.
—No lo pretendo, créame, pero tiene algo muy potente, su pluma es de las mejores.
—¿Por qué no me tuteas? —preguntó cuando el camarero se acercaba con los entrantes.
—Porque todavía no he compartido mesa con usted —Alejandro volvió a reír la velocidad de su respuesta.
—Bueno, eso hay que solucionarlo: vamos a cenar, después me tuteas.
—Ya veremos —se llevó la copa a los labios.
*
Cris estaba en el aseo humedeciéndose las muñecas, tenía demasiado calor, estaba muy excitada por todo lo que había ocurrido desde la tarde, debía refrescarse porque de no hacerlo iba a subírsele encima y hacerle cualquier cosa en un rincón. Nunca le había pasado algo semejante. Alejandro, el pirata, el bucanero, el de la sonrisa rota y barba cana, estimulaba su cuerpo y mente sin ponerle un dedo encima. Follar con él tenía que ser una experiencia próxima a lo divino.
Cuando regresó a la mesa su escritor había desaparecido. El camarero viéndola confusa señaló con el mentón hacia la puerta. Allí estaba, fumando uno de sus famosos cigarrillos oscuros, con su lustroso zapato contra la pared.
—Ha refrescado un poco.
—Sí —dijo ella—. Bueno, creo que es buen momento para retirarme. Voy a pagar y…
—Ya lo hice, te dije que en el fondo soy un caballero. ¿Vamos?
—¿Dónde?
—Donde empezamos, ¿quieres?
Caminaron juntos hasta una parada de taxis. Quince minutos después el coche se detuvo en la avenida. Cris volvía a colgarse el bolso cuando Alejandro sacó unas llaves pidiendo que le siguiera. Buen vino, le dijo, así debía terminar una noche de entrevistas tardías.
Poco después volvían a sentarse como hacía horas, uno frente al otro; ella conteniendo las ganas de desnudarse sobre él, él…
—¿Tienes alguna pregunta más?
—No, ¿debería?
—Deberías —respondió lleno de lujuria.
Cris se quitó los zapatos aún sentada, pronto caminó sacándose la camiseta negra escotada, dejando el raso del sujetador brillar a la luz de la avenida. Le montó a horcajadas sintiendo los dedos que habían escrito tantas novelas desabrochar el botón de su vaquero. Ella abrió su camisa entre mordeduras, buscando con la lengua el éxtasis de letras lejanas que poco tenían que ver con poética por ser rudas, narrativas en esencia: lenguas adultas de escritores que no dejaron lugar a la incertidumbre, los adornos, ni la emoción romántica. Lenguas castizas, de ojos que apuñalan, saladas…
*
Le dejó donde le encontró, solo que seis horas más tarde, desnudo y durmiendo el sueño del guerrero. Junto a él quedó un libro con la atenta dedicatoria que Cristina Sánchez, amateur en el oficio, tuvo a bien escribir.
Cuando Alejandro abrió los ojos encontró su primera novela, publicada hacía quince años, donde debía estar quien inspirara el personaje protagonista de la siguiente. La tapa ocultaba un trazo alargado y firme: “volveremos a vernos”.
Sonrió volviendo a tumbarse en el improvisado lecho, las manos bajo su cabeza. Alejandro comenzó a escribir allí mismo, sin pluma ni papel. 

Miriam Alonso

Perdonad la prisa, pero quería subirlo antes de que el planeta se llenara de corazones. 

4 comentarios:

Ginés J. Vera dijo...

Me ha gustado, creo que me ha recordado, el personaje escritor, a cierto cargenero amante de los barcos y las novelas históricas...
Mi enhorabuena, nada mejor que un San Valentin literario.

Mimi Alonso dijo...

Bueno, Alejandros Saavedras hay muchos por ahí, pero sí, podría ser la T.
Gracias. Espero que en tu San Valentín también haya habido libros, pero sobre todo, espero que acabara con fuegos artificiales.
;)

tartitas y totazos dijo...

Mi imaginación no tiene límites... y veo que la tuya tampoco... ;)

Mimi Alonso dijo...

Gracias por venir :D