domingo, 30 de abril de 2017

Sant Jordi, la semana loca y La máquina de besos.

Bueno, pues aquí estamos después de una temporadita fina, fina, en la tranquilidad de mi casa compartida con Ximo, en el sofá, con nuestra gatita Morgana maullando perdida de celo, y con los pies en alto (yo, no la gata), porque al fin tengo un ratito para sentarme a teclear tranquilamente y hablar de lo transcurrido estas últimas semanas.
Ha sido una locura, así: literal y tópico. Una locura intensa que dio su pistoletazo de salida el pasado día 15 de abril en el evento Mecánica Steampunk de Ponferrada, llevándome luego a la feria del libro de la misma localidad, de viaje León-Valencia, a la Feria del Libro de Valencia, a la llegada de mi nuevo libro con Manuel Lermas Almas de vinilo y a mi primer Sant Jordi en Barcelona, todo esto en una semana.
Claro, así a simple vista parece poca cosa, pero si le sumas que durante esa semana llegó mi familia a casa para pasar juntos las vacaciones de Semana Santa y todos en general nos volvimos muy locos y dispuestos a viajar lejos, lejos, para mojarnos en una cascada, a hacer procesiones paganas con otros tantos cientos de personas, a dormir lo justo y beber lo menos, pues oye, todo coge un tonillo intenso que te deja agotada, con la lengua fuera, despeinada y diciendo “laaaaaa madre’l cordero vaya semanita”.
Pero ha molado. Ha molado mucho.
No entraré más en detalles personales y sí en los literarios, que es lo que nos ocupa en este lugar de bien, así que ya os relato la crónica de esa primera vez en la feria donde todos los escritores quieren estar: Sant Jordi.
Seis de la madrugada, suena el despertador, Raúl, Luis y yo bostezamos muy fuerte (cada uno en su habitación y tal) y chocándonos por la casa desayunamos para poner rumbo a Barcelona. Nos ampara la noche durante un ratito. El amanecer nos encuentra escalando el país por la N340, esquivando peajes con elegancia. El sueño reaparece en el asiento trasero del coche, en el que voy hecha un ovillo pensando en la suerte que tengo al poder estar ahí mismo, en ese coche, mi coche, para cumplir el sueño de ver lo que considero la fiesta del libro más grande de España. Mis acompañantes hablan bajito, susurran historias que les fueron sucediendo hace mucho tiempo. También ellos se sorprenden de cómo las cosas cambian, mientras dejamos Port Aventura y su montaña rusa gigante a un lado en nuestro imparable ascenso.
Ya se ve el mar desde hace rato. Ellos, gentes de montaña, lo disfrutan de una forma que conmueve. Yo ya conocía la costa catalana, pero eso no quita que la siga considerando una de las más bellas en este feliz reencuentro.
Poco tardamos en ver la urbe gigantesca que nos recibe escondida tras grandes torres de oficinas, en carreteras de cinco y seis carriles que casi dan miedo al verlas tan grandes. Siguiendo los consejos de Siri, llegamos a destino. Bueno, primero llegamos al aparcamiento.
¡Ya estamos! ¡Ya estoy! Super nerviosa, super contenta y super sorprendida de ver la cantidad de rosas y libros que hay por la calle. Me enternezco toda porque me parece una maravilla (y ahora, después de haberlo vivido de cerca, todavía más). Vale que sea el día, vale que quien compra libros habitualmente no compra en Sant Jordi, vale lo que quieras, pero Barcelona, ya preciosa de por sí, está más guapa este día de abril.
En el stand de Escarlata, caras conocidas, reencuentros y abrazos: Lorena Pacheco (de la que me declaro fan porque no puede molar más) y Ash (idem de lo mismo) esperan junto a otros nombres familiares a los que al fin pongo cara. Son compañeras: Violeta Otín, Ester Pablos y otras que me dejo.
No sigo contándoos lo fantástico que es poner unas fotos del almuerzo con café y PAN TUMACA (así, en mayúsculas para fastidiar a los que se piquen) y que aparezcan conocidos a contarte que te han timado, pasando de eso (xD). Volveré a la feria porque a pesar de que el stand no estuvo situado en el mejor lugar, vimos movimiento, hubo mucha gente que se detuvo a interesarse por las obras que firmábamos y en general, Barcelona se mostró tan culta y emblemática como recordaba en mis muchas visitas al Salón del Cómic y del Manga. La gente encantadora, educadísima, colaboradora. Las mesas (no solo la de Escarlata) a rebosar de personas decididas a tomarse el tiempo de escuchar, de pasear, de disfrutar del sol y los libros. Y una, la que escribe, que estaba por primera vez mimetizada con el paisaje mientras Sant Jordi le daba cañita al dragón, flipando con cuanto veía y deseando experimentar mucho más: más libros, más firmas, más arquitectura, más cultura.  

¿A qué viene este post? ¿Por qué si ya ha pasado una semana? Lo he escrito porque os recomiendo muy fuerte que vayáis el año que viene, escritores y lectores: vale mucho la pena.


El regreso a casa fue con el atardecer, La Sagrada Familia caliente en las retinas y la impresión de que tanto para mí como para mis compañeros de viaje y mis compañeras de firma, fue un día grande.
Salud.