lunes, 9 de marzo de 2015

Entrevista a Ramón Jiménez



Hoy os traigo una entrevista de lujo: Ramón Jiménez Pérez, ni más ni menos. Muchos habréis relacionado rápidamente el nombre con los libros, con el trabajo, en la prensa... Sí: es él. 
Ahí es nada. 
No digo más, os dejo la interesantísima entrevista que me concedió.


M.: Cuéntanos un poco por encima quién eres.
R.: Soy una persona que viaja por la vida asombrándose a cada paso, pues todo me parece una magia y una maravilla. Como dice el proverbio portugués: “a los ojos de un niño, las maravillas del mundo no son siete sino 7 millones”, y en ese sentido yo soy un niño. Para mí es increíble que una carta llegue a su destino, a miles de kilómetros, con sólo garabatear unos caracteres en el sobre; que de una minúscula semilla se produzca un árbol gigantesco, que podamos mantenernos de pie sobre la pequeña pelota que es en definitiva la esfera terrestre, sin que nos caigamos hacia abajo, hacia las profundidades del espacio. Me gusta fantasear con estas cosas, quizá por eso escribo.
M.: Analizar tu obra es comenzar por tus Cuentos estructurados.
R.: Sí, hasta entonces había publicado sólo algunos cuentos sueltos, de modo que es en realidad con Cuentos estructurados como me doy a conocer. Fue un libro valiente con el que me liberé de los corsés literarios en que mis lecturas me habían mantenido hasta entonces. A esto me ayudó mucho descubrir la obra de los escritores estadounidenses Kurt Vonnegut y Donald Barthelme, que fueron mis primeras influencias serias. Estos autores me enseñaron que había maneras de escribir más audaces y tan válidas como las tradicionales, además de que me abrieron la mente a tipos de humor que hasta entonces me eran desconocidos.
 M.: Háblanos también de Así me pierdo en las ciudades y El baile del emperatriz, ¿son también libros de relatos?
R.: Así me pierdo en las ciudades es un libro de relatos cortos, en la línea de Cuentos estructurados pero más maduro y elaborado. El baile del emperatriz, que no de la emperatriz, podría ser una novela si no fuera porque en cierto modo es una burla de la novela tradicional. Es un texto muy surrealista y rompedor, y ya en el propio título, con las letras “d e l” torcidas y  bailando, se ve. Para explicarlo algo más, El baile…es un largo, fragmentado e intenso relato lleno de humor, desesperación y poesía que incorpora como capítulos partes de las novelas al uso que normalmente permanecen fuera de la peripecia narrada, me refiero a la contraportada (en mi caso una sinopsis deformada del argumento, pues esto es lo que son muchas veces las contraportadas o contracubiertas de los libros editados como novelas, resúmenes habitualmente muy poco claros de lo que el lector se va a encontrar); las citas; la crítica del libro (que el mismo autor hace); y la dedicatoria (esas palabras solemnes que acaban siendo pasto de las arañas, que acaban por colgar en ellas sus mullidas hamacas para el olvido). En el caso de El baile… la dedicatoria es “Al buen tuntún”. Es este también un libro escrito sobre el telón de fondo de la inseguridad y el desamor. En la Feria del Libro de Madrid de hace dos años recibió un premio por su vanguardismo.
M.: Resides en Madrid, pero trabajando por y para Galicia, aunque ser, eres principalmente de Ávila. Qué curioso.
R.: Podría parecerlo, sí. Sobre todo en estos tiempos en que las personas se aferran más que nunca a los lugares en que han nacido, como si eso fuese un mérito, cuando llevamos dentro de nosotros a la Humanidad entera. Es curioso que en la época en que más posibilidades hay de comunicación y relación, la mayor parte de la gente se obstine en emplearlas para afianzarse en su exclusividad. Es absurdo. En todas partes hay belleza y mucho que aprender. La expresión “ser de un lugar”, como solemos decir, me produce un cierto rechazo, ya que tiene un significado también de patrimonialidad, como si el que fuera de un sitio hubiese sido adquirido por un misterioso comprador para siempre. Hay quien lo tiene a gala y continuamente lo pregona: “Yo soy de tal sitio”, como un mantra. Afortunadamente yo, aun habiendo nacido en Ávila, no tengo necesidad de manifestarlo cada poco; en ese sentido está muy bien, en mi caso, trabajar para Galicia, de cuyas actividades culturales me ocupo en su Delegación de la Xunta en Madrid. Me parece que esto es enriquecedor, es mestizaje, y da más garantía de objetividad y profesionalidad en el trabajo que la endogamia propia de las comunidades cerradas, encogidas sobre sí mismas. Sobre la patria me gusta mucho lo que dice el protagonista de la novela El miedo, de Gabriel Chevallier, ambientada en las trincheras de la I Guerra Mundial. Dice el personaje principal: “Yo me hago una patria con mis afinidades, mis preferencias, mis ideas, y esto no es posible arrebatármelo, e incluso puedo difundirlo a mi alrededor. No frecuento, en la vida, a multitudes, sino a individuos. Con cincuenta  individuos escogidos en cada nación, tal vez compondría la sociedad capaz de darme las máximas satisfacciones. Mi primer bien soy yo mismo; es preferible exiliarlo que perderlo, cambiar algunas costumbres que anular mis facultades humanas. El hombre no tiene más que una patria, que es la Tierra”.
