domingo, 23 de febrero de 2014

Opinión drogas y campos de fresas. ¡¡Esto no es una reseña!!




¿Quién no ha oído aunque sea mencionar este título en una tertulia literaria? ¿Quién no lo leyó en el instituto? ¿Quién no quedó marcado años atrás por su historia? Yo. Yo no lo leí, fui de la primera generación de la E.S.O., sí, ya sabéis, los conejillos de indias, luego pasó lo que pasó… en fin. ¿Por qué está en mi casa? Por simple y pura curiosidad morbosa. Ya conocía la historia, sabía el final, solo quería hojearlo por mí misma y eso he hecho. Os confesaré que sigo sin haberlo leído entero pese a sentir una curiosidad malsana por todos los que se desarrollan a la par de una partida de ajedrez. Si en este caso es Luciana quien juega con la muerte, he de decir que es lo de menos porque igual que tengo una curiosidad importante por los libros ajedrecísticos, también repelo todos los que se refieren a drogas por considerar que son “novelas bien, cosas que un escritor romántico siente que debe escribir, cosas que el mundo debe conocer “y yo como tengo el super poder de narrar, puedo enseñarle”. No. El mundo “adulto” sigue pensando que la juventud es tonta y vale que los haya, pero no son todos. Yo creo que si realmente se quiere hacer algo en materia de prevención contra las drogas no hay que escribir Campos de fresas, hay que educar al niño-joven cuando aún el mundo festero ni se intuye, porque si estamos hablando de un rango de edad que comprenda el punto de “me puedo ir de fiesta yo solo” ya sabes qué son las drogas duras. Yo lo sabía, a grandes rasgos, pero lo sabía, y tenía super claro que eran malas. Por eso me queman estos libros sosos que hablan al joven como si no hubiera tenido contacto con nadie en toda su vida. No va así, señor escritor de cincuenta años. Seguramente si usted fuera el prota de la historia se la habrían metido doblada por aquello de lo distinta que era España hace cincuenta años, pero no piense que los adolescentes de hoy son tontos. Pueden ser inconscientes, pero tontos no. Eso hay que batallar, la inconsciencia.
No estoy echando piedras al tejado de Jordi, conste. Pese a que no me guste el tema el curro que se pegó y el desarrollo de la historia es muy bruto, lo que pasa es que los moralismos literarios me van lo justo y solo los tolero en novela romántica de regencia.
En fin, me quedo con la oda a la amistad implícita en cada página que he visto de la obra. Eso sí me ha gustado.
Voy a aprovechar esta entrada para recordaros que El estante olvidado es un lugar, además de antitaurino, limpio de sustancias y movidas que, como habéis visto, me repelen a más no poder. Molestos por mi opinión, salgan del sitio en línea recta, porque no voy a decir más al respecto.
Gracias al resto.
Ed. Círculo de lectores.
180 páginas.
ISBN.: 84-226-6846-7

2 comentarios:

Ginés J. Vera dijo...

Pues yo tampoco tuve que leerlo 'obligado' en el cole. No supe de este libro hasta que su autor, en la Feria del Libro de Valencia de hace unos años, lo mencionó en una charla. Me interesa echarle un ojo antes de que lo lleves a un estate muy olvidado, si me lo prestas uno de estos días. Así también les contaré al respetable qué opino de este asunto y del libro que lo 'trata'. Por descontado ya sabía que El Estante Olvidado es un lugar sin mala onda, por eso vengo a menudo. Enhorabuena.

Mimi Alonso dijo...

Te digo lo mismo que cuando comentaste el de Cuentos estructurados. Si quieres verlo vas a tener que coger tu "maleta de libros" (chistaco) y volver donde ya sabes.
¿Mala onda? ¿Eso qué es? Aquí se dice buenro xDDD