lunes, 18 de enero de 2016

Cuento número 55. Llegando tarde.

Era un juego de lo más inocente.
Se reunían a las 17, allí donde una vez la gran fábrica era hervidero de hombres y mujeres produciendo cemento. Ahí mismo, en ese lugar que desde hacía décadas quedara abandonado coronando la ciudad, villa, pueblo, o como pudiera llamársele tras la clausura del negocio.
Unos iban en busca de los otros. Llevaban palos a modo de pistosla, y en el momento que veían a otro del equipo contrario, hacían como que disparaban atizándole un buen golpe a la cañería más cercana.
Alguna madre les advirtió que no jugaran por ahí, que podría ser peligroso. Algún padre, trabajandor curtido en la cementera, se lo prohibió directamente alegando que las vigas estaban en mal estado, que había peligro de derrumbe, y un montón de chorradas similares. Ellos siguieron yendo a jugar a su lugar favorito.
Un día Jaime encerró a todos los contrarios en una habitación, y atizó tan fuerte la viga que esat se desmoronó por completo sobre ellos, causando un gran estruendo. Se echaron a reír después del susto inicial, cubiertos por la polvareda blanca que fluctuaba en el aire tras la caída de la viga. Los del equipo de Jaime pronto fueron a reunirse con los demás celebrando la victoria... Lástima que llegaran tarde, justo en el momento que el techo se derrumbaba, salomónico, sobre el grupo anterior. O bueno, quizá no fuera una lástima que uno de los dos grupos sobreviviera. Puedo que no sea políticamente correcto celebrar eso, o llegar tarde.

Miriam Alonso

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