M.: Volviendo a la obra, sabemos que eres tan escritor como viajero, de hecho, en un intercambio de correos, hablamos hace poquito sobre el Camino de Santiago.
R.: Siempre me ha gustado viajar, incluso me lo he impuesto en ocasiones, como algo necesario para mi enriquecimiento personal. Es decir, que viajar me ha supuesto a veces un esfuerzo que luego he agradecido mucho, por la cantidad de cosas que he visto y las historias que he vivido. El Camino de Santiago era una asignatura pendiente, máxime trabajando para Galicia, y me propuse hacerlo. Como Itinerario Cultural Europeo, el Camino (y todos los Caminos de Santiago, que son muchos) es un paradigma del viaje, del intercambio de culturas, del encuentro con otros diferentes a los que escuchar. Además, en todos los libros en que aparecen peregrinos se cuentan historias maravillosas, así ocurre en Los cuentos de Canterbury o en Las mil y una noches, y esto me encanta. Antiguamente no había internet, pero la gente ya buscaba la manera de encontrarse y hablarse, incluso con más estilo y menos máscara que ahora.
M.: Vamos a terrenos más específicos. Tengo curiosidad por saber qué te impulsa a escribir. ¿Por qué elegiste ser escritor? ¿Fue ciencia infusa?
R.: En primer lugar está mi amor a las palabras. Y cuando vi que ese artefacto que es el lenguaje sirve, una vez que uno se sube a él, para comunicar las vivencias que más emocionan, aquellas ideas, sentimientos y observaciones que gracias al invento de la escritura, y más aún desde la existencia de la imprenta, se nos permite compartir de forma indeleble con los demás, supe que debía aprovecharlo para contar mis historias, las reales y las fantásticas, los sueños también. Por eso no me convence lo que dicen algunos de que escriben para ellos mismos, al menos para mí es al contrario, yo quiero abrazar a los demás con mis palabras para sentirme más comprendido y acompañado. Palabras escritas, claro, para que no se las lleve el viento. A veces me ocurría que después de hacer un viaje y contar una experiencia que a mí me parecía impresionante a un grupo de amigos, estos no me creían, pensaban que me la había inventado. Yo necesitaba contar esa historia porque pugnaba por salir de mi interior y entonces hacía literatura oral, pero percibía que mis palabras se perdían, que todo mi esfuerzo era en vano y, si acaso, llegaban a muy poca gente y durante muy poco tiempo, así que llegué a la conclusión de que era mucho mejor hablar menos y escribir más. Además, una vez que se escribe una historia, ya no importa la distinción entre falso y verdadero, pues ya siempre es verdadero.
M.: ¿Tienes alguna manía de escritor? Amelie Nothomb, por ejemplo, tomaba un litro de té antes de ponerse a ello.
R.: Cuando escribí El baile del emperatriz sí mantuve un ritual durante todo el tiempo de escritura. Empezaba a escribir exactamente a una hora y durante un tiempo determinado, me vestía de una determinada manera, ponía cierta música y me tomaba un trago, no precisamente de té. En aquellos tiempos utilizaba máquina de escribir de las clásicas y nunca empezaba a aporrearla hasta la hora exacta que me había marcado (las ocho de la tarde), y siempre, siempre, la historia continuaba en el punto donde la había dejado el día anterior, era como si los personajes me estuvieran esperando para que les acompañara en sus aventuras, como si me dijeran: “venga, vamos”, y yo era el primer sorprendido de sus caprichos. Cuando terminaba, me iba a dar una vuelta por las viejas calles de La Coruña, que era donde yo vivía entonces, y me parecía que flotaba, que después de la descarga literaria mi cuerpo pesaba menos, que unas manos secretas me habían masajeado por todas partes y también abierto las ventanas de mi cabeza para ventilarla con una brisa suave y reparadora.
Creo que esto tiene que ver con el fenómeno de la escritura automática, en la que uno se deja llevar como en estado de gracia, y a ello ayudan esas “manías” que dices, que en realidad son una liturgia, un protocolo necesario. Con los cuentos me pasa menos, soy más cerebral, pero en cualquier caso necesito un cierto trance, el abandono del “no pensar” del que habla Ray Bradbury en su libro Zen en el arte de escribir. Que las palabras fluyan solas, eso es, luego vendrá la fase de corrección, que es muy diferente.

M.: Llevas mucho tiempo en activo. He tenido la oportunidad de escuchar una entrevista tuya de hace veinte años (gracias), y me pregunto si se han cumplido tus objetivos literarios de entonces a esta fecha.
R.: Cuando me hicieron esa entrevista no había ganado aún el Emilio Hurtado, por entonces escribía con una enorme ilusión y con mucha libertad. Ganar ese premio con un libro tan vanguardista como Cuentos estructurados fue realmente un hito. El jurado según me contaron quedó muy impresionado. Lo formaban Juan Cueto, José María Merino, Andrés Amorós y Joaquín González Cuenca, y una vez publicado el libro tuve la valentía de enviárselo a algunos eminentes escritores e intelectuales,  y recibí contestación de muchos de ellos. Conservo respuestas muy estimulantes, especialmente elogiosas fueron las de Miguel Delibes, Darío Villanueva (actualmente director de la RAE), Francisco Ynduráin, Antonio Pereira o Eduado Mendicutti, por citar algunos. A Antonio Pereira le conocí personalmente después y siempre me hablaba de mis cuentos estructurados, y le hacía mucha gracia. Luego, ya en serio, añadía que el libro no había tenido la difusión que se merecía. Bueno, pues contestando a tu pregunta, te diré que en los años siguientes seguí escribiendo pero hubo un momento en que, por tener que dedicarme a preparar una oposición se me bloqueó durante un tiempo la creatividad; fue una fase dura, hasta que las aguas volvieron a su cauce poco a poco, aunque debido al cambio de trabajo y de ciudad y a otras circunstancias personales, proseguí mi labor literaria durante unos años con más lentitud de la que hubiera querido. Así que me falta aún bastante por escribir, percibo que no he dicho sino sólo una pequeña parte de lo que debo contar. En cualquier caso, disfruto –y sufro, por supuesto- avanzando despacio en el mar de la literatura, con la frescura de las palabras en la piel a cada golpe de ola con el mismo entusiasmo que en mis comienzos si bien con la ventaja de un mayor número de experiencias vividas y de lecturas hechas, y siempre persiguiendo la calidad como el capitán Ahab su ballena. Esta ilusión juvenil se me acrecentó hace unos años gracias a la moda del microrrelato, pues también los escribí y gané algunos premios, como el Hipálage de microrrelatos temáticos, o el “Cuenta 140”, de El Mundo. Me sentía más feliz que una sardina en aceite coincidiendo con tanta gente joven ilusionada como lo estaba yo en la época en que me grabaron la entrevista que años después has escuchado tú. 
M.: Eres uno de esos escritores encontrados de forma curiosa… No me dirás que has topado con muchos entrevistadores como lo hiciste conmigo jeje.
R.: La verdad es que la forma en que nos conocimos no ha podido ser más literaria: en una Biblioteca, donde se escondía mi libro Cuentos estructurados como toda una rata de biblioteca. Ahí se cruzó en tu camino y yo vine detrás. Esto tiene que ver con lo que apuntaba antes de que este libro, que yo sepa, no era fácil encontrarlo en las librerías, pues se refugiaba en otros lugares más recónditos, como las bibliotecas, lo que lo hizo pasar más desapercibido de lo normal. A mí me ha encantado desde luego la manera en que el Destino ha urdido nuestro encuentro, lo que demuestra que la literatura está en todas partes y que el Tiempo no existe…
M.: ¿Qué tienes por delante? ¿Qué acecha tu horizonte literario? Sabemos, por ejemplo, que has concursado en varios certámenes resultando ganador en unos cuantos…
R.: Sí, he ganado algunos premios, como los que cité antes, y otros, aparte del Emilio Hurtado. En estos momentos estoy escribiendo más cuentos. Tengo ya otro libro de relatos cortos preparado que sigo engordando con algunos más, de esos que ya están escritos en mi cabeza desde hace tiempo pero que aún no he transcrito al papel. En cualquier momento me pondré también manos a la obra de la composición de un largo discurso narrativo que me permita incluir en él, para librarlos del olvido, numerosos momentos literarios, reales o ficticios. La literatura posibilita, además, acceder al pasado para transformarlo al gusto de cada cual, es uno de sus privilegios.
M.: ¿Qué define a un escritor según tu punto de vista? ¿Hay alguna etiqueta que nos diferencie de los demás mortales?
R.: Si repasáramos la vida y el carácter de los escritores que conocemos, observaremos que los hay de toda clase y condición, los hay bondadosos y los hay canallas; viajeros y sedentarios; y podría seguir haciendo muchas distinciones. ¿Cuál sería el denominador común, entonces? Yo creo que el escritor es una persona que tiene una sensibilidad más acusada de lo habitual que le permite descubrir otras facetas en las cosas que los demás no ven, otras realidades, y entonces se siente en la obligación de avisar de esos aspectos que ha detectado. Con frecuencia desciende a las profundidades del alma e ilumina sus recovecos, y constantemente arroja luz sobre multitud de circunstancias que el resto de los mortales sólo distingue cuando él las señala con sus palabras. En ese sentido es una responsabilidad ser escritor, no es agradable ni cómodo, por la inquietud que se experimenta, pero es un destino difícil de remediar. Pienso ahora, como ejemplo de lo que acabo de decir, en los autores de ciencia ficción, que han adelantado muchas veces el futuro y no precisamente para bien. En fin, el escritor tiene una especial capacidad de infiltración entre los intersticios de las realidades, una capacidad de asombro mayor –y repito lo de las maravillas del niño- que le permite construir sus fantasías, que son sus verdades. Para ello le conviene mucho conducirse como un espía, los escritores que delatan a la primera su condición suelen recoger menos información útil.
M.: Balazos, ¿listo? (Los balazos son preguntas de respuesta rápida, muy breve).
R.: Adelante, estoy preparado.
M.: ¿Café o té?
R.: Café, aunque el té me conviene más.
M.: Un autor.
R.: Kurt Vonnegut.
M.: Una novela.
R.: Yo que he servido al rey de Inglaterra, de Bohumil Hrabal.
M.: El libro que hay sobre tu mesita de noche.
R.: Aquí nos vemos, de John Berger.
M.: Si pudieras citarte con alguien, vivo o muerto, sería con…
R.: Ya puestos, elegiría un personaje de viva fantasía, ¿qué te parece Aladino? Siempre que trajese consigo su lámpara maravillosa, claro.
M.: ¿Y con quien te tomarías unos vinitos?
R.: Pues aquí me haces dudar entre la vecina del 7º y Madame Bovary. 

M.: ¿Te ha gustado la entrevista?
R.: Mucho, tanto es así que me he envalentonado como ves y ya no puedo parar de responder a tus preguntas.

Os dejo por aquí el enlace a la reseña donde recibí la visita de este carismático autor:

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